Misericoria

Al comienzo, 15.04.2021

Cuando Miriam volvió a encontrarse con María, ya no estaba satisfecha ni feliz. Decepcionada y profundamente herida, informaba sobre su conversación con los discípulos: «¡Ellos no me creen, María! ¡Han cuestionado todo lo que les he dicho, y lo han descartado como habladurías de mujeres! Yo estaba tan feliz, llena de esperanza y valor; pero no me escucharon ni me creyeron. ¡No creyeron ninguna palabra de lo que dije!» María vio la decepción y la tristeza que ahora se mezclaban con enfado. Miriam acababa de estar muy cerca de Jesús, el Cristo, y ahora aterrizaba en la realidad, en la realidad en la que se encontraban los hermanos. Su visión de las cosas y su manera de ser en la que no podían creer, habían herido profundamente a Miriam. Ella debía y quería llevarles el mensaje de la resurrección, pero ellos no aceptaron su mensaje.Miriam se sentó junto a María y después se sentaron las otras mujeres.

«¡Conozco tu dolor, Miriam, pero también comprendo a tus hermanos! Ellos ven solo la derrota que no pueden comprender. Todavía se encuentran en la gran decepción en la que se ven a sí mismos. En su realidad, Jesús, su Maestro, había perdido su honor y dignidad. Y con Él también ellos, pues le seguían y adoraban como a un maestro. De la noche a la mañana se convirtieron en perseguidos y cazados. Les ha entrado una profunda inseguridad, dudan y se preguntan si estaban equivocados acerca de Jesús. Y luego llegas tú con el mensaje de que Jesús está vivo. Ellos no están dispuestos a creer eso. ¿Quién puede creer algo como esto que nunca antes había sucedido?» «¿Quién puede y quiere creer a una mujer?», agregó Miriam cínicamente. «Miriam, sé feliz y no dejes que te quiten la alegría. Esto también vale para todos vosotros: Quien crea, verá más, oirá más y obtendrá más conocimiento y claridad. Pero debe aprender a soportar la incredulidad de aquellos que todavía se encuentran en su consciencia limitada.» María colocó su mano sobre la espalda de Miriam, que veía en sí un largo camino, un camino que todavía se encontraba ante ella.

En su interior se vio a sí misma al lado de Jesucristo y entendió, sí, comprendió: Siempre iba a ser así, era y es una cuestión de consciencia, las explicaciones no ayudan si hay falta de fe o si los propios conceptos y opiniones limitan la consciencia. Cuántas veces había instado a Jesús para aclarar situaciones en las que los discípulos se perdían o en las que su visión espiritual estaba envuelta con palabras humanas. Pero casi siempre Jesús dejaba que las cosas siguieran su curso. Él deseaba que ellos mismos llegaran al reconocimiento. Cuanto más se alegraba Jesús era cuando uno de sus seguidores había conseguido captar algo a través de su propia experiencia. Él repetía eso como un ejemplo para todos y lo usaba en sus enseñanzas para que todos pudieran comprender mejor. Uno se sentía orgulloso cuando Jesús usaba su experiencia como ejemplo para mostrar Su enseñanza en la práctica. Esta nueva forma de ver las cosas hizo que Miriam se relajara un poco. Él la había consolado y la instaba a practicar la tolerancia, la generosidad y la paciencia que Jesús había mostrado viviendo eso como ejemplo para todos. Más profundamente que nunca había reconocido qué gran ejemplo a seguir había sido Jesús para ellos, y se preguntaba temerosa, si ella habría estado a la altura de Él, de Su misión, y le había mostrado suficiente honor.

La palabra veneración surgió en ella, y reconoció que con demasiada frecuencia ella le había visto como hombre y hermano. Pocas veces le había visto tal como lo que Él hubiera deseado, como un hermano espiritual al servicio de Dios y en la misión que les había conducido juntos y les unía. Su enojo hacia los hermanos le mostró cuán a menudo ella tampoco había confiado, cuán a menudo no había creído lo suficiente las imágenes de Jesús. Ella reconoció y supo, tal como se sentía ahora en la incredulidad de los hermanos, exactamente así debió sentirse Jesús a menudo debido a su falta de comprensión y poca fe. En su corazón le pidió perdón a Jesús, el Cristo, e intuyó lo que la consciencia puede y no puede hacer.

«¡No te desesperes, Miriam, no te desanimes, aprende!», escuchó en su interior la voz familiar de Jesús. «¿Qué debo aprender?», preguntó Miriam con prontitud. «Pregunta a María.», respondió el Maestro.

Miriam levantó su mirada y antes de que pudiera hacer su pregunta, María le dio la respuesta: «Misericordia, Miriam, misericordia.»

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los
acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del
Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»