Lo conseguiremos

Al comienzo, 05.04.2021

En los días previos a la gran Pascua, Jerusalén estaba llena de peregrinos que querían pasar y celebrar la fiesta más importante que conmemoraba la liberación de la esclavitud por parte de Moisés. Cuando la caravana de peregrinos, a la que se había sumado María, llegó frente a la ciudad, entonces se disolvió, pues cada uno de ellos tenía un destino diferente. Muchos se quedaban con familiares, algunos en albergues y otros con amigos. María quería ir a Betania con algunos de ellos, pero esa idea no la acababa de gustar. Entonces aceptó la oferta de la ciega Susana de quedarse en su casa. Lea quería irse a Betania con algunos amigos de Jesús. En secreto, esperaba encontrar allí a Jesús para poder pasar algún tiempo cerca de él. La casa de Susana tenía un jardín con hermosos árboles viejos, ella vivía con su hermana y una sirvienta. Su casa era conocida por su hospitalidad. Se alegraron de que María se albergara con ellas, era un honor para Susana y su hermana, pues ambas mujeres admiraban a Jesús, que también había estado como huésped en su casa varias veces, e incluso había dado enseñanzas en su casa y jardín.

A María le encantaba pasear por ese jardín, sentarse allí y permanecer en su interior. Las dos hermanas estaban felices, dijeron que Jesús también estaba en Jerusalén. Informaron que fue recibido con respeto, la gente con ramas de palmas se paraba al borde del camino rindiéndole homenaje, a él, al sanador, a él, al maestro, a él, al maestro del amor. María escuchaba las palabras. Para ella no era un acontecimiento de alegría, el hecho de que Jesús regresara a Jerusalén. No confiaba en la paz de ese relato, sino que ella sentía la gran tensión en la que se encontraba Jerusalén. Ella rezaba por su hijo, por su camino, rezaba por sus amigos, que no sabían lo que significarían los próximos pasos y lo que eso les exigiría. Ella pedía fuerza y fortalecimiento para su propia fe, luchaba por la valentía y la confianza inquebrantable que ella y su hijo iban a necesitar. No confiaba en el aleluya de la gente, ya que reconocía lo influenciables, inmaduros, lo poco firmes y resistentes que eran. Ella se preparaba, pues sentía el peligro como una nube oscura que se posaba sobre Jerusalén. Anhelaba estar con su hijo, quería saber cómo le iba y cómo se sentía con todo lo que vivía. María estaba intranquila, no podía dormir y esa carga la presionaba pesadamente sobre sus hombros. Al fin pudo encontrar a Jesús y estar cerca de él, sin embargo, él parecía estar lejos y ser inalcanzable para ella.

Empezaba el atardecer. Nuevamente toda Jerusalén estaba sumergida en una puesta de sol extraordinaria, parecía como bajo un encanto. A María le llamó la atención que el resplandor de la mañana y del atardecer hubieran sido particularmente intensos en los últimos días. Sabía que no existían casualidades, para ella había sido como un estímulo celestial.

María vivía con los signos, con sus sensaciones, su intuición y sus visiones. Ella era conducida desde el interior, pero cuando caía en el miedo y la preocupación, esta unidad interna se interrumpía y los miedos podían expandirse en ella. Mientras el atardecer se desvanecía lentamente, ella luchaba contra los miedos y contra su espíritu antagonista; que la quería convencer de que todo no tenía sentido; que no cambiaría nada; que la gente no iba a entender nada; que no podrían comprender su sacrificio y el sacrificio de su hijo; y pensaba que todo iba a ser en vano.

Ya era de noche cuando alguien golpeó la puerta impetuosamente, los que vivían en la casa se sobresaltaron. Dos de los discípulos de Jesús querían entrar. Estaban visiblemente nerviosos, también sentían la tensión que flotaba en el aire. Saludaron con alegría a María, a quien no esperaban encontrar en Jerusalén, e inmediatamente después empezaron a contar:

«Jesús nos envió a las calles de Jerusalén, para que encontráramos a un hombre que tuviera una sala y le preguntáramos si podríamos usarla dentro de dos días para celebrar la cena de Pascua juntos. Para nuestro asombro, poco después de partir en nuestra misión, encontramos a ese hombre en la calle que parecía estar esperando algo frente a su casa. Le preguntamos si conocía a alguien que tuviera una sala. El hombre respondió afirmativamente a nuestra pregunta y nos condujo a un edificio con una gran sala y una larga mesa. Dijo que nos había estado esperando. Durante la noche se le aparecieron en sueños dos mensajeros que le preguntaron por una sala y los reconoció en nosotros dos. Le había quedado claro que se trataba de un sueño importante y que debía cumplirse. Había estado saliendo una y otra vez durante todo el día para que no le pasáramos por alto. Antes de haberle encontrado, él había incluso interrumpido su trabajo, pues algo le impulsaba a salir de la casa.

El alivio del hombre también fue el nuestro. Cuando nos pusimos en marcha para esa misión, teníamos algunas dudas sobre si podríamos cumplir la tarea del Maestro. Nos parecía imposible. Pero al hacerlo, recordamos una situación similar que había sucedido antes de llegar a Jerusalén.

Jesús nos envió a los dos con la tarea de encontrar un burro y llevárselo. Preguntamos cuánto deberíamos pagar por el burro, pero Jesús no respondió, no dio ninguna aclaración, ni dio más explicaciones. Nos miramos desvalidos y nos fuimos. ¿A quién debíamos acudir? ¿Dónde encontraríamos el burro? No lo sabíamos. Sin embargo, eso parecía ser muy importante para Jesús. Ya estábamos acostumbrados a mucho estando al lado de nuestro Maestro, así que caminamos perdidos y sin un objetivo claro hasta que pudimos entender que Jesús también tenía un motivo para esta tarea. Eso debería tener un sentido, pues él nos enseñó que todo tiene un significado y se encuentra bajo la conducción de Dios. Al hacer ese reconocimiento, nuestros pasos se hicieron más enérgicos, nuestra fe más firme y poco después vimos una burra paciendo en un prado, como si nos hubiera estado esperando.» La hermana de Susana interrumpió la historia: «Y entonces, ¿Qué sucedió con la burra?» Uno de los discípulos prosiguió diciendo: «La llevamos a Jesús y, ante el asombro de todos, ella trotó junto a él, sin guía, sin cuerda.»

«Nuestro asombro se hizo aún mayor cuando el maestro se sentó sobre la burra a unos cientos de metros ante las puertas de Jerusalén. Algunos de nosotros no pudimos contener nuestras reservas ante el gesto. Jesús era un hombre joven y sano. No había ningún motivo por el que debería montar un animal de carga. Eso era un signo de debilidad y sorprendió a todos. Conocemos a nuestro maestro, conocemos su fuerza y poder, y en lugar de demostrar esto, encontramos su paseo en el burrito como algo bastante bochornoso y vergonzoso. Solo Miriam no mostró ninguna extrañeza. Parecía saber de qué se trataba.»

Hubo una pausa en la que cada uno seguía sus propios pensamientos y recuerdos. De una forma u otra, todos habían experimentado situaciones similares con Jesús. A menudo él era enigmático y sus acciones incomprensibles, pero él era totalmente consecuente, al mismo tiempo lleno de bondad hacia aquellos que eran de buena voluntad y sinceros de corazón. Esa actitud suya, que él mostraba y vivía para ellos, era ejemplar, muy desafiante y muchas veces difícil de aceptar para los que le acompañaban. El ser humano era sensible, se ofendía fácilmente, a menudo se sentía desnudo, expuesto y descubierto por las palabras de Jesús. Esa no era la única razón por la que Jesús era tan especial, en ello estaban de acuerdo con el sorprendente encuentro en la casa de Susana y su hermana. Como ya era muy tarde, los dos discípulos se quedaron con las hermanas y partieron muy temprano a la mañana siguiente para regresar con Jesús y los demás.

María sabía que montar en un burro también lo habían anunciado los profetas, y sabía que su hijo había cumplido esa profecía como un signo para el pueblo. Tal como Jesús le había explicado y enseñado, tal como le había mostrado y dicho que las profecías se cumplirían, este acontecimiento también formaba parte del Plan de Dios. El ser espiritual en María mostraba a su ser humano cada vez más el Plan Divino, que no conduciría a la liberación externa del pueblo de Dios, sino que tenía una dimensión mucho mayor. Entrar en esa dimensión y creer eso requería toda su confianza. Y nuevamente en la gran aflicción se vio a sí misma ante Dios, con gran humildad y obediencia: „He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según Tu palabra y Tu voluntad.“ La lucha de María se desarrollaba en secreto, durante la noche. Ella no hablaba de ello. ¿Quién podría entenderla a ella y su lucha? ¿Quién podría ir por ese camino con ella? No había nadie. A veces se despertaba y podía llevarse algunas imágenes del encuentro con Jesús, el Cristo, con ella en su día. Pero esto solo sucedía cuando ella estaba libre, cuando no luchaba, cuando no se encontraba en la nube oscura que una y otra vez conseguía envolverla. Una y otra vez María caminaba por el camino de la madre de los dolores, suplicando ante el Trono de Dios para recibir fortaleza de fe y fuerza de creencia. Sabía que podía ayudar a su hijo si no ponía sus emociones humanas de madre en primer plano. Tuvo que superar esas emociones para fortalecerle a él. Las dos hermanas, en cuya casa se hospedaba María, se preocupaban por ella, veían su lucha, pero no la entendían. Veían su melancolía, pero estaban indefensas. Veían cómo el dolor marcaba el rostro de María, sus preocupaciones cavaban surcos en su cuerpo.

En la tarde del segundo día después de la visita de los discípulos, Jesús entró en el jardín donde estaba sentada María, completamente ensimismada. «Madre», dijo Jesús y ella se levantó de un salto y se acurrucó en los brazos de su amado hijo. «Madre, ha llegado el momento.» María no dijo nada. Ella evitaba su mirada, no quería romper a llorar, no quería ponérselo más difícil de lo que ya era. «¡Reza por mí, madre, reza por mí, tal como siempre lo has hecho, reza por mí!» María se apartó de su abrazo y buscó su mirada, vio su dolor, vio la gran decepción de los discípulos, la tristeza y la incomprensión por la que ella también tuvo que pasar y había pasado. «Madre, ellos te van a necesitar. Sé tú también madre para ellos, la madre que siempre has sido para mí. Ayúdales, ayuda a Miriam. Ella sufrirá mucho y los hermanos no son amables con ella. Pues todavía están atrapados en sus tradiciones, en las que las mujeres juegan un papel muy subordinado. Fortalécela y apóyala, ella llevará el rol de mujer hasta el „Está consumado“, así como tú también llevarás el rol de madre hasta el final, hacia el „Está consumado“.» «¿Quién me ayudará en ello?» «Yo te ayudaré. Yo te puedo ayudar más cuando haya regresado a la Casa de mi Padre.» Ahora Jesús le rodeó las mejillas con las manos y ahuecó su rostro, los ojos de ambos se llenaron de lágrimas, pero no lloraron. Él la miró profundamente a los ojos y ella ya no evitó su mirada: «María, lo vamos a conseguir, tú como madre y yo como Hijo de nuestro Padre en los Cielos. Este es el Plan al que tú dijiste „sí“ en aquel entonces. Para mí aún no se ha cumplido y mi deseo y voluntad es poder decir ese „Está consumado“. María, yo moriré y al tercer día resucitaré, para que de nuevo sea posible el puente de regreso al Padre para todos los seres espirituales, para los hijos e hijas perdidos. Cree estas palabras mías, guárdalas en tu corazón, no las olvides y eleva tu espíritu hacia al Espíritu del Padre.» En una breve visión María vio los ángeles que la rodeaban, vio la gran seriedad, pero también vio la gran alegría y el himno de alabanza en el que el mundo espiritual se preparaba para el avance que estaba planeado y que todos esperaban. Esa visión en el mundo espiritual ayudó a María. La fortaleció como si le hubieran quitado un velo, una nueva perspectiva, una claridad que estaba más allá de la comprensión mundana. Y ahora María puso sus manos alrededor del rostro de su hijo y dijo con voz firme: «¡Sí, hijo mío, lo vamos a conseguir, por amor a Dios y por amor a los hijos e hijas de Dios, descarriados y perdidos, sí, lo vamos a conseguir!» Un último abrazo y Jesús se fue con pasos rápidos y decididos. Este encuentro con su hijo en el pequeño huerto ayudó a María. Siendo fuerte ella misma, así podría ayudar a su hijo, así podría en su interior acompañarle en su camino.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»