Está consumado

Al comienzo, 06.04.2021

La puesta de sol coloreaba las calles y los callejones de Jerusalén, y la ciudad se volvía tranquila. La tranquilidad también había regresado a María. Ella se encontraba aquí y al mismo tiempo muy lejos. Ella veía imágenes en sí misma, situaciones que eran tan reales, como si realmente las estuviera viviendo. Era como si pudiera estar con Jesús, ella veía a su hijo lavando los pies a sus amigos, le escuchaba cuando trataba de aclararles que le iban a matar, pero no le escucharon. No querían oír eso, no querían ver la derrota, no querían saber nada al respecto, para ellos eso no podía ser, no debería ser. Pedro opinaba poder seguir a Jesús en todas partes, incluso hasta la muerte. Él lo creía realmente y estaba firmemente convencido de ello. Ni siquiera quiso creer la reprensión de Jesús: «Pedro, antes que hoy cante el gallo, negarás tres veces que me conoces.» Cuando Jesús les dijo que uno de ellos le iba a traicionar, los discípulos se enojaron y se horrorizaron, y Pedro preguntó cabizbajo: «Señor, ¿Seré yo?» Todos estaban inquietos. Jesús hablaba de algo que ellos no podían creer ni entender. ¿Cómo podía permitir Dios que Su Hijo, que solo hacía el bien a las personas; que las sanaba y fortalecía en su fe en Dios; que las animaba a convertirse en buenas personas; sí, que enseñaba el amor a los enemigos y anulaba la ley de la venganza; que predicaba el perdón en todos los casos? ¿Cómo podía abandonar Dios a esa persona? ¿Cómo podía convertirse esa persona en víctima? Para ellos eso era inconcebible. Escuchaban lo que Jesús decía, pero no entendían lo que quería decir. María veía en los corazones, en la consciencia de los discípulos, ella vio qué discípulo abandonó la cena y en senderos oscuros se dispuso a llevar a cabo la traición.

Por la mañana temprano dos discípulos le dieron la noticia a María de que los soldados habían detenido a Jesús. Las dos hermanas hicieron preguntas y los discípulos explicaron lo que habían vivido. María no preguntó nada, lo sabía. Ella tenía que permanecer en su interior, allí se encontraba cerca de Jesús, podía ayudarle, fortalecerle y apoyarle. Intuitivamente se unió con Jesús, con su camino, su misión y su servicio. Nadie podía verlo, pero yo, Gabriel, estaba ahí como guía espiritual. Se me permitió darle a María el discernimiento y la comprensión, y con eso se convirtió ella en parte del acontecimiento. Tenía un gran deseo de entender, rezaba para que le fuera posible, ella imploraba a Dios que la ayudara a comprender por qué tenía que pasar lo qué iba a suceder. Y así siguió ella el camino con su hijo. Ella sintió su dolor cuando le azotaron, escuchó sus respuestas ante el consejo supremo, vio su verdad, en la que eran ciegos, indignos de un consejo supremo al servicio de Dios. Ellos ya habían tomado una decisión, el veredicto había sido dictado de antemano, Jesús fue declarado culpable, era un agitador, un blasfemo, incitaba al pueblo, había que silenciarlo. Se escucharon los argumentos de José de Arimatea, pero Caifás supo torcer las palabras de José para que él tampoco pudiera detener lo que ya estaba decidido.

El consejo supremo, el sanedrín, el gran consejo que se reunió, había decidido acerca de Jesús. En aquel entonces eran los líderes del pueblo de Dios en la Tierra, ellos fueron los responsables de este caso y tomaron la decisión. Decisiones siempre tienen consecuencias y esa decisión tuvo consecuencias y efectos de gran alcance para el pueblo de los judíos. Ese veredicto de culpabilidad mostró en qué liderazgo se encontraban los que se les había confiado y dado la responsabilidad como líderes espirituales de su pueblo. Ellos todavía esperan al Mesías prometido que tiene que venir. Pero Yo os digo, Él se presentó ante ellos como mensajero de Dios, salvador y liberador, sí, redentor de la humanidad, y cuando Caifás le preguntó: «¿Eres tú el Hijo de Dios?», respondió Él: «Tú lo has dicho.» ¡Él dijo eso porque tenía que decir la verdad! Y yo, Gabriel, os digo a los que leéis estas líneas: Entended los contextos y trasfondos, captad las situaciones en las que se encuentra la humanidad, y reconoced también vuestras situaciones en relación con la ley de causa y efecto, como una ley de compensación, expiación y reparación en la que os encontráis. Aprended la visión espiritual de las cosas, aprended a ver, aprended a comprender y a captar lo que Jesús enseñó hace 2000 años y vivió en todos los ámbitos. Él no se arrodilló ante el poder, ante los poderosos, ante los que querían destruirlo. Él se mantenía fiel, incondicional, no se justificaba ni daba aclaraciones, permitió que se burlaran de Él. Decían que estaba aliado con el diablo, Él dejaba que hablaran. Dijeron que era un blasfemo y un impostor, Él no dijo nada. Sabía que su juicio ya había sido hecho, Él debía desaparecer, ya no debía poder enseñar y agitar a la gente, Él debía ser silenciado, Él debía morir.

Sabed, vosotros seres humanos que leéis estas líneas, se mide y se pesa, nada se olvida, reflexionad sobre ello en vuestro interior. Y si vosotros también sois fieles a la ley y practicáis la misericordia, entonces desarrollaréis cada vez más en vosotros el camino de la verdad y de la vida eterna. ¡Pero ay de aquellos que dictan sentencias y declaran la injusticia como ley! ¡Ay de aquellos que llaman al mal bien y al bien mal! Todas las obras serán pesadas y contadas, serán recompensadas y pesadas con justicia.

La humanidad se encuentra ante grandes turbulencias en su desarrollo, y esas no van a desaparecer. Todo va a ser conducido hacia un proceso de purificación de nivel superior. Para muchos va a ser un proceso de reconocimiento y de comprensión. Y cuando se dictó el juicio sobre el Hijo de Dios, también se cumplió el juicio. Nosotros, la legión de ángeles, no pudimos hacer nada, no pudimos ayudar, cualquier ayuda habría arruinado el Plan. Todos estábamos bajo gran tensión. ¿Aguantaría Jesús? ¿Sería capaz de cargarlo y soportarlo? Las fuerzas contrarias hacían todo lo posible para aumentar su dolor y sufrimiento, querían que Jesús perdiera su actitud y su fe, los soldados fueron especialmente brutales y sin piedad, las fuerzas contrarias actuaban con todos los medios posibles. Y si vosotros seres humanos todavía creéis que habría sido fácil para Jesús porque era el Hijo de Dios, entonces comprended finalmente que precisamente por esa razón todo se le hizo más difícil para Él. Jesús era totalmente un ser humano y tuvo que superar esa injusticia y derrota humana con dignidad, Él debía mostrar el camino, debía construir el puente hacia el mundo espiritual, pero Él no sabía lo que tendría que sufrir para conseguir eso. Él también conocía las escrituras, pero el conocimiento todavía no es el camino a seguir.

María escuchaba en sí misma la voz enojada de Pilato que preguntaba a Jesús: «¿No sabes quién soy yo? ¿No sabes que yo tengo poder sobre tu vida?» «No lo tendrías si no te lo hubieran dado de arriba.», respondió Jesús, sin sentirse impresionado. Pilato buscaba una forma de escapar, no quería tener nada que ver con esos fanáticos religiosos, le resultaba desagradable, pero él no veía ninguna alternativa. El consejo supremo de los judíos se negaba a negociar, esperaban de él que crucificara a ese Jesús lo antes posible. Su consejero le mostró la posibilidad de dejar que el pueblo decidiera. Se podría dar la libertad, un preso podría ser liberado, la gente podría indultar a uno de ellos. Esa era la solución. Pilato dijo: «Yo no encuentro delito en este hombre.», antes de lavarse las manos con inocencia. Dejó que el pueblo decidiera y asi fue: «¡Crucificadlo, crucificadlo, crucificadlo!», gritaba el pueblo influenciado por los espías del templo, que bien organizados en su red utilizaban su influencia para que se hiciera su voluntad.

María intuyó cuándo debía ponerse en marcha. Ella caminaba por los callejones de Jerusalén donde se encontró con Miriam y algunas mujeres que deseaban estar cerca de Jesús, no querían dejarle solo en su camino. Llegaron a una escalera y vieron a los primeros soldados acompañando la procesión de la crucifixión. Escuchaban las voces maliciosas y los gritos de los que se burlaban de los condenados. Se burlaban de Jesús, de su creencia, de sus palabras, de sus enseñanzas y de su vocación. María sentía la espada que le atravesaba el corazón, al mismo tiempo escuchaba el dolor de Miriam que surgía de su interior como un lamento de aflicción. Jesús se derrumbó completamente exhausto ante las mujeres. Un soldado ordenó a un hombre que cargara la cruz por Jesús. En ese breve momento, María y su hijo Jesús se encontraron, ella le susurró: «¡Hijo mío, mi buen, querido Jesús, levántate! Pronto lo habrás conseguido, la voluntad de tu Padre se cumplirá en ti. Ya casi lo has conseguido.» «Con la ayuda de Dios.», respondió Jesús. «Con la ayuda de Dios.», dijo María, y a Jesús ya le empujaban de nuevo. El breve encuentro con su madre silenció todas las voces. Nadie entendió lo que hablaron, pero sucedió algo especial en esa breve escena que nadie pudo ver. En ese momento María se encontraba, igual como Jesús, en la misión espiritual al servicio del amor a Dios y al prójimo. Fue como si su dolor se hubiera ennoblecido por el profundo significado que ambos podían captar en todo el acontecimiento.

¡Nosotros, los seres espirituales, ya empezábamos a cantar y a alegrarnos! ¡Él lo logrará, Él resistirá! Ya estábamos seguros de que tendría éxito cuando Jesús dijo las palabras: «¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!» ¡El shofar sonaba, el Cielo temblaba y estalló un gran júbilo en el mundo espiritual! Se tocaron los tambores, y luego se unieron poderosas fanfarrias y trompetas. Jesús, el Cristo, encomendó su espíritu al Espíritu del Padre, al Espíritu de Dios. Él fue recibido en el ámbito espiritual como el gran vencedor que fue y es.

Él había superado el pecado, había superado el miedo, había superado la esclavitud en los sistemas del adversario y había superado la muerte: Victoria en todos los ámbitos, en todos los niveles. Él había cumplido Su misión, había completado Su servicio en el amor de Dios y del prójimo. Así fue recibido en el mundo espiritual, en una gran fiesta de alegría. Y si los seres humanos cristianos pudieran creerlo, si ellos pudieran cumplir también su misión de llevar su rol hacia el servicio del amor a Dios y al prójimo en el „Está consumado“, pues ese es el camino, esa es la verdad y eso conduce hacia la vida eterna. Esta Tierra no es vuestro hogar, esta Tierra es vuestra escuela en la que os podéis quedar todo el tiempo que queráis.

 

El sufrimiento del Hijo había terminado. Y una nueva imagen cubría las dolorosas imágenes de María. Aún veía el cuerpo ensangrentado de su hijo en su regazo, pero también veía una nueva realidad, una nueva verdad que se estaba volviendo cada vez más clara para ella. ¿Y si las profecías para el pueblo de Dios no se cumplieran en la Tierra? ¿Y si no se tratara de salvar a la humanidad? ¿Y si se tratara de aprender a comprender y de poder captar? María recordaba cómo Jesús hablaba a menudo de la Casa del Padre, de su Reino, de su Hogar. Recordaba muchas cosas y ahora captaba esta nueva dimensión en las palabras de Jesús.

En esa visión, en la que Jesús estaba rodeado de seres de luz, ella veía cada vez más cosas que antes habían estado ocultas. Ella reconoció y vio a Jesús en conversación con Abraham, con su hijo Isaac y con Jacob. Como en un gran Plan, ella veía entonces de qué se trataba y de la consecuencia lógica. Sobre Jesús recaía una gran promesa, responsabilidad y carga. Él se encontraba en la sucesión directa de Su Padre. Era una nueva verdad y realidad, el gran Plan en el que su hijo, ella misma y toda su familia estaban participando. Ella reconocía lo extremadamente importante que era todo, cómo la fe, la confianza, podían apoyar y fortalecer el todo. Ella también reconoció su propia responsabilidad en la que se encontraba, reconoció cómo sus dudas e incomprensiones, sus luchas y quejas podrían haber dificultado todo. Esa visión la sacó del miedo y la hizo entrar más en la fe, en la valentía, en la confianza, especialmente en las cosas que no podía entender, en lo que no podía saber, para así confiar totalmente en Dios.

El camino de la fe debe recorrerse paso a paso, es un proceso de fe que debe trabajar el ser humano en sí mismo. María rezaba para recibir conocimiento, comprensión sobre ese Plan Divino al que había dicho „sí“ sin saber lo que significaría ese „sí“. En la primera realidad se trataba del „sí“ de la madre, quien expresaba su plena confianza en Dios. En la segunda realidad se trataba del plan del alma, del camino de su hijo, como alma hacia el ser espiritual. Y en la tercera realidad se trataba del Retorno y Conducción de vuelta al Hogar, de traer a Casa a todos los Hijos de Dios que quieran regresar al Hogar del Padre por su propio deseo y voluntad.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»