El camino de la madre

Al comienzo, 07.04.2021

Las personas que habían asistido a la crucifixión abandonaron el lugar donde habían sido crucificados los tres hombres. Algunos de ellos complacidos y en una especie de agrado, la satisfacción de un espíritu que impulsó, tomó el control y había exigido lleno de odio la muerte de un inocente. Otros estaban profundamente inquietos y afectados por lo sucedido, decepcionados y con gran tristeza por la derrota de Jesús, sin poder comprender, llenos de preguntas y de dudas. Además el cielo se oscureció y las nubes se juntaron siniestramente, como una violenta tormenta. El tiempo se volvió incómodo, por lo que la gente buscó refugio en sus casas. Los que se habían reunido bajo la cruz eran las tres mujeres y Juan, que fue el único de los discípulos que permaneció ante la cruz para estar cerca de su Maestro en la hora de la derrota humana.

Se escucharon pasos y vieron a José de Arimatea. Estaba acompañado por un soldado. «Lo siento mucho, madre María. Lo siento mucho. No pude hacer nada, no pude evitar nada. Mi palabra no tuvo peso, no había nada que pudiera hacer por Jesús. Lo siento mucho, estoy desconsolado por todo lo que ha sucedido. Ahora sé, más que nunca, que Jesús fue el Mesías prometido y que las escrituras se han cumplido.» María miró al escriba sin verlo, sin entenderlo, sus palabras fueron demasiado para ella. José enmudeció ante la mirada con la que María le miraba. Él veía la conmoción y el gran dolor de una madre que había esperado hasta el final que Dios no lo permitiría, que sucedería un milagro, tal como había sucedido con Abraham. Con frecuencia María había buscado consuelo en eso, cuando ya no podía soportar las imágenes. Pero Dios no detuvo las manos de los soldados, Jesús, el Hijo de Dios, había sido sacrificado y nadie había podido hacer nada para impedirlo. José ordenó que se quitara el cuerpo de Jesús de la cruz. Lo colocaron en los brazos de su madre, ella sintió la corona de espinas a través de su vestido. Ella abrazó a su hijo, a su amado hijo, y miró su rostro ensangrentado. La madre lloró por su hijo y la imagen que había visto tantas veces como una visión dolorosa se había convertido en realidad. Acunó a Jesús en sus brazos por unos momentos y con profundo dolor repitió las palabras que me respondió cuando le traje el mensaje de Dios: «¡Mira, yo soy la sierva del Señor; hágase en mí según Su voluntad!»

Ella había superado ese su camino con la lealtad más profunda y la entrega más elevada. Su camino la había conducido a las alturas más elevadas del Espíritu y a los abismos más profundos de la vida humana. Ella había preparado el camino para las madres que andarán ese mismo camino hasta que entreguen a sus hijos en las manos del Padre, de quien los recibieron, sabiendo que sus hijos no son sus hijos, sino que son los hijos pequeños de Dios que partieron para adquirir experiencias en el libre albedrío, para crecer en el conocimiento, para madurar y convertirse en Hijos e Hijas de Dios. Este es el camino que Jesús enseñó y que Él mismo caminó, ese es el camino desde el dolor del pecado hasta la victoria sobre el pecado. A este camino han sido llamados todos los que se denominan cristianos. Ellos se pondrán en camino hacia su Hogar Celestial en grupos de peregrinaje espiritual, emergerán de su esclavitud interna y se elevarán a través de las victorias sobre sus conceptos y deseos. Al mismo tiempo crecerán hacia la libertad del Espíritu, que es mucho más que la libertad que el ser humano desea y que en realidad no lo es. El alma que abandonó el paraíso volverá al paraíso cuando pueda distinguir entre el bien y el mal. Y nosotros, los ayudantes espirituales, vuestros hermanos y hermanas de las familias espirituales del Cielo, estaremos ayudando y sirviendo a vuestro lado hasta que vosotros también estéis a nuestro lado, nuevamente ayudando y sirviendo en el verdadero servicio de Dios, por amor a Dios y al prójimo.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»