Hacia el sepulcro

Al comienzo, 08.04.2021

José había conseguido de Pilato que Jesús pudiera ser depositado en su sepulcro. Y así el soldado Claudio, el escriba José y el discípulo Juan, llevaron el cuerpo al sepulcro. Jesús había sido embalsamado por Miriam, la mirra y el incienso todavía le envolvían. La fragancia pudo ser percibida por los hombres y santificaba ese último paso de una manera peculiar. El Cielo y la Tierra retumbaron, la Tierra se estremeció y las nubes oscuras tocaban el suelo; inquietante, pero para los tres era algo místico, sublime y especial. Ninguno de ellos podía hablar, estaban absortos en una reverencia y respeto que se apoderaba de ellos y les llenaba por completo.

El soldado Domenicus Claudius, que había cumplido con su deber el día de la crucifixión de Jesús, había llevado a cabo sus órdenes. Sin embargo, ese día sus compañeros romanos le habían sorprendido mucho. Habían sido especialmente brutales, demasiado groseros y muy despiadados. Parecía como si no fueran ellos mismos. Como en un frenesí se habían burlado y reído de este hombre atormentado con particular satisfacción. Pero a pesar de todo esto Jesús de Nazaret permaneció callado. Domenicus había visto cómo había tomado su cruz. Había visto la inusual dignidad con la que había aguantado y soportado el dolor y la humillación. También había visto a la madre, que parecía soportar la vergüenza de su hijo con la misma dignidad. «¿Quién había sido esa persona?», preguntó el soldado romano mientras llevaban el cuerpo al sepulcro.

Juan el discípulo, el único de sus amigos y compañeros que había estado bajo la cruz durante la crucifixión, todavía estaba bastante aturdido por los acontecimientos. No podía entender lo que había sucedido, simplemente no podía creerlo. ¿Llevaba ahora realmente los restos mortales de su Maestro, el que había sido una gran esperanza para todos ellos? Todo le parecía una pesadilla de la que esperaba despertar.

José de Arimatea estaba desconsolado. Era un hombre de buena reputación y con posesiones, pero no pudo hacer nada por Jesús, no pudo ayudarlo. Se había sentido impotente y su palabra no tuvo peso, pues ridiculizaron sus argumentos y tergiversaron sus palabras. Y cuando Caifás le preguntó si estaba absolutamente seguro de que ese Jesús era el Mesías prometido, José le eludió y bajó la mirada. ¿Cómo podía haber respondido afirmativamente? No tenía pruebas, solo tenía sus sensaciones y algunos hechos. Pero estos no eran válidos, nadie hubiera querido escucharlos.

En aquel momento él estaba totalmente seguro de que Jesús era el Mesías esperado, y que las escrituras se habían cumplido completamente en Él. Pero ahora José solo podía dejar que dispusiera su sepulcro. Su fe, la fe de sus antepasados y sus compañeros de creencia en el Sanedrín le habían dejado una gran amargura. Un mundo, su mundo, se había derrumbado como un castillo de naipes en unas pocas horas. ¿Qué culpa habían asumido ellos con su juicio? ¿Qué gran culpa? José también conocía la profecía de que el pueblo de Dios perdería su templo, tierra y bendiciones de Dios, que serían esparcidos por toda la Tierra. ¡Y ahora sabía por qué iba a pasar esto! ¡Qué gran oportunidad habían perdido, qué gran oportunidad habían pasado por alto! Este reconocimiento abrumó a José. Estaba profundamente desesperado porque podía comprender qué tragedia estaba sucediendo y quién era responsable de ella. Para José no había duda que este acontecimiento pasaría a la historia como una vergüenza para el pueblo de Dios. El pueblo había representado y vivido la creencia de los israelitas: ¡Ojo por ojo, diente por diente, pues la ley es la ley! Se estremeció al pensarlo y no quiso imaginarse las consecuencias. Una enorme carga cayó sobre sus hombros y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Cuando llegaron al sepulcro, los soldados les estaban esperando. Los soldados romanos debían vigilar al difunto, esa era su orden. Los hombres colocaron a Jesús muerto en la cueva sobre un féretro de piedra y cada uno de los tres hombres se despidió de él. El sepulcro se llenó rápidamente con el aroma de la mirra y con una atmósfera especial. «Este es un lugar sagrado, un espacio sagrado.», pensó José con reverencia mientras observaba a cuatro soldados rodar la enorme piedra frente a la abertura del sepulcro.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»