La injusticia más grande

Al comienzo, 09.04.2021

Cuando después de la crucifixión María y Miriam regresaron a la casa de Susana, las estaban esperando Marta, su hermana María de Betania, Jacobea y Lea. Lea se acercó a María y le preguntó: «¿Es eso cierto? ¡Di que no es verdad!» La mirada de María dijo más que cualquier palabra. Se la veía cansada y agotada, pero se abrió al grupo de mujeres que querían saber lo que había sucedido y cómo había pasado todo. Con gran decepción y consternación, las mujeres escucharon la historia de la madre María y Miriam, que habían sido testigos de la injusticia más grande de todos los tiempos y sabían lo que había sucedido.

Entonces alguien llamó a la puerta golpeando de forma enérgica. Todas se asustaron y se miraron. Tecla abrió con cuidado y Verónica irrumpió en la habitación: «¡Yo ya no podía más estar sola! ¿Cómo ha podido suceder eso?» Miró desesperada a María. Pero ella bajó la mirada, inclinó la cabeza, ya no podía decir nada, no tenía más palabras, no tenía más fuerzas para explicaciones. Verónica estaba afectada y conmocionada como todos. Ella dijo que había visitado a Pilato ayer y le había rogado que mostrara misericordia. Ella le había dicho que Jesús era un gran sanador y que solo había hecho el bien a la gente. Después de reunirse con Pilato volvió a casa tranquila, convencida de que él actuaría con prudencia y cautela. Unas horas más tarde veía con gran horror la procesión de los condenados en la que Jesús era conducido por las calles de Jerusalén quebrado, maltratado y como un criminal. Verónica se abrió paso entre la multitud que lo blasfemaba, se burlaba de él, citaba insolentemente sus enseñanzas y las ridiculizaba. Él se desplomó bajo el peso de la madera atada a sus hombros y cayó ante sus pies. Llorando amargamente, ella le limpió la sangre de los ojos y de la cara. Jesús la miró por un breve momento en agradecimiento. En esa mirada había mucho que ella no pudo entender. Su mirada suplicaba misericordia, pero ella estaba llena de indignación y enfado. ¿Cómo podía la gente atreverse y cómo podía Dios permitirlo?

Un violento latigazo obligó a Jesús a levantarse de nuevo para caminar, a seguir tambaleándose. Los siguientes golpes en su espalda fueron sin piedad. Verónica se desplomó al suelo profundamente desesperada, acusando a las autoridades y también a Dios, el Dios poderoso, en cuyo servicio veía a Jesús. Ella sabía quién estaba detrás: El consejo supremo, los escribas y el gremio de sacerdotes. Ella conocía sus maquinaciones, su hipocresía. No les gustó que Jesús no predicara la ley, pues Él había predicado el amor, la bondad y la misericordia. Ella le había escuchado a menudo, había visto sus curaciones y sabía que conduciría al mundo hacia una nueva verdad. Él había actuado con el poder y la gloria de Dios, y ahora Dios permitía que muriera en sus manos. ¿Quién podía entender eso? ¿Quién debía soportar esa injusticia? Estas cuestiones se asentaron en Verónica. No había misericordia para aquellos que cometieron la mayor injusticia, solo quedaba amargura. Las mujeres hablaron durante largo tiempo sobre los acontecimientos, sus sensaciones y sobre todo lo que habían vivido con Jesús.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»