Dolor y misión

Al comienzo, 09.04.2021

Yo me sentía como en un frenesí. Las callejuelas de Jerusalén estaban llenas, llenas de gente, de olores y ruido. Sin recordar cómo llegamos allí después de la crucifixión, me encontraba de nuevo en medio de un grupo de mujeres en la casa de Susana. Las mujeres que no habían asistido a la crucifixión ahora querían saberlo todo. María explicaba y yo no podía entender de dónde sacaba la fuerza para hablar, pero me alegré de que lo hiciera. En mí sentía vacío y al mismo tiempo me sentía llena de ruido y agitación, ya que había absorbido los gritos de la multitud. Y me sentía vacía, pues todo lo importante se unía ahora en un único dolor que me llenaba completamente y de forma tan intensa, que ya no podía sentir mi interior, solo ese vacío.

Yo escuchaba a las mujeres, pero al mismo tiempo anhelaba estar sola. No conseguía tener claridad de pensamientos, así permanecí en una especie de shock y escuchaba a María lo que contaba y cómo había vivido el día. Me llamó la atención que, aunque ella informaba de todo, sus sensaciones permanecieron ocultas para los que la escuchaban. En su relato había una humildad silenciosa y un soportar la situación, que, como madre, sin duda alguna, debió haberle desgarrado el corazón, algo que hasta ahora solo había visto en Jesús. Cuando María también se tranquilizó, los demás empezaron a contar lo que habían experimentado con Jesús y lo maravilloso que había sido. Recordaron sus primeros encuentros con Él, las palabras que dijo y sus bromas en los momentos de tranquilidad. Los recuerdos desplazaron las imágenes del día a un segundo plano y cuando María se despidió del grupo y se retiró, comencé yo a contar a las mujeres sobre la última tarde que habíamos vivido con Jesús.

«Jesús había enviado a Pedro y Juan a buscar al hombre en Jerusalén que tenía una sala para nosotros. Para ellos una tarea aparentemente imposible. Después de haber partido con dudas sobre su cometido, nos sorprendió cuando los dos hermanos nos recibieron orgullosos en el piso de arriba en la casa del hombre anciano. Habían encontrado la sala como por arte de magia, tal como les había dicho el maestro. Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la casa en las afueras de la ciudad y los dos habían preparado todo tal y como Jesús había deseado. Había agua, vino, pan y aceitunas y la sala estaba iluminada con lámparas de aceite. El maestro se acercó a los dos y les besó la frente. Pedro y Juan se alegraron por esa reverencia. Les fortaleció y les aumentó la confianza de que ellos podían ser conducidos. Habían superado la tarea de encontrar al hombre que tenía la habitación y también habían encontrado el burro para su Señor. Jesús se arrodilló en la zona de entrada de la sala y nos lavó a todos los pies. Nos sentamos y comenzó a hablar: Yo bendigo los pies que os han llevado cuando Me acompañabais. Vosotros fuisteis por ese camino Conmigo y esto os acompañará a partir de ahora. Estará inscrito en el libro y con certeza recibiréis vuestra recompensa en el Cielo.»

Yo interrumpí mi explicación y me quedé en silencio. Algo se movía dentro de mí y estaba tratando de entender lo que era. Sentí en mí y luego dije a Tecla, la hermana de Susana: «¿Podrías ofrecernos un poco de vino, pan y agua para todos nosotros?» En mi interior vi que debía traer a las mujeres la cena que Jesús había compartido con nosotros y las palabras que había dicho al respecto. Tal como había transmitido Sus palabras a las mujeres cuando Él estaba vivo, mientras Él y los demás bautizaban a los hombres, y yo bautizaba a las mujeres, así ahora debía llevar a ellas Sus últimas palabras.

El dolor y el entumecimiento fueron desapareciendo para dar paso a la misión. En ella me sentía de nuevo muy cerca del Maestro y sentía como si los acontecimientos de los días anteriores no hubieran sucedido en absoluto. Decir Sus palabras y proclamar Su mensaje fueron un bálsamo en mí, que se posó sobre mis heridas y mi dolor.

Al comienzo

 

«El dolor y el entumecimiento fueron desapareciendo para dar paso a la misión. Decir Sus palabras y proclamar Su mensaje fueron un bálsamo en mí, que se posó sobre mis heridas y mi dolor.»