Unción

Al comienzo, 06.04.2021

Cuando nos sentamos juntos antes de la cena del día siguiente, me dirigí a Jesús con el pequeño frasco de alabastro que había recibido de María, su madre en Nazaret. Ella me lo había dado diciendo: «Al principio, en su nacimiento, me regalaron incienso y mirra para su camino. Ahora esto también deberá acompañarle en su final. Llévalo contigo. Tú sabrás cuándo lo debes usar.» Desde entonces he llevado siempre conmigo con gran veneración el precioso frasco de alabastro. Una y otra vez escuchaba en mí las palabras: «¡Alégrate mucho, hija de Sion! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira, tu rey vendrá a ti.», y «Yo pondré un descendiente digno de David. Él reinará como rey, gobernará sabiamente y ejercerá ley y justicia sobre el reino.» Esta profecía me acompañaba; me daba sensación de avance y de apoyo en el camino; me daba seguridad; y en mí crecía la claridad de lo que había que hacer.

Yo lavé a Jesús sus pies, sus manos y su cabeza. Luego le ungí con el puro y precioso aceite de incienso y mirra. «Mi Señor, Mi Rabí, Mi Maestro – ¡Tú eres el Rey de reyes y como tal deberías llegar a Jerusalén!» Yo había comprendido y lamentaba mucho el habérselo hecho tan difícil. Me arrodillé ante Él y vertí el aceite sobre sus pies. Fue como una profunda reverencia hacia Él, ante su camino, y eso debía mostrarle que de ahora en adelante yo le apoyaría. Con profunda reverencia, oré en voz alta a su Padre y le pedí que diera apoyo para el camino de Su Hijo. «Jewarechecha Adonai vejischmerecha – El Señor bendiga, guíe y acompañe tu camino», susurré mientras aceitaba sus pies. Entonces me levanté, vertí el aceite sobre la cabeza y dije las palabras: «Tú eres el Rey de reyes. ¡Alégrate mucho, hija de Sion! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén!» El aceite se mezclaba con mis lágrimas, que no pude contener, al pensar en lo que estaba a punto de suceder con Jeschu y que esta sería una de las últimas tardes que pasaríamos con Él. Traté de secar las lágrimas con mi cabello.

Los discípulos que presenciaron este gesto quedaron consternados. Estaban avergonzados, ya que esa tarde no estábamos solo entre nosotros, sino que había algunos invitados. No solo por el gesto, que normalmente solo se hacía a los reyes, sino también por el hecho de que yo como mujer había orado en voz alta ante los hombres y me había atrevido a citar las escrituras en un grupo de varones. Y además por el generoso desperdicio del valioso y caro aceite. Me llamaron derrochadora y opinaban que hubiera sido mejor, vender ese aceite y usar las ganancias para los pobres. Judas fue uno de los más intransigentes, pues unos días antes Jesús le había pedido que distribuyera para los pobres las monedas de plata que nos habían sido donadas. Él había cumplido muy a regañadientes esa tarea de Jesús y ahora sentía que tenía que corregirme. Simón Pedro también se unió a la indignación, ya que encontraba esa unción ridícula e inapropiada. Y ambos le pidieron al Maestro que me corrigiera.

Pero para su asombro, Jesús los reprendió. «¡Déjalos! Los pobres siempre estarán entre vosotros, ¡Pero Yo no! ¿Debería Miriam ungirme solo cuando esté muerto?» «¿Qué significa esto?», quiso saber Pedro. «Que ha llegado el momento.», respondió Jesús. «Yo seré capturado en Jerusalén. Yo seré juzgado y ajusticiado. Miriam está dispuesta a aceptar y a honrar Mi muerte. ¿También lo estáis vosotros?» Un murmullo recorrió la sala y mientras los demás comenzaban a debatir entre ellos, el fiel Pedro respondió resueltamente: «¡Nunca Señor! ¡Yo no ofreceré a mi rabino a la muerte! ¡No dejaré que eso suceda! ¡No vayamos allí, maestro, tomemos otro camino!» «Mi camino es el cumplimiento de la Voluntad de Mi Padre. Mi Reino no es de este mundo. Superaré la muerte y con ella traeré la luz al mundo de las sombras.», trató de explicarle Jesús. Pero Pedro no escuchaba e insistió enérgicamente: «¡Aún no es demasiado tarde! Si vas a morir en Jerusalén, no vayamos allí, maestro, tomemos otro camino!» «¡Apártate de mí, Satanás!», le respondió Jesús y salió de la habitación.

Después de haber experimentado yo misma el día anterior con qué facilidad me había convertido en un instrumento del adversario, hoy tuve que ver cómo Pedro era manipulado con el mismo juego. El terreno abonado para ello fue la envidia de Pedro hacia mí. Eso era una puerta de entrada ideal para los ataques y me asustaba ver lo fácil que era para el adversario. Esta vez fui el espectador y sentí pena por Pedro. No había entendido las palabras de Jesús y se sentía dolido. Desde su punto de vista, él solo había tenido buenas intenciones con su maestro, ya que le había defendido y apoyado totalmente. Pero en realidad con su intención se había puesto contra su maestro y con ello había dificultado su camino; eso no lo pudo reconocer Pedro, ni tampoco la envidia que lo había hecho posible y le había hecho fácilmente utilizable para el adversario. Se sentó a la mesa perturbado y consternado por lo que le había dicho el maestro: «¿Por qué dice Él tal cosa? ¿Por qué a mí? ¡Yo soy Pedro, yo le soy el más leal entre todos vosotros! ¡Yo soy su roca sobre la que puede edificar! ¡Siempre lo he sido y siempre lo seré!» Todos perdimos el apetito, y así se interrumpió nuestra reunión antes de que hubiéramos comido juntos.

Al salir de la habitación, me acerqué a Pedro y traté de traerle consuelo: «Pedro, oriéntate hacia el Padre. Pídele que te ayude a ver lo que todavía no ves.» Yo misma había experimentado cuan beneficioso había sido ese cambio para mí y cuánto pude entender a través de ello. Me sentía culpable del desafortunado desenlace de la velada, del disgusto, del desespero en el que se encontraba Pedro, y con este consejo quise hacerle algo bueno. Unas noches después vi a Pedro, que probablemente había aceptado mi consejo y se le había mostrado lo que aún no estaba dispuesto a ver. Tuve que experimentar con amargura cómo él, que se veía a sí mismo como el más leal de los discípulos, negó a su maestro tres veces después de su detención, a pesar de que su rabino se lo había advertido y se lo había anunciado de antemano.

Mi corazón ardía y ese incidente me ayudó a ser más cuidadosa con lo que aconsejaba que hicieran otros. Ya que una cosa me quedó clara: Si le pides algo al Padre, entonces tienes que estar también preparado para ver la respuesta y soportar el cumplimiento de la petición. La verdad sobre uno mismo a menudo es diferente de cómo uno la ve, y cuando uno se enfrenta a ese engaño, entonces eso suele estar acompañado de la amargura del reconocimiento.

Al comienzo

 

«Yo lavé a Jesús sus pies, sus manos y su cabeza. Luego le ungí con el puro y precioso aceite de incienso y mirra. «Mi Señor, Mi Rabí, Mi Maestro – ¡Tú eres el Rey de reyes y como tal deberías llegar a Jerusalén!» Yo había comprendido y lamentaba mucho el habérselo hecho tan difícil. »