Tentación

Al comienzo, 03.04.2021

«¿Cómo va a ser sin Ti? ¿Quién nos guiará? ¿Qué vamos a hacer cuando Tú ya no estés aquí?» Yo estaba cayendo en pánico y esa sensación se había incrementado cada vez más a lo largo del día. Agregué de forma provocativa: «¡Tú mismo sabes que no estamos tan evolucionados!» Se había desvanecido la serenidad de la visión amplia de los últimos días. Con cada paso que dábamos acercándonos a Jerusalén, tanto más perdía yo el valor y la confianza. Tuvimos un largo y arduo día de viaje detrás de nosotros y estábamos cansados, y a pesar de ello pedí a Jesús tener una conversación antes irnos a dormir. Todavía nos encontrábamos a un día de viaje hasta Betania que estaba en las afueras ante Jerusalén. Sería nuestra última estación de parada antes de entrar en la fiesta de la Pascua.

«Yo os seguiré conduciendo.», dijo Jesús, reservado y prudente. «¡¿Y cómo?! ¿Cómo puede funcionar eso si Tú ya no estás aquí?», y miré a Jesús con reproche. Yo no podía ni quería ocultar el hecho de que le culpaba por lo que iba a venir. Pues a pesar de que Él todavía estaba aquí, yo me sentía sola y abandonada por Él y creía estar segura de que Él también estaba preocupado de cómo seguiría todo. Y seguí con más énfasis: «Jesús, ¡La difusión de Tu enseñanza entre la gente ha sido demasiado escasa! Son solo unos pocos cientos de personas los que escucharon tus prédicas y vieron tus milagros. ¿Cómo puede ayudar eso? ¿Cómo se supone que eso ayudará al mundo entero? ¿No tendría más sentido viajar a Fenicia y Nabatea, o al Imperio Romano para seguir predicando? ¡Piensa en todo lo que sería posible! ¡Seguro que eso no puede ser todo! ¡Todavía eres tan joven! ¡Tú podrías conseguir todavía mucho más!» «Eso lo haré.», dijo Jesús permaneciendo reservado y tranquilo. Su serenidad me impulsó a decir: «¿Cómo?» Mi lengua estaba afilada y evidentemente había algo en mí que estaba en contra de mi Maestro.

Jesús guardaba silencio y miraba en la lejanía. No se defendía, solo me escuchaba y dejaba que expresara mi disgusto. Él sabía que oponerse a ello solo empeoraría la situación. Para cada uno de Sus argumentos yo habría encontrado un contraargumento. Y como en una lucha con espadas, solo habrían chocado las espadas sobre los argumentos. Jeschu permaneció en silencio hasta que me tranquilicé un poco y quise saber qué estaba sucediendo en Él. «¿Qué piensas Tú?», le pregunté yo. «Yo espero que lo hagáis, tal como se espera eso de Mí.» Yo no entendí Su respuesta. Parecía como si de repente estuviéramos hablando un idioma diferente, nosotros, los que siempre nos habíamos entendido sin palabras. Eso avivó mi desesperación y con lágrimas estallé diciendo: «¿Cómo podrá continuar todo esto?» Jeschu también pareció sentir el distanciamiento entre nosotros. No hizo ningún gesto para consolarme o abrazarme. Él miraba a lo lejos y dijo con firmeza: «Yo comprendo tu miedo, y sin embargo sé, que pase lo que pase, no importa qué situaciones difíciles os vengan a ti y a los discípulos, vosotros os encontráis, si lo deseáis, en las manos del Padre, igual como lo estoy Yo. Todo lo que os va a venir, eso pertenece a vosotros.» En un tono más bajo añadió: «Acuérdate, tú ya lo sabes, tú has reconocido el plan de tu alma y te encuentras en la situación de ayudar a los demás. Pero eso solo es posible sí…», Jeshu interrumpió, se calló la última parte de la frase y apretó los labios. «¿Si qué?», le pedí que continuara. «¡Si tú reconoces, entiendes, captas y expulsas de ti, lo que en este momento toma lugar en ti, se extiende y hace todo lo posible para desconcertarme y herirme a Mí!» No pude escapar de la firmeza y la claridad con la que Él pronunció estas palabras. Pero solo cuando Él me dijo: «¡Eso no eres tú!», comprendí yo lo que ya había sentido antes en el distanciamiento. Él respiró hondo y suspiró. Evidentemente, le resultaba difícil hablar de ello. Yo sentía que había algo más y quería saber más: «¿Qué está sucediendo ahora aquí?» «Tú estás siendo utilizada. Eso no eres tú, es satanás, la fuerza demoníaca que trata de alcanzarme a través de ti. Tú eres fácilmente accesible para él a través de tu miedo y puede alcanzarme a través de tu vínculo Conmigo. Quiere verme caer, desmoralizarme y alejarme del Plan de Retorno al Hogar. Yo he superado mi propio miedo. En ese punto, ya no soy alcanzable para él. Solo que ahora lo intenta a través de ti y así me conduce hacia la tentación. A través de tus dudas habla la prole de serpientes con lenguas bifurcadas e intenta abrir una brecha entre Mí y mi Padre. Y tú te dejas utilizar para eso. ¿No escuchas el deseo de atacar en tus palabras?»

Incliné la cabeza avergonzada. Era cierto y yo no lo podía ignorar. Jeschu tenía razón en cada una de Sus palabras. Me mordí el labio. Inmediatamente me quedó claro que no solo mi miedo, sino también mi insatisfacción habían sido un terreno fértil ideal en el que la fuerza demoníaca había podido enfrentarse a Jeschu a través de Mí. Me sorprendió lo inadvertido que había sucedido.

 

Ya habíamos vivido una vez una posesión similar. Era durante el tiempo en el que viajábamos por Galilea. Fue después de cruzar el lago Tiberíades. Encontramos a dos hombres que vivían en cuevas. Pidieron a Jesús que obrara milagros en ellos y les liberara de su posesión por espíritus malignos. Pidieron a Jesús que les ayudara y lo hizo gustosamente. Cuando Jesús quiso sanar la maldad en ellos, las fuerzas demoníacas salieron de los hombres y entraron en una piara de cerdos que pastaban junto al camino. Toda la manada cayó por el acantilado al lago y se ahogaron en la corriente de agua. La noticia de ese suceso se difundió rápidamente en las aldeas circundantes y se nos pidió que nos fuéramos de la zona. En ese momento Jesús quedo muy afectado y consternado. Satanás había tentado a Jesús y lo consiguió. En aquel entonces Jeschu aún se encontraba al comienzo de su aprendizaje y todavía estaba practicando cómo usar sus poderes correctamente. Era un practicar sin fin, el ver como el Plan de Retorno al Hogar estaba dependiente de la purificación de aquellos sobre los que se estaba construyendo y de las posibilidades que se podían crear sobre ello. En aquel entonces siguieron una larga serie de enseñanzas en las que Jesús era conducido y entrenado a través de situaciones, para aprender cómo las fuerzas satánicas se mostraban y conducían a la tentación. El comprender que la tentación buscaba un camino que estuviera muy cerca de la persona guía y que se instalaba exactamente allí donde se encontraba la fuerza y la misión, fue lo que ocupó a Jesús durante mucho tiempo. En aquel entonces yo sabía que Él solo compartía una pequeña parte con nosotros. A partir de ese momento, antes de sanar o expulsar a un espíritu, Jesús comprobaba repetidamente con que motivación le venían las personas.

 

Ahora era yo quien, sin darme cuenta, acogí al espíritu maligno y me puse contra Jesús. Con mis reproches le había hecho la vida aún más difícil. Precisamente a Él, el que era lo más importante para mí. Y con mis argumentos también creía tener la razón. La consternación por esto asestó un duro golpe en mi interior, en el que normalmente podía confiar, y me hizo caer en una tristeza por mí misma y por nuestra situación. Al hacerme cada vez más consciente de ello, me supo mal, ya que yo no quería agobiarle más. Pero también se me hizo consciente de cómo la fuerza demoníaca se asentaba y se camuflaba con argumentos lógicos, para que uno mismo creyera que tenía la razón. Pero el deseo de atacar, que de repente había sentido hacia Jesús, que seguía echando leña al fuego, debería haberme hecho sospechar.

«¡Lo siento. Lo siento muchísimo! Yo no quería. Yo pensé que eso ya lo habíamos superado.», dije consciente de la culpa y al mismo tiempo insegura. «Tú has conquistado al espíritu antagonista de tu ser humano como mujer, así que con ello has vencido a esos espíritus en ti. Tú estás curada de ello, ese fue el camino hacia ti misma. Eso ya lo superaste tu hace algún tiempo. Sin embargo, lo que hoy ha tomado posesión en ti y pudo apoderarte de ti, ha sido el mismo adversario.» «¿Cómo es eso posible?» «Desde que hablé con mi madre en Nazaret sobre lo que iba a pasar, el Plan se encuentra en la atmósfera, por lo tanto, es también visible para el mundo demoníaco, y ahora trata de luchar con todos los medios y fuerzas para impedir que la Redención llegue a la humanidad e intenta evitar que el Plan de Dios funcione.» Yo trataba de comprender y pregunté: «¿Y cuándo terminará esta lucha?» «Esa lucha acompaña a la construcción del Reino de la Luz en la Tierra en cada generación. Es la lucha entre el bien y el mal lo que es particularmente evidente cuando el bien se muestra y con ello se hace visible. Pertenece a ello. Forma parte de ello cuando se entra en esta lucha de liberación. Todo aquel que haga esto tendrá que experimentarlo.» Él se interiorizó. «Pero Yo no esperaba que el camino condujera a tal soledad, en la que incluso las personas más cercanas se oponen a ti.»

Yo sentí cuánto había herido a Jesús y que lucha tan grande tenía Él sin mostrarlo o sin cargar a otros con eso. Como tantas veces, solo me daba cuenta de la grandeza de Mi Maestro, que era tan humilde y prudente, cuando miraba por segunda vez. Me sorprendía al ver cuánto de su verdadera lucha permanecía oculto para todos nosotros y me sorprendía todavía más al pensar, de dónde sacaba Él toda la fuerza para este, Su camino. Como si Él hubiera escuchado eso, al cabo de un rato dijo: «No construyas sobre personas, Maschu, aprende solo a construir sobre Dios y a esperar todo de Él. Pues las personas te decepcionarán una y otra vez.» Yo sentía cómo el distanciamiento entre nosotros había desaparecido. «Eso es difícil», dije suavemente, y una vez más me di cuenta de lo que le había exigido con nuestra conversación. «Pero ha sido valioso. Cuando tú atraviesas y superas los engaños del ser humano y encuentras la verdad del alma, entonces te espera la vida: la vida eterna.» Respiró profundamente y Él habló con tanta firmeza como pudo: «No moriré, Maschu, Yo volveré a la Casa de mi Padre y entraré en la Vida Eterna.» Parecía como si estuviera diciendo estas palabras para mí y al mismo tiempo para sí mismo. «¿Hacia la vida eterna?» «Tú lo vas a ver y serás mi testigo.»

No me resultaba claro lo que Jesús quería decir con eso. Normalmente yo podía percibir el significado de sus explicaciones y a lo que Él se refería. Pero esta vez era diferente. Yo no entendía. Sus explicaciones excedían mi imaginación y se mezclaban con mis preocupaciones humanas sobre el futuro. Yo estaba a Su lado, tenía mi puesto. Pero, ¿Cómo iba a continuar? Yo no estaba casada y eso no era nada habitual en la sociedad judía. Entonces, ¿Qué pasaría conmigo? Me volví y me senté para que estuviéramos espalda con espalda. Mirábamos en diferentes direcciones, hacia un futuro opuesto y, sin embargo, estábamos unidos. La sensación de Su espalda contra la mía me tranquilizó un poco y Su fe me ayudó a confiar en la Voluntad del Padre para dejar todo en Sus manos. Su Hijo, yo, mi unidad con Él y mi futuro. Experimenté una especie de consuelo interno que fluía en mí y me traspasaba. Intenté orientarme a Dios de forma todavía más íntima y profunda. Junto con Jeschu, Él era el único que me calmaba y me ayudaba a soportar la idea de lo que estaba por venir. Pero la tristeza y la decepción conmigo misma permanecieron. Con mi comportamiento le había hecho el camino aún más difícil y eso también en sus últimos días. Llena de sentimientos de culpa, fui a mi campamento nocturno y me propuse apoyarle en los próximos días y poner a un lado todas mis preocupaciones y necesidades, hasta que Él hubiera terminado su camino terrenal. Eso era lo único con lo que todavía podía apoyarle. Con una nueva sensación de firmeza y decisión me quedé finalmente dormida.

Al comienzo

 

«Recordaba bien los días que pasamos en Nazaret justo antes de ir a Jerusalén. En esos días todo cambió. La felicidad, el sentirse seguro y protegido, se veían ensombrecidos por la pesadez; una pesadez que nunca iba a desaparecer.»