Despedida

Al comienzo, 03.04.2021

María pensaba en Isabel. Isabel había muerto en la casa de María en Nazaret sin haberse reconciliado completamente con el destino de su hijo Juan. Su dolor y decepción por la injusticia y el poder de los poderosos, habían sido demasiado grandes. María pudo entender bien a Isabel y pudo aceptarlo cuando ella rechazó su consuelo y le dijo con amargura: «¡Eres buena hablando, pero no es a tu hijo a quien le quitaron la vida!» María guardaba silencio al respecto. Isabel tenía razón, Jesús todavía estaba vivo.

Pero, ¿Qué podía haber respondido María para consolarla? Su propio corazón estaba lleno de dolor. Las imágenes más terribles aparecían en su consciencia una y otra vez, durante el día o por la noche. Ella no podía escapar de ellas, pues la perseguían. No tenía respuestas, no podía transmitir consuelo ni confianza. Ella también tuvo que aprender a aceptar imágenes de dolor, injusticia y falta de misericordia, pero no pudo compartir esas visiones con Isabel, pues solo la habrían agobiado aún más. Así veía a su prima Isabel sumida en la más profunda decepción y gran dolor. Pero también se veía a sí misma en ello y necesitaba todas sus fuerzas para no ahogarse en esas inundaciones de emociones humanas. Isabel se volvió silenciosa y más tranquila. A menudo abrazaba el vestido ensangrentado de su hijo, pero ya no tenía más lágrimas y sus palabras enmudecieron, pues sus acusaciones no encontraban resonancia. En unas pocas semanas disminuyó la fuerza vital de Isabel y murió con muchas preguntas para las que no había respuesta. Murió en la decepción y con la esperanza de que Jesús tendría éxito en su obra de liberación.

 

Pensando en sus recuerdos miraba María un pequeño paquete que estaba envuelto frente a ella. Ada se le acercó para recibir algunas instrucciones sobre la casa. Ada viviría con su hija Lea en la casa de María y se cuidaría de todo. María sintió que, tenía que dejar para siempre su casita azul, la que José le había construido. No había sido planeado de esa manera, pero así lo sentía María. Mientras volvía a pasear por el jardín de los olivos recordó los días de infancia sin preocupaciones en los que Jesús, su querido hijo, su amado hijo, había vivido durante unos años. Ella recordaba la alegría con la que Jesús descubría la naturaleza, también recordó las preguntas que le hacía, y su sed de conocimiento. ¿Cuántas veces la había escuchado con reverencia cuando ella le hablaba de su fe en Dios? Él podía asimilar mucho, a veces seguía preguntando. Cuanto mayor se hacía Jesús, tanto menos necesitaba a su madre. Él seguía a menudo sus propios caminos y María trataba de dejarlo libre.

Pero ahora era distinto. Ella sentía una profunda necesidad de estar cerca de Jesús, sentía intuitivamente que debía ir a Jerusalén. Y por eso quiso unirse a una caravana que se dirigía hacia Jerusalén para celebrar la Pascua en comunidad con su pueblo. María se despidió internamente, como si nunca más fuera a volver.

Lea vino a su encuentro, se paró frente a María rogando, suplicando y expresó el deseo de ir con ella a Jerusalén. María amaba a la niña servicial, formal, a veces también atrevida y consintió después de haber hablado con su madre. Ella se responsabilizaría por Lea. También había otras chicas con sus padres en la peregrinación y Lea se encontraba en buenas manos. Algunos camellos y burros llevaban las cargas de quienes podían pagarlo, y así se formó un grupo de Nazaret que se unió a la caravana hacia Jerusalén. Su camino los llevó hacia el mar y a lo largo de la costa. María se alegraba mucho por ello. A ella le encantaba la inmensidad del océano, le fascinaba el sonido de las olas, el viento que soplaba desde el mar y le gustaba ver el juego de las olas. Cuando tuvieron que huir después del nacimiento de Jesús, permanecieron durante algún tiempo en un pueblo junto al mar.María recordaba eso con cariño. En aquel entonces a menudo había encontrado un consuelo en la inmensidad del mar, pues le daba una sensación intensa sobre el poder y la magnificencia de Dios. Cuanto más se acercaban a Jerusalén, tanto más pesado se volvía el corazón de María.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»