Su compañera

Al comienzo, 01.04.2021

Recordaba bien los días que pasamos en Nazaret justo antes de ir a Jerusalén. En esos días todo cambió. La felicidad, el sentirse seguro y protegido, se veían ensombrecidos por la pesadez; una pesadez que nunca iba a desaparecer.

Sentí muy claramente que algo había cambiado entre Jesús y María durante nuestra visita a la casa de María, en la casa de los padres de Jeschu. Yo conocía los momentos de pausa que Jesús tomaba una y otra vez para retirarse y estar a solas con su Padre Celestial. Esos retiros también estaban acompañados a menudo por una pesadez que se apoderaba de él. Pero esta vez fue diferente. Pesaba más. Desde el principio sentí que esa pesadez no desaparecería. Era como si alguien hubiera quitado la energía del calor del sol y hubiera dejado solo el calor, o quedaba su ausencia, el frío. Jeschu me evadía y durante el día no era posible encontrar una situación en la que pudiera hablarle, Él eludía mis preguntas. Pero veía su mirada triste, y también veía cómo María miraba a su hijo cuando no se sentía observada. Algo en su expresión se distorsionaba por un breve momento, como si hubiera visto algo terrible. Con frecuencia inclinaba la cabeza, como si no quisiera ver algo. No podía explicármelo a mí misma, pero estaba muy claro que los dos compartían algo que parecía inquietarlos, una gran preocupación. Decidí seguir a Jesús en la noche, pues estaba segura de que si una preocupación le pesaba, entonces se retiraría por la noche para estar solo, tal como hacía siempre. Así que esperé hasta que todos estuvieran dormidos, y cuando Él se levantó de la cama y salió, yo le seguí. Jesús subió con ligereza una pequeña colina rocosa y se sentó. Al cabo de un tiempo, que me pareció una eternidad, me senté a su lado sin decir una palabra. «Sabía que tú vendrías», dijo Jeschu en voz baja mientras me sentaba. La sensación opresiva en mi corazón, cuya causa desconocía, se expandió aún más, se extendía por todo mi pecho y me oprimía la garganta.

A menudo había experimentado que yo podía absorber el mundo emocional de los demás en mí y en mi interior. Con frecuencia sucedía eso con Jeschu. Cuando estábamos solos, yo podía participar de la felicidad que Él experimentaba con su Padre Celestial. Al principio quería tener para mí esa sensación de cercanía absoluta e ilimitada que emanaba de Él en ese momento. Cuando sentí por primera vez esa cercanía, solo deseaba ser amada por ese hombre, ¡Ya que ese amor era algo más! Ese amor que Jeschu emitía hacía que la persona a la que se lo emitía se convirtiera en una parte de Él, como si se volviera uno con Él y estuvieran inseparablemente fusionados.

Al principio yo hacía todo lo posible para llamar su atención y recibir su amor. Pero Jesús no parecía darse cuenta. Cuanto más trataba de llamar su atención, menos parecía notarme, muy a menudo en ese momento buscaba la conversación con otras mujeres. Yo estaba decepcionada y su rechazo me dolía. Durante los primeros días cuando conocí a los discípulos, Él se orientaba hacia mí y me ayudaba a sentirme cómoda entre ellos. Sentía un vínculo y a menudo nos entendíamos sin palabras. Eso se sentía tan ligero y tan bien, era como si nos conociéramos desde siempre. Pero luego cambió esto y Jesús se retraía cada vez más.

Por lo tanto decidí que si no podía estar con Él como mujer, entonces quería ser su alumna. Y empecé a cuestionar todo lo que Él decía, incluso cuando no estaba predicando. Yo aprendía de lo que Él nos explicaba, de las respuestas que nos daba y de lo que hacía. A veces sentía como si solo me estuviera hablando a mí. Una vez, cuando Jesús nos dijo que lo que queríamos retener, eso lo perderíamos, me miró directamente a mí, y yo comprendí. Él continuó explicándonos que todo lo que queremos para nosotros y no podemos compartir, lo tendremos que compartir; pues Dios es todo en todos, para todos. No existe separación ni división.

Esta enseñanza me había impactado profundamente en el corazón, no solo por la mirada que Él me dirigió. Yo reconocí, cuánto deseaba tener a Jesús para mí. No quería que hablara con otras mujeres, ¡Yo quería su atención para mí! Yo me observaba a mí misma y me daba cuenta con frecuencia que eso causaba intranquilidad en nuestro pequeño grupo. Solo ahora me di cuenta de eso y así comencé a retraerme, a ser más parte de todo y sobre todo, a no tener más expectativas hacia Jesús. Él era el maestro y yo era su alumna, una entre muchos. Yo le solté como hombre y Él me soltó como mujer. Pues ahora una cosa me había quedado clara: Si no podía estar en ese grupo como mujer, tenía que tomar una posición diferente. Yo hice eso tratando de ser una hermana para todos. Empecé a ser discreta, cubriendo más mi cabello para ocultar mi feminidad. Me volví más tranquila. Decidí ser una buena compañera del grupo y ayudaba en lo que podía. Eso me ayudó a perder gradualmente mi fijación hacia Jesús y me convertí en uno de ellos. Para mi propio asombro eso me hizo más feliz, y de repente hubo una sensación familiar y con esta sensación recuperé a los hermanos que tanto había añorado después de dejar la casa de mis padres. Yo podía volver a ser hermana.

A pesar de la nueva sensación de familia, transcurrió algún tiempo antes de que mi afecto por Jesús pudiera cambiar, y a veces se sentía como si muriera. Yo enterré todo lo que era importante para mí como mujer, lo que esperaba y soñaba. Yo sentí que en su seguimiento no había lugar para eso. Pero, ¿Quién era yo sin su cariño y atención, sin ser mujer? Era como si yo perdiera algo que me había definido y me había resultado importante hasta ese momento, algo de lo que estaba orgullosa. Después de todo, había buscado mi propio camino en mi familia y en mi pueblo, lejos de las convenciones antiguas. Yo quería decidir por mí misma con quién iba a casarme. Me consideraban testaruda, y en cierto modo también fuerte. Las mujeres me admiraban por eso. Pero ahora sentía muy claramente que Jesús estaba rechazando precisamente esto, parecía como si eso ya no tuviera más sitio. Para mí fue como caer en un hoyo, perder todo lo que tenía, lo que me había definido. Por eso comencé a sentirme sola entre todos los discípulos y personas que rodeaban y acompañaban a Jesús. Además de todo esto, me vinieron dudas sobre si estaba en el lugar correcto, si pertenecía a los discípulos, si ese era realmente mi lugar. Muchas veces me escapaba de nuestro campamento por la noche para estar sola, con mi dolor y mis dudas que no entendía. Yo me sentaba sola en el desierto y lloraba. Le pedía ayuda a Dios, tal como Jesús nos enseñó. Nosotros teníamos que aprender a hablar con nuestro Padre, y así lo hice. Una y otra vez, en la noche. Yo le pedí que me ayudara realmente a soltar a Jesús y a verle como un hermano.

Una noche, mientras estaba sentada en una gran roca en una colina, escuché que alguien me había seguido. Me levanté, me di la vuelta y, para mi asombro, vi a Jeschu caminando hacia mí. «Date la vuelta.», me dijo. Me volví y se acercó. A un paso de mí, se detuvo detrás de mí. No dijimos nada durante un tiempo. Estábamos de pie, mirábamos hacia la noche y sentía una unidad con Él y con todo lo que nos rodeaba. Me sentía uno con la noche, las estrellas, los árboles y los arbustos y el suelo en el que nos encontrábamos. Me sentía guardada y elevada al mismo tiempo. ¡Nunca antes había experimentado una sensación tan profunda! Era imposible que Él no lo sintiera también. Me volví hacia él y di un paso hacia Él. «¿Por qué viniste?», le pregunté. «Para ayudarte», dijo Él en voz baja. «¿Qué debo hacer?», yo trataba desesperadamente de encontrar una respuesta en Sus ojos. «¡Tienes que soltarme, Miriam!», dijo Él con una mirada decidida. «Me duele mucho.», mis ojos se llenaron de lágrimas. «Lo sé», dijo Él y yo me quedé en silencio. «¡Te dolerá mucho más si no lo haces!» Sus ojos se pusieron vidriosos ante estas palabras. Me sostuvo la mirada y vi que Él también estaba soltando algo. Sin decir una palabra, levantó Su mano y sostuvo Su palma abierta a la altura de mis ojos. Instintivamente levanté mi mano y quise ponerla en la suya. Justo antes de que nuestras manos se tocaran, dijo: «¡No me toques!» Nos quedamos allí sin decir una palabra, nuestras manos tan cerca que podíamos sentir el calor del otro. La sensación íntima de unidad se mezclaba con melancolía. En ese momento en el que todo lo que nos rodeaba parecía fundirse con nosotros se me secó la garganta y sentí una pesadez cerca de mí. Jesús retiró su mano, me miró profundamente a los ojos, se dio la vuelta y se marchó. Fue un encuentro que cambió para siempre mi relación con Jeschu. Sin decir una palabra me había dejado participar en su lucha y me había ayudado a soltarle, a no quererle más para mí. Yo me convertí en Su discípula y Él en mi Maestro.

Fue un viaje largo e intenso el que quedó tras este encuentro. Después de haberlo soltado como hombre y aceptado completamente como Maestro, me convertí en Su compañera. Yo estaba confiada y prometida con Él, sin querer ni esperar nada de Él. Yo le había dejado libre, y para mi asombro, esto también me hizo libre. Me sentía emancipada e independiente a su lado, algo distinto de las otras mujeres de Galilea. Era una unidad que no hacia reclamo de posesión ni exigencias de otro tipo. Eso fue posible porque aprendí a no estar fijada en Él y a no esperar nada de Él, sino a dar a todos lo que yo misma esperaba. El que se me permitiera poder moverme de forma tan independiente como mujer, eso era como un milagro para mí. No era común en nuestra sociedad, pero como yo sabía que muchas mujeres sufrían por su posición social, empecé a enseñarles lo que había aprendido con Jesús. Yo enseñé a las mujeres que somos seres libres de Dios y que Él es nuestro Padre, que nos ama por encima de todo, que se preocupa por nosotras y que nosotras somos libres con Él. Y les hablé de mi reconocimiento más importante: El sentimiento de emancipación e independencia no estaba determinado por las circunstancias externas, sino que siempre tenemos la oportunidad en nuestro interior de llevar una vida auto determinada. Cuanto más entendía y ponía en práctica esto, tanto más segura me sentía en la relación con mis hermanos y las personas que encontrábamos. Yo experimenté el significado de los sermones de Jesús en mí misma y conocí la increíble transformación que era posible gracias a ellos. ¡Todo cambiaba, si, realmente todo!

Pero no les gustaba a todos ese desarrollo; cuanto más progresaba, tanto más difícil me resultaba entre los discípulos. Sentían que yo había entendido algo a lo que ellos no tenían acceso y no les gustaba mi creciente seguridad. Le pidieron a Jesús que me pusiera límites como mujer, que ocupara mi puesto entre las mujeres y que no me entrometiera entre los discípulos. Cuanto más vehementemente le exigían esto, tanto más hacía Jesús de mí Su compañera. Él me mantuvo a Su lado, me dio una zona de protección y me permitió enseñar a las mujeres.

Al comienzo

 

«Recordaba bien los días que pasamos en Nazaret justo antes de ir a Jerusalén. En esos días todo cambió. La felicidad, el sentirse seguro y protegido, se veían ensombrecidos por la pesadez; una pesadez que nunca iba a desaparecer.»