José de Arimatea

Al comienzo, 31.03.2021

Tres hombres vinieron a ver a María unas semanas antes de la Pascua para hablar sobre su hijo. «Te informo que yo soy un discípulo secreto de tu hijo. Le he escuchado hablar varias veces y le conocí personalmente.», explicó el hombre que se había presentado como José de Arimatea, «Sus palabras y discursos están llenos de gran sabiduría, sus puntos de vista son revolucionarios. Creo que él es un nuevo profeta y que no habla por sí mismo. Me encuentro de camino hacia Jerusalén, soy miembro del consejo supremo y celebraré y conmemoraré la Pascua con mis hermanos de creencia.» María escuchó las palabras y sintió en su interior. Ella percibió la sinceridad del hombre, lo que la relajó y la hizo estar abierta para el visitante. José de Arimatea quería saber varias cosas sobre Jesús, quería conocer a su padre y a su madre, quería comprender de dónde venía y de dónde había sacado su sabiduría. Él no pudo ocultar su decepción cuando escuchó que el padre de Jesús, cuyo nombre también era José, ya había fallecido. En aquel entonces las mujeres no eran valoradas, sus palabras no tenían peso, no eran escuchadas ni tampoco tomadas en serio en el mundo de los hombres. Debido a eso el escriba José de Arimatea quiso despedirse pronto y partir hacia Jerusalén. Pero María le ofreció un lugar para dormir en la casa de al lado y debido a que oscurecía, aceptó con gusto esa oferta.

Por la mañana temprano María estaba ocupada en la cocina preparando una comida para los tres invitados. Su invitado, que no había encontrado descanso, se paseaba visiblemente inquieto de un lado a otro en el pequeño patio del atrio. Al cabo de un tiempo se dirigió a la cocina. María estaba encendiendo el fuego para poner una olla a calentar.

José estaba sorprendido con esta mujer, pues ella no mostraba sumisión, ni tampoco reverencia hacia él, el escriba erudito que pertenecía al sanedrín y estaba acostumbrado a ser reverenciado como persona de buena familia y al servicio de Dios. No podía acostumbrarse a que esta mujer no le rindiera homenaje por su estatus, eso le molestaba, para él era un misterio y no sabía cómo debía interpretar a María. Ella saludó inclinando la cabeza en forma amistosa, pero muy seria y le puso delante algo de beber. La naturalidad con la que María acogió al huésped en su casa creó un puente sutil hacia José de Arimatea, ya que ahora él quería saber más sobre Jesús y así comenzó a hacer preguntas a María. Quería saber más sobre los antepasados de Jesús, su lugar de nacimiento y su modo de pensar. ¿De dónde venía su sabiduría? ¿Cómo podía saber tanto sobre las escrituras, ver trasfondos y contextos, y predicar sobre ellos? ¿De dónde obtuvo la legitimación para hablar de Dios como un Padre amoroso? ¿De dónde obtuvo la claridad con la que él hablaba y enseñaba? Hacía muchas preguntas y obtuvo muchas respuestas, y sin embargo, estas no fueron suficiente para José, el escriba que deseaba saber más. María también se reservaba muchas cosas. Ella no quería convencer, ni tampoco impedir su camino hacia el conocimiento. Así que se mantenía reservada, tratando solo de responder las preguntas que le hacía José. «¿Quién es él, Madre María, quién es él?», preguntó José de Arimatea. Ella respondió: «Él es el hijo del carpintero José. Y sin embargo, los servidores del templo le espían. El consejo supremo trabaja contra él, le atacan con todos los medios, ¿Por qué? Yo te pregunto a ti, como uno de ellos, como miembro del consejo supremo, ¿Por qué lucháis contra él, sí solo es el hijo de un carpintero?» José dijo: «Yo formo parte de ese consejo, sí. Yo voy a hablar en su favor y reconocerán que él no está en contra de ellos ni contra Dios.» María vio la bondad del escriba José, pero también vio la debilidad, la falta de valor para defender lo que percibía y sentía en sí mismo. Estaba profundamente inseguro acerca de Jesús de Nazaret. María vio también como él se adaptaba, vio que no se atrevía a seguir su propio camino ni siquiera a contradecir a nadie, ella vio su miedo a dejar de pertenecer, a ser excluido del ambiente en el que se movía. Ella reconoció la buena voluntad, vio que su invitado estaba impresionado por Jesús, en su interior se alegraba por ese apoyo inesperado dentro del consejo supremo. José de Arimatea también habló de un tal Nicodemo, un hermano de fe y amigo, que como José, también pertenecía al sanedrín y estaba impresionado por las palabras y enseñanzas de Jesús. Una débil esperanza sobre la posibilidad de la influencia de los dos amigos de Jesús en el consejo supremo germinó en el corazón de María. María y José de Arimatea se despidieron como viejos conocidos, como buenos amigos.

María observaba a su invitado y sus dos compañeros mientras se alejaban en dirección a Jerusalén. En pocas semanas tendría lugar la Pascua, en la que su pueblo celebra el Éxodo de Egipto, la liberación del cautiverio y de la esclavitud. María empezó a reconocer una nueva forma de esclavitud. Ella veía el miedo y la limitación en el cumplimiento de la ley, en las prescripciones y reglas con las que vivía su pueblo y que ella siempre había cuestionado. Ella suspiró pesadamente al ver esa limitación y estrechez que se había mostrado y manifestado a través de su invitado.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»