Isabel

Al comienzo, 27.03.2021

«Tenemos visita, María.», fue Ada, la vecina, la que anunció eso en la casa. En aquel tiempo la gente iba a pie, los humildes con burros, los comerciantes con camellos y los soldados a caballo. María salió expectante y vio a Isabel, la madre de Juan el bautista. Al principio no podía creerlo, pero frente a ella se encontraba realmente Isabel, que ya estaba entrada en años. Bajó del carro, que normalmente se usaba para transportar mercancías, y un momento después se abrazaban llorando. «Ven, entremos en la casa.» Las dos mujeres se habían visto por última vez hacía cuatro años en una boda. María miraba su cara con desvelo. Sabía que una gran preocupación debía haber impulsado a Isabel a emprender ese arduo viaje.

Ada ofreció a Isabel una bebida fresca con limón y un paño para limpiarse el polvo de la cara y de las manos. Isabel le dijo a María que los soldados del palacio habían detenido y encarcelado a su hijo Juan. «Estoy muy preocupada por él. Tú sabes que él es impulsivo. Cuando ve injusticia y abuso, nada le detiene. Él denunció públicamente a Herodes y su estilo de vida. También acusó de seducción y de pecado a Herodia, la esposa del hermano de Herodes, a quien Herodes ahora había tomado como su esposa. Decir la verdad sobre las autoridades no era tolerado. Aquellos que lo hacían eran rápidamente encarcelados y silenciados. María, yo puedo sentirlo, ¡Juan corre un gran peligro! ¡Yo lo siento, sí, lo sé!» María escuchaba la desesperación y el miedo de su prima, y no podía consolarla con nada. «Lo siento Isabel, Jesús no está aquí. Pero descansa primero, tu acompañanta también encontrará un lugar en la casa de José donde podrá relajarse.» Así las invitó María y las dos mujeres pronto se acostaron para descansar.

Después de una noche inquieta en la que ambas mujeres no pudieron conciliar el sueño, conversaron de nuevo sobre la situación. ¿Qué se podía hacer? ¿Qué podían hacer ellas? Así hablaron sobre su encuentro cuando ambas mujeres estaban embarazadas, también sobre la tarea y el destino de sus hijos. Isabel había deseado que Juan y Jesús se hubieran hecho amigos. Sabía que los dos tenían mucho más en común que el mero parentesco. Era algo especial, así lo sentía Isabel. Juan era un luchador por la justicia que ponía en primer lugar la ley, pero para Jesús era la misericordia y el amor. La calma y la serenidad de Jesús habrían proporcionado un buen equilibrio a su hijo, pero Juan no quería unirse al tranquilo y sensato Jesús. Juan era un hombre de acción y para él, Jesús tenía muy poco espíritu de lucha. Y por consiguiente no se cumplió ese deseo y el hijo de Isabel siguió solo en su camino. Una y otra vez Juan, que también era llamado el bautista, denunciaba todo lo pecaminoso, la santidad aparente y lo hipócrita, y no se andaba con rodeos a la hora de señalar transgresiones de la ley. Exhortaba a las personas para que se arrepintieran y llevaran una vida para agradar a Dios. Él era la voz en el desierto.

María propuso a Isabel quedarse con ella siempre que lo deseara, si eso le era de ayuda. Unos días después vinieron dos discípulos, Bartolomé y Simón el zelote. Habían sido enviados por Jesús para anunciar, predicar y proclamar la buena nueva del amor de Dios. Uno de ellos explicaba: «Hace unas semanas un amigo de Juan se acercó a Jesús con la pregunta: ‹Jesús, ¿Eres Tú el enviado de Dios? ¿Eres Tú el que tenía que venir, el prometido? ¿Eres Tú el Mesías? Juan ha sido encarcelado y ahora él te pregunta a ti. ¡Él tiene que saber eso!› Jesús reflexionó por un momento sobre la pregunta, luego dijo: ‹Id a él y decid a Juan: Los ciegos ven, los sordos oyen, los enfermos se levantan, toman sus muletas y camillas bajo el brazo y siguen su camino. Los muertos cobran vida. Dadle a él Mi respuesta.› Él nos dio la tarea de acompañar al amigo de Juan para entregar el mensaje.

Así que fuimos con él, pero no se nos permitió ver a Juan. Un hermano soldado nos mostró un pozo por el que podíamos vocear la respuesta de Jesús. Y lo hicimos exactamente tal como Jesús nos había dicho. Luego seguimos adelante para llevar a la gente la buena nueva sobre el amor de Dios. Pero hace unos días recibimos la noticia de que habían matado a Juan. Había sido decapitado.» Al oír esas palabras, Isabel rompió a llorar. Bartolomé rebuscó en su bolsa y sacó un paquete de tela. Mientras lo desenvolvía dijo: «Esto nos fue dado como prueba de que Juan había sido decapitado.» Isabel miró conmocionada la túnica manchada de sangre, algo que ella le había enviado como pequeño signo de vida, como un saludo de amor de madre para su hijo. Ella tomó la túnica, la apretó contra su corazón, el dolor era tremendo. La premonición que había tenido últimamente, que no la dejaba tranquila, ahora se había convertido en amarga verdad. En el recuerdo veía Isabel a su hijo Juan, que por su amor a la verdad había perdido la cabeza en la batalla. Ella aceptó en sí la injusticia, el dolor de madre y la ira de su hijo, quien, antes de que la espada le golpeara, había levantado el puño con firmeza para defender la ley y los mandamientos. Isabel lo pasó mal con la historia de su hijo, ella enterró sus verdaderas emociones. Solo unos pocos, muy pocos las vieron. Sus emociones eran demasiado abrumadoras cuando no conseguía controlarlas. Ella aprendió a mantenerlas bajo control, aprendió a hacerlo durante muchas vidas. Se distanció de las emociones para no tener que experimentarlas más. La concepción y el nacimiento de su hijo Juan habían sido extraordinarios, al igual que su agonía y su muerte ahora. La cercanía de María la ayudó durante ese momento difícil. La fe y la confianza de María la fortalecieron y la animaron, pero no pudieron curar ese dolor. Algo que le impregnó el vestido del alma como una gran injusticia, como una gran pregunta sobre el significado del sufrimiento, y como una gran decepción. Esa lucha con Dios acompañó a Isabel hasta el momento de su propia muerte, pues eran cosas que ella no pudo comprender. Ella preguntaba sobre el sentido, pero no obtuvo ninguna respuesta.

Sin embargo, ahora en vuestro tiempo será posible para la humanidad recibir respuesta a estas preguntas fundamentales de la fe.

 

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»