Santiago

Al comienzo, 17.03.2021

Santiago buscaba la cercanía de María, quería saber por qué María y Jesús estaban tan serios, por qué María parecía de alguna manera deprimida. Jesús se había marchado con sus amigos y de nuevo estaba la casa más tranquila, pero quedaba una extraña pesadez. Santiago se sentó junto a María. «María, ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ya no hay alegría en ti? ¿Qué ha pasado?» María mantiene la cabeza gacha, ella está pelando la vaina de las judías. «¡Lo quiero saber ahora, lo tengo que saber, de lo contrario yo no lo puedo soportar más!» «El que te preocupes por mí me hace bien, Santiago, pero no quiero sobrecargarte ni agobiarte innecesariamente.» «¿Sobrecargarme con qué?» «Se trata de Jesús, de su futuro.» «¿Qué pasa con eso?» «Él no tiene.» «¿Él no tiene futuro?» María miró las judías rojas, las dejó deslizarse entre sus dedos y continuó hablando en voz baja: «Cuando Jesús fue circuncidado en el templo, conocí a un anciano sacerdote. Él miraba como hechizado a Jesús y le tendió los brazos. Dijo algo sobre una profecía que ahora se cumpliría. Estaba muy eufórico, dijo que había visto al salvador y que ahora podía morir. Yo no sabía lo que me estaba pasando, entonces puso a Jesús en sus brazos extendidos y se volvió muy lentamente en un círculo, levantó el bebé hacia el Cielo y pidió la bendición para Jesús. Cuando me lo devolvió, me miró profundamente a los ojos y dijo: Tu hijo es una promesa, pero como madre te traerá mucha pena y dolor. Ese dolor traspasará tu corazón de madre como una espada.» La voz de María tembló y falló. Después de una pausa, continuó: «Las palabras del hombre me afectaron profundamente, una y otra vez las seguía escuchando en mi interior. Traté de olvidarlas todos estos años, pero no pude. Cada vez que estaba preocupada por Jesús, las palabras del anciano sacerdote volvían a mí, se acumulaban en mí y me daban miedo.» Después de estas palabras, María se quedó en silencio por un momento y Santiago esperó. «Ahora Jesús me ha confirmado que su camino me llevará al sufrimiento y al dolor más profundos.» «¿Cómo puede ser? ¿Cómo es eso posible?» «Las escrituras se cumplirán. Tal como predijeron los profetas, así sucederá.» «¿Cómo puede ser?» «Será profundamente humillado ante todo el mundo y la mayor injusticia le sobrevendrá.» Santiago, yo estuve en el servicio del templo y se me permitió bailar para honrar a Dios, por eso me conozco muchas escrituras de memoria y esos textos encajan en Jesús.» «¿Qué encaja en Jesús?» «Santiago, Jesús es el Mesías prometido.» Santiago miró a María con incredulidad, sus pensamientos se precipitaban y al cabo de unos minutos dijo: «Eso sería completamente posible. Al menos explicaría muchas cosas y todos los detalles especiales de su vida tendrían sentido.» Santiago seguía reflexionando para tratar de aclarar la situación en sí mismo. «¡Me pondré en marcha para seguir buscando! Ahora quiero saber si eso podrá ser, y si eso puede ser posible. Necesito un tiempo para poner todo eso en orden en mí. Voy a las colinas, tengo que estar solo.» Con eso, se despidió Santiago.

Él buscaba el silencio para encontrar la paz en su interior. Nuevamente recordaba los numerosos caminos que había recorrido con su hermano. También se acordaba de la extraordinaria creatividad que vio en Jesús y que a menudo le sorprendía. Cuando trabajaba a su lado, con frecuencia se sentía abrumado. Jesús era más rápido, más atento, más preciso y más hábil de lo normal. ¡Competir con él era realmente imposible! José, su padre, lo sabía, y todos sus hijos lo sabían: Jesús era un garante de su trabajo. Pero a menudo sucedía que Jesús no aparecía en el puesto de trabajo, pues él deambulaba por las colinas y nadie sabía lo que estaba haciendo allí.

María tenía que escuchar entonces los reproches de José, de que Jesús hacía lo que quería, no se ocupaba de su familia y seguía sus propios caminos. Cuando José recibía un encargo de trabajo, Santiago a menudo escuchaba la pregunta de si Jesús ayudaría. Como que José afirmaba eso, entonces se encontraba en una situación incómoda si Jesús no aparecía. El mismo Santiago a menudo se había enojado con Jesús. En esos momentos pensaba que Jesús solo hacía lo que quería y que solo se ocupaba de sí mismo. Pero con el transcurso del tiempo, cada vez más se dio cuenta de que en el caso de Jesús se trataba de Dios, solo de Dios. Ahora en el camino hacia las colinas entendió Santiago por qué Jesús una y otra vez se retiraba en la soledad y la tranquilidad. No solo quería rezar, él quería hablar con Dios. No solo quería conversar con Dios para poder escuchar y entender las antiguas escrituras, sino que Jesús quería escuchar y percibir a Dios en sí mismo. Así como Jesús hablaba con el mundo animal y las plantas, con los elementos de la naturaleza, con el sol y las estrellas, también conversaba él con Dios. Santiago podía entender a Jesús pues a él también le encantaba pasar las noches en las colinas de Nazaret. Incomparable era el momento en que se ponía el sol y el cielo se convertía en la pintura más hermosa del atardecer. A menudo esa sensación y la atmósfera le parecían como un saludo de los Cielos. Y a veces también se imaginaba que Jesús estaba con él, junto a él, y muy cerca de él. Más que nunca Santiago profundizaba en los textos relacionados con la venida del Mesías, también le resultaba difícil de imaginar que su hermano pequeño, el hijo de María, pudiera ser el Mesías. ¡La idea le pareció atrevida, pero con eso muchas cosas tenían un sentido! La idea le parecía inaudita, pero también lógica. Santiago recordaba las lecturas de la Torá, él conocía el Libro de Moisés, pero también conocía a Isaías, Miqueas, David, Zacarías y Jeremías. Todos ellos profetizaron sobre el Salvador venidero, el Liberador e Hijo de Dios. El Mesías vendría de la casa de Jacob, de la tribu de Judá, sería descendiente del Rey David, su lugar de nacimiento sería Belén. Santiago casi no se atrevía a creerlo. Todo indicaba a su medio hermano Jesús, todo lo descrito se había cumplido en la vida de Jesús. Esas declaraciones habían sido dadas y escritas por profetas hacía muchos siglos. Él hablará a la gente en imágenes, manso y humilde en su ser interno, pero al mismo tiempo claro y sin compromisos. Jesús no temía decir la verdad.

Santiago profundizaba cada vez más en las antiguas profecías de los profetas, y cada vez más creía que su hermano Jesús en realidad debería ser idéntico al Mesías esperado. Se le había descrito como un sanador y salvador, un hombre lleno de compasión y misericordia, que aspiraba hacia la verdad y la justicia. Mucho de lo que Santiago había experimentado al lado de Jesús adquiría ahora un nuevo significado. Ahora hablaba a menudo con María, ella era la única que tomaba en serio sus reflexiones y podía entenderlas.

Después de su intenso estudio interno, el corazón de Santiago también se sentía pesado, cuando pensaba en el futuro de su hermano Jesús. Los escribas y fariseos estaban tramando algo, luchaban contra las prédicas y las obras de Jesús, y difundían falsedades sobre él. Acusaban a Jesús de blasfemia, y ya lo habían echado varias veces del templo de Jerusalén. Como hermano, le hubiera gustado llevarlo a casa, pero ahora él también sabía: Todo sucederá según la voluntad de Dios, todo, realmente todo.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»