Dolor de Madre

Al comienzo, 12.03.2021

Una noche, cuando todos dormían, María se había despertado y Jesús estaba aún despierto. Se sentaron juntos en una colina cercana y Jesús le preguntó a su madre qué era lo que la intranquilizaba, pues sentía su gran tristeza. La tristeza la envolvía, aunque nadie lo notaba, Jesús podía sentirlo. «¿Qué te pesa, madre?», preguntó él. «No sé cómo explicarlo, yo tengo miedo Jesús.», respondió María, «En mí hay un gran temor, muy grande.» Jesús guardó silencio. María lloraba y seguía hablando: «Cuando tu leíste los rollos de la Torá en el templo, ¿Lo recuerdas?» Jesús asintió, él no la miró y ella no lo miró a él. Su voz vaciló, no podía continuar, luchó por mantener la compostura. Jesús esperó hasta que ella pudo hablar de nuevo. «Yo supe entonces que no era casualidad que leyeras ese texto sin que lo hubieras elegido tú. Cuando dijiste que esas palabras ahora se cumplen en mí, los sacerdotes estaban fuera de sí, te insultaron y por primera vez tuve miedo por ti.» Jesús no dijo nada al respecto. «En aquel entonces yo hablé con José sobre ello, pero ignoró mis pensamientos y sensaciones, él no quería saber nada sobre mis miedos, y finalmente me calmé de nuevo tratando de reprimir mis sensaciones. Cuando les dijiste a los sacerdotes que esa profecía se estaba cumpliendo en ti, los servidores del templo empezaron a oponerse contra ti y contra nosotros. Durante mi servicio en el templo siempre me habían conmovido mucho las profecías sobre el Mesías que iba a venir, tal como estaba escrito en las escrituras. En el último tiempo vuelven las palabras, sí, las frases en mis pensamientos y me oprimen en mi consciencia, en mi corazón y en mi alma. Me vienen también imágenes, en ellas te veo en mis brazos con la cara ensangrentada, con el cuerpo ensangrentado. Eso me desgarra el corazón y luego no puedo soportar más ese dolor. Las palabras de Isaías me oprimen una y otra vez en mi consciencia, no consigo soltarlas. Sí, me acompañan día a día.» Jesús guardó silencio. Dibujó algo en el suelo con una rama y guardó silencio. «Jesús, yo creo, sí, yo sé que tú eres el Mesías, el Cristo. ¡Entonces la profecía de Isaías también se refiere a ti! Escucho su profecía en mí y pregunto: ¿Qué es lo que te espera? ¿Qué pasará contigo? ¿Cómo va a suceder? ¿Va a tener razón Cleofás con sus advertencias de que todos caeremos en desgracia? «Ella miraba a Jesús en busca de ayuda, esperando que la aliviara y la tranquilizara. Pero no llego eso, él se quedó callado. Ella buscó sus ojos y los encontró llenos de dolor y llenos de lágrimas.

«¿Es este tu camino?», preguntó ella dubitativa. Entonces respondió Jesús: «¿Es esta tu fe, María?» «Yo siempre me había atenido a las palabras que me trajo el ángel, en las que te describía a ti como salvador, como el salvador enviado por Dios. Me había atenido a las palabras en el templo sobre la buena nueva en las que se proclama que los presos serán liberados, los ciegos volverán a ver, y los oprimidos recibirán libertad. Pero después otras frases encontraron su camino hacia mí y me afectaron profundamente las palabras de Isaías.»

«Lo sé, María, yo lo sé. Es la profecía que se dio al pueblo de Dios y se cumplirá. Madre, igual como tú, yo he puesto las palabras de esa profecía una y otra vez en mi interior, las he llevado a Dios, nuestro Padre. Yo luché por obtener la verdad. Y llegué a la conclusión de que esa profecía se cumplirá. Yo esperaba no tener que decírtelo, pero ahora que tú me preguntas, tendré que atenerme a la verdad, pues tú deberás soportar ese gran dolor que está predicho en el texto del Mesías, para el Hijo del Hombre.»

«¿Cuándo sucederá eso?» «Espero que todavía se me dé algo de tiempo. Yo tampoco lo sé. El tiempo y el espacio sobre ese acontecimiento están cerrados para mí. Debes saber, yo he profundizado en cada palabra de la profecía sobre el Mesías, aunque desee girarlo como quiera, eso se cumplirá. Las palabras de los profetas se cumplirán, de eso estoy yo profundamente convencido.» «¡Pero eso no puede ser, Jesús! ¿No hay otro camino? ¿No tiene Dios todas las opciones?» «La humanidad, el pueblo de Dios tiene su libre albedrío.» «Pero Dios se encuentra por encima de ese libre albedrío, sería fácil para Él dirigir las situaciones a tu favor.» «Esto le quitaría el libre albedrío a la humanidad.» «Dios también intervino con Abraham.» «Ahí se trataba de otra cosa María, se trataba de la obediencia a Dios.» «¿De qué se trata ahora?» «¡Mucho más, se trata de todo!» «¿Qué viene después de la injusticia, después del dolor y después de la decepción?» «También hay muchas profecías sobre esto, y se cumplirán plenamente.» «¿Cómo puedes actuar tú, cuando ya no existes? ¿Cómo puede elevarte Dios, elevarte por encima de todo, cuando ya no estás vivo? ¡Yo no puedo entender eso!» «María, tu corazón de madre no quiere aceptar el tener que sacrificar lo que más ama. Mira, es tu lucha por el sacrificio de Abraham. Tú me entregaste al Padre tantas veces.» «Pero ahora se trata de tu dolor, pues tú serás entregado, profanado y visto como un perdedor, según las palabras de Isaías tú lo perderás todo. ¡Tú no lo mereces! ¿Cómo puede ser, Jesús? ¿Cómo puede ser esto la voluntad del Padre?»

«¿Cómo puedo consolarte? ¿Cómo puedo quitarte tu dolor? Ven María, sigamos juntos este camino que difícilmente nos podemos imaginar y no queremos ver. Aguanta conmigo y camina conmigo, completa este camino conmigo y reza para que no me debilite y caiga, para que persevere en todo lo que todavía me espera. Recuerda esta hora nuestra, juntos, en todo lo que está por venir, ante lo peor que le podría pasar al Hijo del Hombre. Ayúdame y apóyame, y yo te ayudaré y sostendré, pues Dios, nuestro gran y bondadoso Padre, está con nosotros, todo lo bueno viene de Él.» Una gran seriedad flotaba sobre los dos, sobre la madre y el hijo, ambos sufrían más por el otro. La madre por el hijo, al que no podía ayudar, y el hijo por la madre, que no podía quitarle su dolor. Cada uno tenía su rol que lo exigía todo.

Jesús tomó las manos de su madre con ambas manos y luego comenzó a recitar partes de la profecía de Isaías. En silencio y con seriedad, como en una oración, comenzó a pronunciar las palabras de Isaías en voz baja:

 

«Se asombrarán de él, pues tiene el rostro desfigurado por el dolor. Él no tiene esplendor ni prestigio. Ha sido golpeado y humillado delante de todos, abandonado por todo el mundo y ya nadie quiere conocerlo ni ser su amigo. Él es un hombre de los dolores y está familiarizado con el sufrimiento. Es despreciado por la gente y abandonado por sus amigos. La gente no lo consideraba en nada, pero él cargó con nuestras malas acciones.

Él cargó con nuestras debilidades y pecados, pero nosotros pensamos que había sido golpeado por Dios. Herido por nuestros pecados y aplastado por nuestras malas acciones, y nosotros lo consideramos golpeado y humillado por Dios. Él cargó con el castigo en favor de nuestra paz. Sobre él recayeron las cicatrices de la tortura que nos traerían la sanación.

Él fue maltratado, pero se inclinó y no abrió la boca. Como un cordero fue llevado al matadero, igual como el cordero que enmudece ante sus trasquiladores. Él permaneció en silencio y no abrió la boca.

Se le sacó de la tierra del miedo y de la tierra del tiempo, alejado de los seres humanos y de su juicio.

Habrá dolor, pues él será sacado de la tierra de los vivientes. Le dispusieron una tumba con los impíos, aunque él no tenía culpa ni reproche, pero un hombre rico lo acogió en su sepulcro.

Asombrará a muchas naciones; los reyes callarán sobre él, pues verán lo que no se les había contado. Ellos reconocerán y percibirán lo que sucedió.

Él será elevado por Dios. Él será elevado y estará muy alto en los Cielos. Pero, ¿Quién creyó la profecía? ¿A quién fue revelado el Plan del Señor?»

 

Las palabras de las escrituras les tocaron a ambos profundamente en el corazón. En ellos surgieron imágenes. María volvió a ver el rostro ensangrentado de su hijo y ahora también vio que en sus brazos se encontraba su hijo muerto. María lloraba, su corazón se estremecía, su alma gemía en la infinita tristeza y dolor de esas palabras que se habían convertido en imágenes y le resultaban insoportables. Jesús se vio a sí mismo caer por primera vez en el camino de la cruz, se vio a sí mismo agotado al límite de sus fuerzas, vio su cuerpo golpeado, lleno de sangre y heridas, vio a su madre María parada al lado del camino, un dolor inmenso le golpeó al ver esa imagen. Muchas lágrimas corrían por sus rostros y a ambos se les destrozaba su corazón. Y nosotros, los ángeles, estábamos ahí sin poder ayudarles. ¡No había consuelo, ninguna esperanza, ninguna salida para esas dos personas! Se les había mostrado toda la dimensión de su camino. Estaban conmovidos y afectados por esa comprensión interna. Nosotros los ángeles sufrimos con ellos, pues fueron las insuficiencias humanas las que prepararon de esa forma el libre albedrío de los que tenían la supremacía y aún la tienen hoy. Nosotros hicimos todo lo posible para facilitarles las cosas, pero tampoco pudimos hacer nada, realmente nada. Una nube oscura y pesada pendía sobre madre e hijo. Era la certeza de que aún les esperaba un camino difícil.

«¿Jesús, es este realmente el camino?» «¡Ese es mi camino, María, es mi camino!» «¿Lo entiendes, comprendes tú el Plan de nuestro Padre, nuestro Dios?» «No podemos entenderlo, solo podemos creer y confiar.» «¿Hemos seguido alguna vez nuestros propios caminos? ¿No ha sido Dios siempre nuestra meta más alta, todo nuestro esfuerzo?» «Sí, madre, tú me enseñaste esto a mí de manera muy especial y me lo mostraste una y otra vez. Y tú hiciste bien con ello. Tu fe fuerte hizo posible al principio la mía.» María no podía asimilar las palabras de su hijo. «Jesús, ¿adónde nos ha llevado esta fe? ¿Qué he hecho yo?»

«Tú hiciste lo mejor que pudiste. Es mucho más de lo que piensas, es mucho más importante de lo que te puedes imaginar.» «Jesús, en mí todo se derrumba, lo que creo, lo que espero, lo que vivo. ¿Por qué este camino, por qué esta vergüenza, una y otra vez? Yo pensaba que ahora lo habíamos logrado, y tú habías llegado a tu misión, ¿Y ahora debemos sufrir de nuevo?» «Lo sé, madre, lo sé.» «¿Nunca es suficiente?» Nadie podía ahorrarle a María ese camino, nadie podía consolarla ni animarla. «¿Cómo puede Dios permitir esto? ¿Cómo puede ser esa la voluntad de Dios? ¿Una vida, llena de privación y penuria, y ahora tienes que morir, morir como la coronación de todos los males, despreciado, humillado y abandonado por todos?» Jesús guardó silencio y volvió a dibujar sobre la arena. «Yo me pregunto, te pregunto: ¿Ha servido esto de algo? ¿Valió la pena? ¿Era esa mi vida y la tuya? Yo pensaba que llevarías al pueblo de Dios hacia su realización y cumplimiento, creía en eso. Y ahora debes marcharte, dejar tu tarea, sí, serás entregado a las fuerzas del mal, ¿Cómo es posible eso?» «María, yo conozco tu desesperación, tu dolor, tus preguntas a Dios. Yo también he caminado por este profundo valle de la desesperación. Yo también tuve que enfrentar ese camino de dolor, pregunté desesperadamente por el significado, me entregué por completo a mi Dios, luché hasta poder decir: „Padre, hágase Tu voluntad. En tus manos entrego mi espíritu.“ Yo practico eso sin cesar, esforzándome por recorrer este camino con dignidad interna. María, esa gran sobrecarga que tienes forma parte del estar encarnado como ser humano. Quien no lo permite y no lo enfrente no podrá encontrar la verdadera vida.» De nuevo todo quedó en silencio. Jesús volvió a dibujar en la arena, luego miró a su madre y dijo: «Y si es la voluntad de Dios, seguiré este camino hasta el fin, tal como fue profetizado. Mi ser humano no puede captar la dimensión, pero mi alma y mi espíritu la intuyen. Mi voluntad y mi espíritu están en Dios, ayudarán a mi persona a recorrer este camino con dignidad y en honor a mi nobleza interna, a mi origen espiritual. Tal como tú ya sabías en tu interior. Va a ser un camino difícil fuera de lo común y va a suceder algo grave. Tú le preguntaste al ángel Gabriel en aquel entonces: ¿Cómo será, sufrirá mi hijo o será envidiado? ¿Cómo va a ser? En la pregunta ya se puede ver el presentimiento que tú intuiste al principio.»

Las palabras lentas y reflexivas, las explicaciones de Jesús fueron como un bálsamo para el corazón dolorido de madre, que era una madre de los dolores y lo sería todavía más. «María, yo puedo ver un poco en el futuro, se trata de mucho más que esta vida en el planeta Tierra, ¡Se trata de mucho más! Ahora tú piensas como una madre de este mundo, pero representas a la madre del mundo de Dios, a la madre que sabe: ¡Se trata de mucho más! Las imágenes de la profecía también me dan miedo, yo rezo y lucho por conseguir la fortaleza de creencia y la fuerza de fe, yo lucho para poder llevar a cabo lo que está en el Plan de Dios y lo que nos hemos propuesto hacer.»

María sabía que su hijo tenía razón, pero la madre humana en ella se estaba muriendo. Todo, todo es un gran proceso doloroso, un gran rendimiento que apenas ha sido ni es percibido por la humanidad, pero que cambia mundos y puede hacer posible lo imposible. Después de unos momentos de silencio, en los que madre e hijo rezaban, María se percató entonces del amanecer que daba un encanto a todo el Cielo y le pareció como un saludo del Padre. Una palabra se formó en su interior: Esperanza roja. Anunciaba el nuevo día, un día en el que todo había cambiado, en el que los presentimientos y los miedos cobraban rostro convirtiéndose en amargos conocimientos y en realidad.

Cuando María se levantó, se sentía como varios años envejecida. Una pesadez interna la llenaba. No podía escapar de ella, no podía oponerse a ella, solo dolía, dolía infinitamente. No había nada más que decir, nada más que preguntar, solo tenía que ser asumido, enfrentar con dignidad lo que se les había encomendado. Después de un intenso y largo abrazo con su hijo, al que le acarició el cabello, se sintió como la hija de su hijo. Luego volvieron a la casa caminando uno al lado del otro sin palabras. María empezó a trabajar en la cocina y permaneció con las imágenes a las que se suponía que tenía que acostumbrarse. Conmovidos y orientados hacia el interior, madre e hijo permanecieron en una gran seriedad que todos notaron. Algo había cambiado, pero ninguno de los acompañantes podía entender lo que había sucedido.

Jesús y sus amigos se quedaron unos días más en la casa de María. Jesús los condujo a algunos de sus lugares, en los que a menudo se había retirado para poder escuchar a Dios en sí mismo. Él les contaba cómo fue conducido en la tentación por las fuerzas contrarias y les explicó que con frecuencia tenía que luchar contra su espíritu antagonista durante días para poder seguir de nuevo la voluntad de Dios en sí mismo.

Sabed vosotros, los seres humanos del Segundo y Tercer Tiempo, todo se puede leer fácilmente en vuestros escritos, pero solo aquel que pueda ver ciertos trasfondos y relaciones, comprenderá toda la historia de la familia de Dios. Pues de esa familia, de ese clan y de ese séquito, fue conducido el pueblo de Dios hacia el Segundo Tiempo, en el seguimiento de Jesús de Nazaret, el hombre de Galilea, que obraba milagros porque la gente todavía necesitaba muchos milagros para poder creer. Sí, Él sanó a enfermos, liberó a poseídos y leprosos, y les enseñaba sin cesar. Él respondía a sus preguntas, que fueron resumidas en vuestros escritos del Sermón de la Montaña. Fueron escuchadas, anotadas y predicadas, pero no entendidas. Solo se pudieron poner en práctica y vivir al final del Segundo Tiempo. Ha llegado este tiempo, 2021, y de nuevo son aquellos, los que también dieron estos primeros pasos con Él en el Primer Tiempo y en el Segundo Tiempo. Ellos han alcanzado ahora el grado de madurez del alma en el que se puede comprender la Enseñanza de la Victoria. Y así pudo Cristo alcanzar sus corazones y estar en medio de ellos, pues se había conseguido el nivel de vibración necesario para ello.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»