En la casa de María

Al comienzo, 07.03.2021

«Madre», María escuchó la voz de su hijo que había estado ausente durante tanto tiempo cuando estaba de camino con sus amigos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se giró hacia él. «¡Tú estás aquí! ¡Qué lindo, tú estás aquí!» ¡Todas las preocupaciones por su hijo fueron borradas, las imágenes, los sueños que la habían inquietado, el alivio fue enorme! Jesús había vuelto, todo estaba bien. Él estaba de vuelta, él estaba en casa. Cuántas horas de miedo la habían atormentado, con qué frecuencia se debatía entre las emociones de la madre que se preocupaba, que le hubiera gustado estar más cerca de su hijo, pero que al mismo tiempo creía y sabía que su hijo tenía que cumplir una misión importante en el Plan que Dios, sin saber cuál era esa misión. Con qué frecuencia le había echado de menos, cuántas veces había esperado que volviera a casa. Ella anhelaba mucho a su hijo, en especial cuando murió José. Pero también ella sabía que tenía que dejarle libre y no debía retenerle con sus expectativas. Por eso ella no se quejaba, ni le quería sobrecargar con sus pensamientos pesados. Ella llevaba en su interior su preocupación y su dolor. Ella apoyaba a su hijo con pensamientos de fortaleza y trabajaba una y otra vez los propios miedos, pues sus miedos se le aparecían repetidamente en forma de imágenes. Ella solo encontraba tranquilidad cuando entregaba a su hijo con todos sus temores a Dios, el Padre, en la oración, y lo conseguía con las palabras: «Padre, que se haga Tu voluntad, que se haga Tu voluntad en todo.» Un camino doloroso, un camino pedregoso, un camino solitario por el cual ella caminaba en su interior.

Jesús y María se sentaron juntos, conversando y escuchándose mutuamente. Santiago se unió a ellos mientras Jesús les contaba cómo le estaba yendo en su misión. Informaba sobre la fe y la incredulidad de la gente, cuantos milagros eran necesarios para que le prestaran atención, le escucharan, le creyeran, pues todavía se encontraban en sus antiguos conceptos y llenos de miedo. También les contó sobre sus amigos que lo acompañaban, sobre las grandes exigencias que tenían que afrontar todos sin excepción. Jesús les estaba mostrando su camino interno. Él explicaba que frecuentemente se sentía decepcionado con el comportamiento, las limitaciones y la falta de comprensión de sus amigos, y como tenía que practicar él la paciencia. Al mismo tiempo también eran alumnos afanosos de aprender que absorbían con gratitud todo lo que él les enseñaba. María sabía que Jesús no podía compartir su propio camino interno con sus amigos. Eso habría traído inseguridad en sus acompañantes. Ellos no podían ver lo que realmente significaba ese camino para él. Ellos veían los milagros, sentían en su interior cómo despertaba en ellos una nueva esperanza, una gran confianza y algo completamente nuevo, algo que todavía no conocían en esta forma. María conocía esas sensaciones, las mismas en las que se encontraba su hijo, las mismas que él aprendió a llevar, y así aprendió a cargar con las limitaciones de los seres humanos, que no podían captar en qué Espíritu se encontraba y enseñaba Jesús.

María y Santiago conocían a algunos de sus amigos. Los habían conocido en Betania, pero no conocían a las mujeres que iban con Jesús. Jesús les habló de Miriam de Magdala, quien era su confidente y podía comunicar mucho con él. La llamaba compañera y compartía con ella su lucha espiritual por la verdad y el amor divino, así como su tarea de predicador. Gracias a Miriam, Jesús aprendió a conocer la forma de pensar de las mujeres, sus necesidades, sus dependencias y sus miedos. Con ella aprendió a comprender el rol de la mujer. Pues su misión era el llevar a los seres humanos una nueva visión de la verdad, explicarles el gran Dios amoroso, mostrarles al Padre y revelarles el amor de Dios hacia sus hijos. Miriam hablaba a menudo con las mujeres presentes, traducía las palabras de Jesús para las mujeres. Con ese fin a menudo se sentaba con las mujeres, alejada de los varones y hermanos, y les enseñaba como mujer la perspectiva a la que Jesús la había conducido. Como que Miriam había crecido con hermanos, ella también conocía bien el otro lado, la forma de pensar de hermanos y varones. Eso le permitió ayudar a las mujeres a comprender mejor a sus maridos, pero también a concienciarlas de sus dependencias. Ella las enseñaba a esforzarse por su independencia en si mismas, algo que solo puede suceder en el interior.

Los amigos de Jesús descansaban bajo los olivos mientras su Señor, como ahora les gustaba llamarlo, hablaba. Ellos también conversaban juntos sobre todo lo que experimentaban con Jesús. Intentaban comprender a Jesús, ya que sus puntos de vista y sus enseñanzas eran algo nuevo para ellos. Lo que Jesús les enseñaba ponía patas arriba todo lo que hasta ahora había sido válido y lo que habían acogido de sus antepasados. Con cada milagro que presenciaban aumentaba cada vez más su respeto y reverencia por Jesús. Le admiraban, pero a menudo, con demasiada frecuencia, no le entendían. Unas veces se sentían totalmente aceptados por él y otras veces sucedía lo contrario. Su enseñanza a menudo estaba basada en su insuficiencia y eso no era fácil de soportar. Su mundo estaba dividido entre bueno y malo, correcto y falso. La enseñanza de Jesús de Nazaret era una perspectiva nueva y diferente que quería ayudarles a ver más y a llegar más lejos. Sus palabras y ejemplos a menudo les reflejaban sus propias debilidades, sus propios límites y limitaciones. Todavía se encontraban en sus antiguos valores de justicia y rectitud, y las palabras de Jesús a menudo cuestionaban eso. Miriam también hacia una y otra vez preguntas incómodas a los hermanos con respecto a su verdad, sobre su imagen de mujer, sobre el amor y la misericordia que deberían estar por encima de toda ley. Si los hermanos se dirigían indignados hacia Jesús para que les diera la razón, entonces sucedía con frecuencia lo contrario, ya que él defendía a Miriam y la apoyaba en su conocimiento. No entendían la trascendencia ni el significado de lo que representaba Miriam. Ella representaba a las mujeres, ella representaba el cristianismo interno, algo que las mujeres y las madres en particular deberían y deben hacer florecer. Estas situaciones llevaron repetidamente a rivalidades y a celos en el grupo de los seguidores y dificultaron la vida a Miriam y también a Jesús. Pero estas situaciones fortalecieron a todos en su interior, en su fe y en su creencia, pues les unía una y otra vez en el vínculo de la unidad y del amor hacia Jesús.

Cuando Miriam conoció a María, ella se sintió enseguida totalmente aceptada. Era como si desde siempre se hubieran conocido y ahora se encontraban de nuevo. Miriam reconoció esta sensación, que también la tuvo con Jesús. Al principio pensaba que era una atracción hacia un hombre, pero ahora que conoció a María, ella sintió lo mismo, una sensación fuerte e inexplicable de unidad.

Sin embargo, estos encuentros eran mucho más: Son los encuentros que se planificaron en el Cielo para cumplir la tarea en el servicio de Dios, para reunir a la familia de Dios en la Tierra, para conducir al pueblo de Dios hacia su determinación y propósito. Son los encuentros de los que deberían y deberán liderar el ascenso de los seres del alma; de aquellos que han aceptado como tarea ante el trono de Dios, el retorno hacia Hogar y la conducción de vuelta al Hogar en el Espíritu de Dios.

Comprended vosotros, los lectores que leéis estas líneas, oh entended: La familia de Dios se encuentra en la unidad espiritual de unos con otros, al igual que el pueblo de Dios. Los parentescos del alma en vuestro tiempo actual son en su mayoría lazos kármicos que deberían llevarse hacia la disolución. El Tiempo del Espíritu en el que la humanidad acaba de entrar, hará que estas diferencias sean más comprensibles, pues es el progreso interno en el que se amplía la consciencia y crece el conocimiento.

María amasaba la masa para el pan plano, Miriam y las otras mujeres cortaban verduras que cocinaron con mijo. Todos se sentían muy bien en la cocina de María y las mujeres preguntaban a María sobre la infancia de Jesús. María contaba y las mujeres se alegraban por todo lo que podían escuchar sobre Jesús. En especial Miriam buscaba la cercanía de la madre de Jesús, ella quería saber más sobre Jesús. ¿Cómo se convierte uno en eso? ¿Por qué él es así? Miriam reconoció rápidamente que había una relación especial entre Jesús y María, y eso la hizo ser aún más curiosa. «¿Cómo y dónde nació Jesús?» «Esa es una larga historia.» «¡Por favor, compártela con nosotros!», pidieron las mujeres jóvenes, que para María eran como hijas.

Durante los preparativos para la comida entró entusiasmada una chica de 14 años, una joven extremadamente atrevida: «¿Dónde está él, dónde está Jesús?» Emocionada, abrazó a María y giró en torno a ella: «Madre María, ¿Dónde está él?» La chica no tenía ojos para las personas ajenas que ayudaban en la cocina. Quería ir a Jesús, solo a Jesús. Riéndose de la alegría inocente, María respondió: «Está en el jardín, junto a los olivos.» Y luego la chica se fue de nuevo. «¿Quién es esa?» «Esta es nuestra Lea, la hija de nuestra vecina Ada. Su madre y Lea a veces me ayudan con las tareas domésticas, a cocinar y hornear. Lea ama a Jesús sobre todas las cosas y ya estaba convencida de niña de que algún día se casaría con Jesús.» Las mujeres sonrieron. María contó cómo Jesús curó a Ada, la madre de Lea, cuando estuvo a punto de morir después de haberse roto la pierna y tener gangrena avanzada. Jesús la sanó y le salvó la vida, y con ello también ayudó a los dos hijos. Ambos sentían timidez hacia Jesús, pero Lea la superó y cuando era pequeña se acurrucaba en su regazo.

«Todo el que quiera saber algo al respecto, nos reuniremos bajo los árboles en el olivar después de la comida.», dijo María mientras comían juntas, refiriéndose a la historia del nacimiento de Jesús, sobre la que las mujeres a toda costa querían saber más. Cuando todas las personas interesadas se habían reunido en el huerto de los olivos, Lea y Ada también se encontraban en el grupo que escuchaba y así María les contó por primera vez la historia desde mi anunciación, la del ángel Gabriel, hasta el nacimiento de Jesús. Incluso Jesús no lo sabía todo. Él no conocía las dificultades, la vergüenza y la deshonra por las que habían pasado María y José. Él conocía la promesa del ángel y mis palabras, las que yo, Gabriel, había anunciado. Él sabía sobre la estrella que brillaba en el Cielo y sobre los pastores y los tres sabios que les habían buscado después de su nacimiento. Sin embargo, a través de la narración de su madre, pudo comprender aún mejor su inusual historia y encajar los detalles extraordinarios de su nacimiento en una totalidad. Era como un gran arco en el que todo se concluía y se cerraba en un círculo.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»