El hijo de Dios

Al comienzo, 27.02.2021

Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.

Cuando Jesús recorría las aldeas y enseñaba a las multitudes, predicaba una nueva forma de pensar, enseñaba una visión diferente de las cosas, María recibió visitas frecuentes de su cuñado Cleofás, el hermano de José. Él le contaba a ella lo que la gente decía sobre Jesús y se quejaba de que Jesús estaba desacreditando a toda su familia. La hacía sentir culpable y la rogaba que hiciera entrar en razón a Jesús, pues traía intranquilidad a la gente, también enfurecía a los sacerdotes y al consejo supremo, y creaba un estado de ánimo en contra de ellos. María no compartía estas sensaciones, pero Cleofás no se rendía. Y así finalmente ella accedió a ir a ver a Jesús para hablar con él. Sobre todo Cleofás quería hablar con él, ya que estaba molesto e indignado por Jesús, pues ya desde la primera infancia no había querido atenerse a las reglas dadas por el judaísmo y a menudo estorbaba en las reuniones de los varones con sus ideas y puntos de vista, no dejándose influir por nada. Eso era así, incluso en el templo. Jesús contradecía a los fariseos, escribas y sacerdotes. ¡Cleofás no podía entender cómo su sobrino podía presumir cuestionando las enseñanzas de los antepasados! Ni cómo podía él plantear nuevas tesis que nunca habían sido probadas en la vida ni tenían una legitimación, y cómo podía denunciar las tradiciones antiguas calificándolas como desfasadas. Por un lado, Cleofás estaba molesto por todo esto, por otro lado estaba avergonzado del hijo de su hermano José, con qué arrogancia ese joven iba al templo y enseñaba, como si hubiera sido llamado para ello, pues Jesús era únicamente el hijo de su hermano, de un carpintero.

También le habían llamado con frecuencia la atención en el tiempo en el que José todavía vivía. Le habían rogado que enseñara a Jesús a respetar la creencia de los antepasados. Después de la muerte de José, el descontento de los sacerdotes recayó sobre su hermano Cleofás. Ahora también se le marginaba y castigaba con el desprecio. Él no aceptaba ni aprobaba esas prédicas ni los puntos de vista de Jesús, pues seguía fiel a la creencia de los antepasados y estaba tan enojado con Jesús como sus hermanos de creencia en el templo. Él se enfadaba también con María, ya que dejaba que su hijo se saliera con la suya, le perdonaba todo y no le ponía límites. Cleofás pensó que en lugar de su difunto hermano José, él era el que tenía que responsabilizarse de llevar a Jesús de regreso al camino correcto. Así, sucedió que María, acompañada de Santiago, el hijo menor de José, y de Cleofás, su cuñado, se dispusieron para buscar a Jesús y hablar con él.

Estuvieron buscándole varios días y cuando le encontraron había tantas personas con Jesús que no pudieron comunicarse con él. Cleofás buscó a uno de sus amigos y le pidió que dijera a Jesús que a su madre le gustaría verlo. Cuando le llevaron esa noticia a Jesús, dejó de hablar y miró a la multitud. Buscó con sus ojos a su madre. La multitud siguió su mirada y finalmente todos los ojos estaban puestos en María, su madre. La gente le cedió el paso a ella y se formó un callejón. María se dirigió a Jesús y se acercó a él. Sus miradas se unieron y María percibió sus palabras antes de que él las pronunciara.

Ella no encontró a su hijo en ese encuentro, sino que vio al Enviado, ella vio al Maestro, al Redentor, lo vio en medio del pueblo, en su destino y en la profecía que yo, Gabriel, le había dado antes de la concepción. Y ella supo al instante, sin la menor duda, que él había nacido para eso. María supo que había llegado a su misión y no importaba lo que la gente pensara y dijera. Ante ella se encontraba el Mesías, el Mesías prometido, sobre el que anunciaban los escritos de sus antepasados y al que el pueblo de Dios había esperado tanto tiempo. ÉL era el Salvador de su pueblo, el que habían anunciado los profetas. Este conocimiento conmovió a la madre como madre, y este conocimiento conmovió al ser espiritual en la madre en el conocimiento de la dimensión espiritual. Y cuando Jesús acogió la mirada de María en sí mismo, prosiguió: «¿Quién es mi madre? ¿Quién es mi hermano? ¿Quién es mi hermana? ¿Quién es mi familia?» Después de una breve pausa continuó: «¿No son aquellos que hacen la Voluntad de Dios, nuestro Padre?» María sabía más que nunca que era el Hijo de Dios, el que así hablaba, no era el hijo de una madre de este tiempo, sino que era el Hijo del Padre, del Dios vivo. Y en su corazón le dijo a Jesús: «Sí, Tú ya no eres más mi hijo. Tú eres el Hijo de tu Padre, de nuestro Padre, eres el Anunciado, el Redentor y el Salvador, tal como el ángel me lo anunció. Padre, Padre mío, gran, buen Dios, sí yo te entrego a él, mi hijo, de vuelta a ti. Que se haga solo Tu voluntad.» Ahora ella podía comprender: No se trataba de la familia externa, se trata de la interna, de la Familia de Dios.

A partir de ahora María llamó conscientemente a Jesús «Señor». Jesús lo permitió, pues él conocía el camino que ella había seguido, él conocía el sacrificio que ella hacía una y otra vez para ayudarle a él y a su misión. Solo María sabía cuándo se sentía o actuaba como madre y supo distinguir bien entre la vida personal y la impersonal. Si tenía emociones personales, las reprimía para no dificultar el camino a su hijo. Ella no le exigía nada, pues aprendió a soltarle por completo. Con eso ella le apoyaba y fortalecía, más de lo que sabía y más de lo que podía comprender.

En ese gran sacrificio, en ese profundo comprender en ese día, madre e hijo se sumergieron por un momento en su vínculo de unidad interna. Ese breve encuentro fue una gran plenitud para ambos, una especie de «dolor de benevolencia». El dolor de la madre y la alegría del ser espiritual en la madre, el dolor del hijo por el dolor de la madre y la alegría del ser espiritual, todo eso lo percibían ambos en su interior.

María se giró para marcharse. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No fueron solo lágrimas de dolor, sino también eran lágrimas de alegría del ser espiritual que se encontraba en ella. Sin embargo, los presentes solo vieron las lágrimas de una madre herida.

Así es. Cada uno acoge solo lo que él puede comprender. María inclinó su cabeza, totalmente plena de la dimensión en la que se le había permitido ver, se apartó de Jesús y caminó entre la multitud. Una fortaleza interna la acompañada. Ella había comprendido todo, no se necesitaban más palabras. Todo estaba bien.

Santiago también lo había entendido, sin necesidad de más palabras. Él acompañó a María de regreso por el callejón que se les abrió de nuevo cuando quisieron dejar a Jesús y sus amigos. Pero entonces Cleofás se interpuso en su camino: «¡Qué insolencia! ¿Tu hijo te ha negado ante todo el mundo y tú no dices nada al respecto? ¡Siempre lo dije! Muchas veces advertí a José para que no adoptara a un hijo del pecado. ¡Estoy seguro de que es el hijo de un sacerdote! ¡Definitivamente un hijo del pecado! ¿Cómo se atreve a dar tales discursos? ¿Cómo se atreve a hacerte quedar en ridículo y herirte a ti, su madre? ¡María, ahora no puedes irte! ¡Tú tienes que hacerle entrar en razón!» «Apártate del camino Cleofás», dijo Santiago, «déjalo así, todo está bien». «¡Nada esta bien, yo no dejo nada! ¿Has perdido tu también la cabeza ahora, Santiago? ¿No ves las lágrimas de su madre?» «¡Basta, Cleofás, es suficiente!», ahora Santiago se volvió más determinante. «¡Tú no tienes ni idea! ¡Vosotros no tenéis ni idea! ¿Tenéis los ojos tapados con vendas? ¡Yo te digo Santiago, él traerá desgracia para todos! Entonces, ¿Ha conseguido manipularos con sus fantasías?» Santiago quería pasar de largo a Cleofás, empujó a su tío a un lado, pero él no se rindió, sino que habló de nuevo, incluso más fuerte, para llamar la atención con sus palabras a los que le rodeaban. Agarró a María del brazo reteniéndola para que nuevamente tuviera que pararse: «María, estoy lleno de preocupación por tu salvación, yo hablo también en nombre de José. ¡Por el amor de Dios, volveos finalmente sensatos!» Ahora María miró con tristeza a su cuñado. Y a continuación dijo decididamente: «Cleofás, no te preocupes por mí, más bien preocúpate por ti y por la salvación de tu alma! Yo sé que a menudo hablaste a José con la lengua bífida. Por favor, deja de convencerte a ti mismo de que nos querías proteger, ¡Protégete mejor a ti mismo! ¡Yo conozco tu verdad y esa no es la mía! Solo te importa tu prestigio, tu buena reputación, que según tu opinión he manchado y que ahora peligra de nuevo a través de mi hijo. Debes saber, yo veo los negocios que haces con los saduceos en el templo y eso te permite conseguir una buena posición. No importa lo que tú siempre pienses, así debes saber: ¡Tu arrogancia es inapropiada, lo mismo que tu ignorancia, pues tu preocupación por mí es una simple mentira hipócrita! De una vez por todas: Yo soy responsable de mi vida y de todo lo relacionado con ella, ante mí, ante mi conciencia y ante el trono de Dios. Y yo no le temo. ¡Esto te lo deseo a ti también, Cleofás, te lo deseo con todo mi corazón!»

Cleofás nunca antes había visto a María así. Sorprendido por la claridad de María, Cleofás se hizo a un lado como si estuviera aturdido. Santiago tampoco había escuchado nunca a María hablar con tanta claridad y sin concesiones. A él le gustó pues ahora ella mostraba su fortaleza, algo que le impresionó. Él se alegraba de que ella no hubiera rehuido el ataque de su tío ni se sometiera a él. Ya antes con José frecuentemente había tenido ella que defender su actitud, pues él estaba profundamente arraigado en la creencia de sus antepasados y no siempre podía entender y aprobar la actitud de María. Santiago también recordó las largas conversaciones en las que María explicaba a su esposo, que lo que puede desarrollarse en libertad es mucho más valioso que lo que restringe la libertad a través de reglas. A Santiago le vinieron muchos más recuerdos a la mente. Recordó las numerosas situaciones de su infancia. Recordó cuántos pensamientos nuevos le habían conmovido de su pequeño hermanastro, cómo abrazaba los árboles, cómo hablaba con las flores, cómo le preguntaba al viento por qué estaba enojado cuando se convertía en una tormenta. También recordó que parecía como si Jesús tuviera poderes especiales. Una vez cuando volvían a casa de noche desde las colinas se encontraron con una manada de hienas. Les rodearon y se iban acercando cada vez más por todos lados. Se encontraban en una trampa. Jesús comenzó a hablarles como lo hacía con la muchedumbre.

Él les dijo que no deberían perseguirlos, cazarlos ni amenazarlos, pues ellos tampoco lo hacían. No deberían atacar a la gente, sino quedarse con los de su propia especie. Luego hizo una especie de señal de alto con sus manos, giró muy lentamente en círculo para que todas las hienas pudieran ver esa señal. Y como por arte de magia los animales se tendieron en el suelo, se durmieron o se marcharon. Ellos pudieron caminar entre los animales sin ningún problema, pues parecía que ya no podían percibirlos ni verlos. Cuando Santiago le preguntó: «¿Qué es lo que ha sucedido?», Jesús respondió: «Son animales fieros. Surgieron de lo que irradian los seres humanos, pues acogen en sí la agresividad de los hombres.» «¿Cómo los pudiste dominar? ¿Cómo lo has hecho?» «Con respeto, misericordia y amor.» «¿No tuviste miedo?» «Sí, lo tuve, pero entonces vi cómo llevaban los programas de los seres humanos que se mostraban en ellos con su aspecto feroz. Entonces tuve compasión y les dije: «Vosotros no sois malos, simplemente estáis descarriados.» «¿Y te creyeron?» «Eso parece», dijo Jesús riendo y se fueron a casa.

Ahora Santiago veía también en todos los recuerdos de la infancia más de lo que hasta ahora se había hecho consciente y más de lo que hasta ahora había visto. Un nuevo presentimiento le lleno en su interior, un presentimiento que no conocía, pero con ello veía mucho más que antes: Jesús era diferente, Jesús era misterioso y a menudo era una sobreexigencia para todos ellos.

Cleofás ya no volvió a visitar más a María ni a su familia después de ese encuentro. Debido a las palabras de María, que para él habían sido una gran insolencia, se puso totalmente en su contra. La hacía quedar mal y difundía mentiras sobre la madre del Nazareno. Con ello volvió a ser amigo del templo y recibió sus favores. Él decidió estar de su parte y así era uno de ellos. Además los sacerdotes esperaban a través de Cleofás poder escuchar las novedades sobre el predicador rebelde. Esto hizo que difundiera aún más falsedades y rumores sobre Jesús.

En especial uno de los sacerdotes obtenía muchas informaciones por parte de Cleofás, era Zerah, un saduceo. Observaba a Jesús, veía su valentía, encontraba verdades en sus alocuciones, pero él no quería esas verdades. En todas partes veía el peligro de que los rebeldes buscaran la innovación y predicaran la renovación. Zerah tenía a sus informantes en todos lados, recogía información allí donde podía y cómo surgía. Sin embargo, él mismo permanecía en un segundo plano, a menudo actuando y negociando al amparo de la oscuridad.  Una cosa estaba clara para Zerah: ¡Ese Jesús con sus prédicas era peligroso! Lo consideraba un oponente serio, pues veía su poder con el que curaba, veía cómo las masas acogían sus palabras, veía y escuchaba cómo los confrontaba con nuevos pensamientos y cuestionaba las reglas de los sacerdotes. Si no se frenaba a ese Jesús, entonces continuaría de esa forma convirtiéndose en un peligro para la credibilidad y la continuidad de la existencia del consejo supremo. El consejo supremo tenía espías en todas partes que escuchaban las enseñanzas de Jesús, modificaban sus palabras tratando de resaltar lo que estaba mal ante sus ojos para así poder denunciar a Jesús. Zerah difundía falsedades sobre Jesús al no contarlo todo, pues solo explicaba a otros los sermones de Jesús en fragmentos seleccionados, que sacados de contexto, le daban un significado totalmente distinto. También fingía tener interés, era un maestro en traer incertidumbre y confusión a las situaciones con solo unas pocas palabras y así presentar la verdad como algo falso.

Al comienzo

 

«Yo, Gabriel, explico, amplío y profundizo los acontecimientos de aquel entonces y los acontecimientos de la actualidad y muestro el camino hacia el futuro. Yo hablo en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, del Espíritu Santo y en el nombre de la Madre María.»