Culpa de Herodes

Al comienzo, 25.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

«¡José, José empaca tus cosas! ¡Tenéis que marcharos de Belén, corréis un gran peligro!», así escuchó José la voz en su interior, medio despierto, medio dormido. Fue mi voz, que ya la conocía. A continuación despertó a María, enseguida se levantaron para empacarlo todo. María quería despedirse de Salomé la bondadosa, pero José le pidió que se diera prisa pues no había tiempo que perder. Y así José y María con el niño recién nacido abandonaron la gruta en la que habían vivido tantas cosas difíciles y maravillosas.

Los tres sabios se encontraban en el camino de vuelta a sus países, interiorizados y plenos con lo experimentado. Sin embargo, querían ver a Herodes, tal como habían prometido, para contarle sobre su encuentro. Yo, Gabriel y sus ángeles de la guarda intentábamos darles impulsos. Queríamos transmitirles que no debían ir a ver a Herodes. Pero no lo conseguíamos, ya que parecían no poder escucharnos. Cada vez se acercaban más y más a Jerusalén. Los primeros soldados vigilantes de la ciudad ya los habían visto. Cuando de pronto, Baltasar tropezó con una raíz y tuvieron que hacer una pausa para curar el pie con pomada de hierbas. Actué intensamente en él y le transmití la sensación de que no fueran a Jerusalén, ni al palacio. Y finalmente pudo acoger en sí este mensaje y dijo: «Creo que no deberíamos ir al palacio. ¡Tengo un presentimiento muy malo cuando pienso en ello! ¿Qué sucederá si Herodes no fue sincero?» Los tres sabios intentaron juntos, sentir en sí mismos, y llegaron a la conclusión de que sería mejor no volver al palacio ni tampoco ir a Jerusalén.

Los vigilantes de la corte ya habían informado a Herodes que pronto llegarían los tres reyes, y así los esperó con impaciencia. Pero pasaban las horas y no llegaban al palacio. Herodes estaba muy enojado y sentía eso como insolencia. ¿Cómo podían hacerle esperar a él? ¿Quién era él? Se irritaba y se enfurecía cada vez más, hasta que al final reconoció que los tres reyes no vendrían al palacio para informarle.

Herodes envió a sus soldados a buscar a los reyes, tal como él los llamaba. ¡Pero nadie en Jerusalén los había visto, nadie había oído hablar de ellos! Herodes el poderoso envió a sus soldados a las aldeas vecinas. Ellos tendrían que averiguar dónde se había visto a los sabios y dónde habían estado. A los habitantes de las aldeas ya les habían llamado la atención los sabios con sus camellos, y así los soldados llevaron al rey la noticia de que habían sido vistos por última vez en Belén. En ese momento comenzó de nuevo un intenso interrogatorio: ¿Quién había visto qué y dónde? Algunos sabían que los camellos habían acampado en las afueras del pueblo. Se habían sorprendido por ello, pero por otro lado sucedía con frecuencia que caravanas de camellos pasaran cerca del el pueblo. Con estas informaciones, los soldados de Herodes fueron al palacio e informaron a su rey sobre lo que habían descubierto.

¡Herodes estaba furioso, totalmente fuera de sí! Además sus soldados no sabían nada en concreto, nadie sabía nada sobre un rey recién nacido, solo existía un rumor sobre un niño que nació en las cuevas cercanas a Belén.

Herodes había tomado en serio las interpretaciones de los sabios. Consultó a sus consejeros y astrólogos que también habían visto la estrella, pues habían sentido que tenía un significado especial y que podría haber indicado el nacimiento de un nuevo rey. Herodes estaba acostumbrado a que se obedecieran sus órdenes y su voluntad. El hecho de que los reyes no se atrevieran a informarle queriendo mantener en secreto su supuesto descubrimiento, le enfureció aún más, incluso le hizo impredecible.

Herodes, furioso de rabia, dio la orden de matar a todos los niños recién nacidos y a los niños de hasta dos años en Belén. ¡Al oficial que tuvo que tomar esta orden le afectó eso como un golpe! Él mismo acababa de ser padre, también vivía en Belén y tenía su primogénito. ¿Cómo podía llevar a cabo esa orden cruel? ¡No lo consiguió! Se negó a obedecer a su rey. El oficial fue declarado culpable de traición ante a todos y rápidamente fue decapitado en el acto. Los soldados no deben tener conciencia, solo deben cumplir lo que se les ordena y ser leales a su rey. Esta insubordinación avivó aún más la exaltación y la ira de Herodes. Nada le podía detener.

Así comenzó el capítulo lamentable en el que Herodes dio la orden de matar a niños inocentes por temor a que un nuevo rey pudiera disputarle el trono, los títulos, el honor y el poder suyo y el de su clan. Este asesinato infantil pasó a la historia. El sufrimiento, la pena inconmensurable de las madres se gravó en sus almas y muchas todavía no están curadas. Ellas llevan el sufrimiento en el alma, el recuerdo de una crueldad sin igual.