El camino de los astrólogos

Al comienzo, 24.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

Tres astrólogos, tres sabios, que seguían un signo celestial extraordinario, una estrella con cola que se elevaba en el cielo y podía verse en la noche. Los tres sabios astrólogos de Oriente sabían que cuando pudiera verse esa estrella, esa particular constelación de estrellas, entonces vendría a la Tierra un especial liberador y salvador. Ellos tenían la promesa y la leyeron en las estrellas: Un salvador y libertador, un rey; ¡Él liberará al pueblo de Israel! También otros pueblos y naciones reconocerían a este rey y le seguirían. Los tres sabios querían buscar a ese rey y rendirle homenaje, por eso seguían a la estrella. No sabían lo que les esperaba, solo conocían la promesa. En Jerusalén solicitaron hablar con el rey. Le comunicaron sus conocimientos y le preguntaron si sabía algo al respecto. Herodes se mostró interesado asegurándoles que se alegraría y que también respetaría y rendiría homenaje al nuevo rey. Él deseaba ser informado, si encontraban a este Rey de Reyes. Eso lo prometieron los tres sabios, los astrólogos, y se pusieron en camino. Así observaron que la estrella irradiaba más intensamente, brillaba más y se detenía sobre una aldea. Pero, ¿A dónde deberían dirigirse, quién les mostraría el camino?

Sucedió que un grupo de pastores les invitó a compartir con ellos su modesta comida y a calentarse junto al fuego, incluso les ofrecieron cuidar de los camellos, y así poder estar juntos una noche con ellos. Los pastores aguzaron el oído cuando en las conversaciones contaron que estaban buscando a un nuevo rey que nacería o que ya había nacido en la zona. Josué indagó preguntando para asegurarse de que tenían buenas intenciones, y cuando estuvo seguro de eso, les contó a los tres viajeros sobre el ángel que había anunciado ese rey a los pastores. Los pastores hablaron de esa noche especial que habían vivido y Jonás confirmó a los astrólogos que había tenido lugar un gran acontecimiento cósmico. El niño sería como hombre el largamente anhelado Rey de reyes, liberador y redentor, todo en uno.

Ahora supieron los hombres del extranjero, que pronto habrían llegado a la meta. Y así entraron en el establo con el niño en el pesebre. En silencio y con gran respeto, rindieron homenaje al gran Rey de todos los reyes como niño en un pequeño recién nacido, que yacía en un pesebre. Creyeron en la promesa de las estrellas y honraron al niño del pesebre como futuro rey y señor. Los tres hombres sabios inclinaron las rodillas y la cabeza con humildad y devoción, y entregaron a la joven madre los regalos que habían traído.

Incienso para elevación; mirra para sanación; oro como estima y agradecimiento; y eso lo colocaron a los pies de María. María supo por una visión que los tres sabios eran más que sabios, pues ella los reconoció en su ser espiritual, en el que querían saludar en la Tierra a su hermano de Dios. Eran los portadores del orden, de la voluntad y de la verdad, que habían preparado el camino en muchas vidas para el Salvador y Rey de reyes, Príncipe de Paz y ahora se les permitía saludarle apropiadamente en Su llegada a la Tierra.

José se asombró al ver a los camellos y los sirvientes acampados frente a la gruta, y se apresuró para ver qué estaba pasando. Inmediatamente pensó en peligro, pero en la imagen que se le mostraba, vio que no había peligro. Vio la reverencia de la gente noble, con la que se sentía raro y no sabía bien cómo comportarse. Su modestia no se lo permitía. Tampoco quería aceptar regalos, pues prefería cuidar él mismo de su familia, era una cuestión de honor para él. Miró desvalido a María, ella no tenía problemas, pues se encontraba de nuevo en esa transfiguración que tantas veces había experimentado a su lado. Muy cerca y a su vez muy lejos. Sintió que no debería molestar. No sabía lo que estaba sucediendo en ese momento, miraba tal como lo hace un espectador. Cuando se tranquilizó, primero notó la atmósfera especial en la que se encontraban todos, y luego vio a María en la habitación con cuatro seres espirituales, parecían sellar algo. José no podía creer lo que veía; era como si una imagen se situara por encima de la realidad en la gruta. En la primera realidad se encontraban María y el niño Jesús en su regazo, y los sabios con vestiduras sencillas, pero preciosas, que se arrodillaban ante el pesebre. En la segunda realidad vio a cuatro seres espirituales y a María juntos como seres de luz, no materiales, como transparentes y, sin embargo, muy reales. «¿Qué fue eso?», preguntó José. Se secó los ojos y eso fue el final de la visión. Sin embargo, la imagen, el recuerdo de esa imagen permaneció vivo en él. Se le había regalado una visión. Por unos momentos pudo ver en el mundo del alma y del espíritu, la segunda y la tercera realidad, que tienen lugar simultáneamente y que siempre están presentes.