La bondadosa Salome

Al comienzo, 23.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

María irradiaba algo nuevo, pues había encontrado la plenitud del ser madre. Estaba silenciosa y retraída, tratando de captar lo que estaba sucediendo en lo invisible en la gruta. No estaban solos, se sentían envueltos en una especie de alabanza de gratificación que llenaba la gruta. Era palpable, no era visible y, sin embargo, era evidente. María conocía esa sensación, ese intuir y sentir internos, que nada tenían que ver con la realidad externa.

Cuando José dijo que quería ir a Belén a buscar comida, María no entendió cómo en esos momentos podía pensar en comida. Ella le miró con asombro. Él ya conocía eso, pero siempre dejaba a José indefenso. Y no entendía por qué estaba tan asombrada, pero sentía que ella se encontraba internamente muy lejos, como envuelta en otra realidad. En esos momentos él no sabía qué hacer. ¿Debería esperar? ¿O retraerse? De alguna manera sintió que la estaba molestando o llevando de nuevo hacia las banalidades de la vida material. La relación entre María y José estaba dificultada por la edad de José, pues con frecuencia daba él más importancia a ciertas reglas que a sus sensaciones y su conciencia. María tenía un corazón atento, escuchaba lo no se hablaba, también percibía en lo profundo de los acontecimientos que estaban sucediendo, reflexionaba sobre el trasfondo y guardaba eso en su corazón.

Ambos escucharon que alguien se acercaba y miraron sorprendidos hacia la entrada de la gruta de rocas. María envolvió a su hijo con el manto y lo escondió debajo. «Buenos días», dijo la voz que habían reconocido la noche anterior como su salvación, la mujer que se había compadecido de ellos mostrándoles este lugar. Cargada de mantas y paños, agua fresca, una gran canasta con pan, leche, miel, nueces, dátiles e higos, puso sus regalos a los pies de María. «¡Tienes que comer algo, pues el nacimiento te ha tomado mucha energía!» María la sonrió, puso el manto a un lado y mostró su hijo a la mujer que tanto les había ayudado. La mujer se sentó junto a ella en la paja. En ese momento el recién nacido comenzó a moverse alegremente, cobrando vida como si quisiera contar y decir algo. Las lágrimas asomaron de los ojos de la mujer. Los tres miraban al pequeño bebe que irradiaba tanta alegría y amor. «Niños pequeños son siempre un regalo, un saludo celestial, un milagro, pero en ese niño había un encanto especial.», pensó Salomé y sintió una gran alegría de poder ayudar a ese niño y a la joven madre. Ella les proporcionaba todo lo que necesitaban y se alegraba especialmente de poder estar cerca del niño. Ayudaba a la joven madre y intuyendo algo especial que rodeaba esa relación madre-hijo. Al llegar a la gruta se sintió como elevada y plena, algo especial, como si ella hubiera estado esperando para poder ayudar a esa mujer y a ese niño. Así que llevó todo lo que pudo a la gruta, de modo que a María le resultó difícil aceptar su generosidad. Pero ella también reconoció: Todo eso eran las ayudas de Dios que se les permitía experimentar a través de otras personas. Entonces rezó ella por Salomé, rogó por ella y agradeció a Dios por la ayuda que les había enviado.