Gabriel y los pastores

Al comienzo, 22.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

Fue una noche fría. Los pastores apacentaban sus ovejas y cabras en las cercanías. Hablaban juntos sentados alrededor del fuego que les calentaba. Uno dijo: «¿Qué pasa esta noche? ¡Algo flota en el aire, yo me siento completamente despierto!» Otros pastores hablaban también de un extraño malestar en su interior, se levantaron preocupados y fueron a ver si en el rebaño todo estaba bien. Al volver al fuego que les calentaba, uno de los mayores dijo: «Los animales están excepcionalmente tranquilos. Están más juntos de lo habitual. ¡Algo flota en el aire, yo también puedo sentirlo!» Los pastores pusieron más leña al fuego y trataban de adivinar qué podía ser, pues no comprendían lo que sentían, ni lo que tenía de especial esa noche.

«¿Habéis visto esa estrella?», preguntó el más joven a su grupo, señalando al Cielo. «¿Qué tipo de estrella es esa? ¡Nunca había visto una cosa así!», gritó el más joven, mirando emocionado al cielo. Todos observaban fascinados el Cielo y vieron la estrella que parecía hacerse cada vez más y más grande, pues tenía una cola que cada vez brillaba más intensamente, y sin embargo estaba incluida en el firmamento estrellado. Todos estaban maravillados y conmovidos por algo que no conocían, que no podían explicar, pero que todos sentían. Algo cósmico y sagrado estaba sucediendo, ellos sentían el elevado acontecimiento sin poder captarlo. Los pastores mayores rezaban y elevaban sus almas, y los pastores más jóvenes sentían una veneración que no conocían. ¿Qué estaba sucediendo en esa noche?

Ahora se me permitió a mí, Gabriel, aparecerme ante ellos, en la luz de la estrella, que se volvía cada vez más brillante y más grande. «¡Mirad la estrella, mirad la estrella, mirad la luz!, se hace cada vez más grande y más brillante!», gritó uno de los pastores. Sí, todos la veían. La estrella se estaba preparando para captar y acoger mi mensaje:

«Escuchad, oh escuchad pastores, y no temáis,
¡El Hijo de Dios ha venido al mundo!
Se cumple una parte del Plan de Salvación
en esta noche santa y silenciosa!
El buen pastor nació en un establo.
Un niño yace en la cuna, pobre y desnudo,
pero sabed, ese niño será un gran rey.
Él redimirá a toda la humanidad
de lo malo y de todo mal.

Escuchad, oh escuchad pastores, no temáis,
¡El Hijo de Dios ha venido al mundo!»

Profundamente conmovidos, los pastores intentaban comprender lo que había sucedido. Los más jóvenes estaban llenos de alegría por lo que habían experimentado, aunque no podían comprenderlo. Uno pensó que eso había sido una alucinación, una ilusión de los sentidos, pero los demás le contradijeron. No, ellos no se equivocaban, la Luz había venido y se había marchado. ¡Ellos la habían experimentado realmente! Ellos repitieron lo que yo les había dicho. Entonces uno de los pastores tomó una decisión: «¡Voy a ir a buscar al niño! Quiero saber si es verdad, si el niño existe, ¡Sí, yo tengo que saberlo! ¡Yo voy a buscarlo! Los demás también desean eso.» «¿Por dónde empezamos y en qué dirección vamos?» «¿Y qué pasa con el rebaño?», preguntó Jonás, el mayor de ellos. Se miraron preocupados, los animales necesitaban su protección. Eran los animales de Belén, el lugar del pan, como también se le llamaba. No podían dejar al rebaño solo. Les habían sido confiados los animales, se suponía que debían protegerlos de depredadores y también de ladrones. «Yo me quedo aquí.», dijo Jonás, «Sin mí llegaréis más rápido a vuestro destino.»

Así quedó todo arreglado y los pastores se pusieron en camino para buscar al niño. Ellos siguieron la estrella, estaba muy cerca de ellos, parecía como si les estuviera guiando, pues se detuvo sobre una zona rocosa, en la que también había grutas para los animales. Los pastores conocían muy bien el lugar, ya que solían usar esas grutas cuando llovía y hacía frío. El más joven de ellos siguió intuitivamente sus sensaciones, y así su camino les condujo a una de las grutas. Entraron en ella emocionados. Allí encontraron a una madre, un padre y a un niño acostado en una cuna. Tal como les había anunciado el ángel en la luz. Ese fue y es mi mensaje a la humanidad en todas las épocas: «¡No temáis! ¡Acaba de nacer el Redentor y el Salvador!»

José se acercó a los hombres. Con desconfianza quiso sacarlos de la gruta, pero un leve gesto de María le mostró que no veía peligro en los recién llegados. Los pastores se acercaron en actitud profundamente reverente, impresionados ante el pesebre, ante el niño y su madre. El espectáculo tocaba sus corazones. Se sentían elevados, envueltos en amor y benevolencia. Era como un sueño y sin embargo, era una realidad. Sabían que estaba sucediendo algo muy especial, estaban profundamente conmovidos y al mismo tiempo emocionados. Fue tal como yo les había anunciado y ellos trataban de acogerlo todo en su interior. María sacó a Jesús de la cuna del pesebre y puso a su hijo en manos de los pastores, entregándolo a las manos rudas de esos hombres. Primero a uno, luego al otro y finalmente al más joven. Eran seis los pastores que habían entrado en la cueva, y María preguntó: «¿Sois todos?» Uno de ellos respondió: «No somos todos. Jonás, nuestro pastor mayor se quedó para vigilar el rebaño.» María asintió y pensó en el séptimo. Sabía que estos pastores tenían un significado más profundo. Esos siete hombres del pueblo, tenían al Salvador del mundo en sus brazos, Él tocaba a cada uno de una forma individual. Ya no fueron más los mismos cuando salieron de la gruta. Habían sido tocados, tocados por el Espíritu de Dios, por el Padre y el Hijo.

Los pastores eran hombres sencillos, no gozaban de prestigio, pero si eran valorados por quienes estaban agradecidos con el servicio que realizaban. Llevaban en sus brazos a los corderos recién nacidos, llenos de gratitud atendían y cuidaban a los corderos y a las ovejas madres. Sabían que la mayoría de los animales serían sacrificados para honrar a Dios. Para los pastores de corazón eso eran verdaderos sacrificios, pues ellos amaban a estos animales, los cuidaban y los protegían. Jonás, que se había quedado con el rebaño, reflexionaba mucho y en su corazón se sentía especialmente unido con el mensaje del ángel.

Él sabía por los escritos de sus antepasados y por las tradiciones del pueblo de Dios, que había sido prometido un Salvador, el Mesías. También sabía que sería de Belén. Sabía que nacería de una mujer muy joven. Jonás, el Pastor, trataba de profundizar sobre todo eso, pues veía que todo coincidía y encajaba. Y pudo comprender que el mensaje del ángel había anunciado precisamente ese acontecimiento. Medio despierto y, sin embargo, como somnoliento, fue envuelto en una cálida nube de luz y, en una especie de visión, veía como un niño recién nacido era depositado en sus brazos. Veía a una joven que no llegaba a los 15 años y supo que era la madre. «Él es el prometido.» Jonás lo sabía. Las lágrimas se deslizaron por su rostro. Alabó al gran Todo-Uno, se arrodilló agradeciendo por la visión que le había sido concedida. Esta percepción le conmocionó aún más que el mensaje del ángel. Sin haber estado allí, él, Jonás el Pastor, se encontraba en medio del acontecimiento de la noche silenciosa y santa.