Las luchas de José

Al comienzo, 19.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

José se despertó. Al escuchar el llanto suave de un niño recién nacido, en seguida se le hizo consciente su situación actual. La realidad de la vida exterior con sus preocupaciones y necesidades, quería obligarle a volver a la vergüenza. También escuchó algo como una voz, que llena de desprecio y burla hablaba a José: «¿Hijo de Dios? ¡Olvídalo! ¡Dios nunca permitiría eso! ¡Despierta, José, todo eso esta únicamente en tu imaginación! Te has dejado embaucar por María con un niño que no es tu hijo. No te dejes engañar con que el Espíritu Santo vino sobre ella, ¿Si? ¿Cómo? Al que crea esto, a ese ya no se le puede ayudar.» José sintió cómo esa voz le molestaba y trataba de influirle, como con un veneno de desconfianza.

Antes de estar realmente despierto, tuvo que admitir, que estaba librando una batalla invisible en sí mismo contra un enemigo poderoso. José nunca había sido tan consciente de esa lucha interna. Pensó en la historia de Jacob. Cuántas veces había escuchado esa historia, y qué poco había comprendido de ella. Pero ahora se sentía unido con Jacob, el hijo de Isaac, en la batalla, luchando contra una fuerza y un poder que no eran visibles, aunque podía percibirse cómo le atacaban.

«¡Dios mío, ayúdame!», así envió José su oración al Cielo. Se sentía tan indigno en estos pensamientos oscuros, pues una y otra vez conseguían imponerse y alcanzarle presentándole más argumentos. Él comprendió la lucha por la verdad, la lucha por una dimensión que tiene que ver con la creencia, y no con el conocimiento.

«José, ¿Puedes sostener a Jesús?» La voz de María borró las fuerzas oscuras, los pensamientos de desconfianza y José se sintió envuelto en su encanto, en su luz, en su fe y en su confianza. Eso le trajo de nuevo las palabras:

«Cree José, cree y confía en el gran Plan. ¡El Hijo de Dios ha venido al mundo!»

El Hijo de Dios yacía en sus brazos, un niño pequeño, pobre y desnudo, pero que crecería y sería un rey. Se sintió como si el ángel le hablara de nuevo y la voz desagradable ya no podía alcanzarle. Con la promesa de ayudar que él había hecho a María, también ella le había entregado su confianza. En esa mañana renovó José esa promesa ante Dios, con la súplica de que estuviera a su lado y le ayudara.