Búsqueda de albergue

Al comienzo, 13.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

Fue un gran alivio cuando, a los pocos días, llegaron a Belén exhaustos, cansados y helados. Ellos anhelaban un lugar cálido para dormir y descansar. José llamó a la puerta de un albergue. Cuando el propietario le abrió la puerta, José dijo: «Solo necesitamos un pequeño rincón, ¡Por favor acójanos!» «¿A cuántos debemos acoger todavía? ¡Deberíais haber venido antes, no tenemos más espacio, todo está lleno!», respondió el propietario con indiferencia, y cerró la puerta bruscamente.

María y José se miraron con tristeza, continuaron con el corazón apesadumbrado y José llamó a la siguiente puerta: «Por favor, estamos buscando un techo sobre nuestras cabezas.» «Buscad en otro sitio, no tenemos plazas para vosotros. ¡Marchaos!» «Oh, por favor dejadnos entrar, estamos agotados, estamos desde hace mucho tiempo de viaje.» «Aquí solo tenemos espacio para los que pueden pagar. Y eso no es posible para vosotros. No, no, ¡Tenemos que mirar también para nuestro provecho!», dijo el segundo tabernero. Y de nuevo se cerró la puerta de golpe retumbando.

José vio cómo María bajaba la mirada hacia el niño por nacer, cómo ponía sus manos tierna y protectoramente alrededor de su cuerpo, como si al hacerlo pudiera ahorrar al niño lo que el mundo les hacía pasar a ellos. El corazón de José latía pesado, el corazón de María latía acelerado. Sus siguientes pasos se volvieron pesados al dirigirse de camino hacia el tercer albergue.

«Por favor ayúdenos, estamos buscando un techo sobre nuestras cabezas. Mi esposa no se encuentra bien, está agotada y ya no puede más.» El tercer tabernero que abrió la puerta, miró indeciso e inseguro a José, que estaba ante él suplicando. Luego miró a la joven, que volvió a poner las manos protectoras sobre su cuerpo y sentía que su hijo estaba a punto de nacer.

La mirada insegura del tercer tabernero vagó de un lado a otro entre los dos, luego la tabernera se acercó, empujando a su esposo enérgicamente a un lado, y gritó indignada: «¡Sí, sí, exhausta, y además embarazada! ¡No, no esto no nos lo podemos permitir! Nos podría traer problemas, ¡Solo nos faltaría eso! No, no aquí con nosotros no podéis. ¡Dejadnos en paz!»

«¡Ayúdenos, por favor, no sabemos a dónde ir!», dijo José una vez más con urgencia. Pero la tabernera no tuvo piedad: «No, no tenemos plazas. Es posible que ella tenga a su hijo, ¡No queremos tener nada que ver con eso! ¡Marchaos y seguid adelante!»

Afectados por la dureza, ambos luchaban por mantener la compostura y María dijo: «Oh José, ¿Por qué es la gente dura y sin compasión? ¿Por qué son tan faltos de misericordia? ¿Qué podemos hacer ahora? José, yo ya no puedo más, pues siento que el niño quiere venir al mundo.»

Desesperado, José abrazó a su joven esposa y rezó en su corazón: «¡Dios, gran Dios, ayúdanos! ¡Por favor, ayúdanos!»

Con corazón apesadumbrado, entristecido y afectado, siguieron los dos caminando sin saber a dónde ir. Las calles de Belén se habían vuelto silenciosas. Ellos estaban solos. Una pareja solitaria en una calle desierta en la oscuridad de la noche, rezando en su interior.