María y José en camino

Al comienzo, 11.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

José se encontraba bajo la obligación, el derecho, las órdenes y la ley del emperador Augusto. Había tratado de posponer esa orden para esperar a que naciera el niño. Pero los soldados le instaron a que partiera y cumpliera con su obligación, y empacó sus cosas para obedecer a eso.

María también empacó sus cosas. «¿Qué estás haciendo María?» «Iré contigo José, no puedo estar así sin ti. Yo te acompañaré.» Ninguno de los argumentos que presentó José consiguieron que ella cambiara de opinión. Cuando finalmente insistió firmemente en ir con él, entonces José dejó de intentar disuadirla del viaje. Una parte de él lo veía con gran preocupación, la otra parte se alegraba de que ella quisiera estar con él y acompañarle. Para facilitar el viaje, José cargó todo sobre un burro que solía ayudarle en su trabajo como carpintero. El burro llevaría el equipaje necesario y también podría llevar a María si el viaje se volvía demasiado agotador para ella.

En pocas horas estuvieron listos: José había entregado la casa y el trabajo a sus hijos y se despidieron. La despedida conmovió sobre todo a Jacobo. Para él era como si se marcharan para un viaje muy largo. A pesar de ello, se calmó en sus pensamientos: «Todo estará bien, son solo unos días de caminata», pero María se encontraba poco antes de dar a luz. No podrían avanzar tan rápido. Preocupado por María, vio cómo abandonaban su hogar y se ponían en camino para viajar hacia Belén. José y María estaban acostumbrados a las largas caminatas, pero la dificultad era el estado de María. Necesitaron más tiempo y no podían avanzar tan rápido. La mirada preocupada de José buscaba con frecuencia a María para saber si todo estaba en orden. Ella no se quejaba, le sonreía cuando él buscaba el contacto visual. Su camino fue agotador. Les conducía por las montañas, por el desierto y por las aldeas de Palestina. Los dos se tomaron su tiempo y disfrutaron de esos momentos juntos, que nunca antes habían tenido. Ellos conversaban, se animaban mutuamente, recordaban al ángel y las palabras que les había dicho, siguiendo fieles a ellas, se alegraban juntos, rezaban juntos, guardaban silencio juntos y seguían juntos por el camino. Se alojaban en grutas, establos o en posadas para viajeros, en los que también se preparaba comida.