Prueba para José

Al comienzo, 09.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

José era un carpintero muy apreciado, pero con frecuencia tenía que buscar trabajo en zonas más alejadas, ya que sus hermanos de creencia también le rechazaban. Pues ante sus ojos había caído en desgracia por haber traicionado las enseñanzas de Abraham y haberse contaminado con una mujer deshonrosa. No podía explicar a nadie lo que él mismo no comprendía bien, a nadie, ni siquiera a sus hijos. A veces hacían comentarios groseros sobre él y su joven esposa, que lastimaban mucho a Jose. Ciertamente no tenía en mente cosas deshonrosas, pero llegó a conocer el juzgar de la gente, que era duro y cruel. José reflexionaba sobre todo lo que había experimentado y comparaba su situación con la palabra de los sumos sacerdotes. Reconocia la dureza de la ley en la que vivían ellos, el pueblo de Dios. Esa ley decía: Ojo por ojo, diente por diente. Devuelve lo mismo que te hagan. Castiga a los que no guardan los mandamientos. Él se preguntaba: «¿Qué es lo correcto? ¿Qué está mal? ¿Quién tiene razón? ¿Quién está equivocado?» A los ojos de sus estrictos compañeros de creencia, él estaba equivocado, y no había nada que pudiera hacer al respecto ni contra eso. Pero la situación hizo que José cambiara. Se volvió más parco de palabras y a veces se podía sentir en sus palabras la decepción, la traición del hermano y la vulnerabilidad a la que se le conducía. No cambió nada en su actitud el apoyar a María y ayudarla a ella y a su hijo. Le había dado su palabra a María y la mantendría, dejando que la gente hablara y pensara lo que quisieran. La situación de prueba en la que se encontraba había fortalecido su fe.

José era un hombre devoto y fiel a Dios, en eso se mantuvo firme. Solo que ahora empezaba a creer de nuevo, a cuestionar ciertas reglas, y veía muchas cosas con nuevos ojos. A él le gustaba escuchar a María, pues ella era misericordiosa con la gente, disculpaba su comportamiento, y si la rechazaban y marginaban, ella permanecía amable y benevolente. Su comportamiento era absolutamente misericordioso. Incluso cuando estaba herida, lo cargaba con dignidad, sin decir nada al respecto. Pero José también sabía de las noches de insomnio de María. Conocía el corazón apesadumbrado de su joven esposa, veía las lágrimas que lloraba y las que no lloraba, y también él sintió su dolor. Su respeto hacia esta actitud era cada vez mayor y él trataba de seguir su ejemplo haciendo lo mismo. Eso le dio tranquilidad, una especie de paz interior y llegó a conocer una vida completamente diferente. Al principio pensó que María era así porque había estado en el servicio del templo, pero cuanto más la reconocía, tanto más veía algo especial en ella. Él aprendió de ella una creencia interna en un Dios personal. Al igual que ella, José comenzó en la tranquilidad de la noche, a hablar con Dios como con un Padre. Y a veces recibía respuestas que ninguna persona podía dar, que le alegraban profundamente y que a veces compartía con María. «Qué hermoso José, qué maravilloso», decía ella entonces, mostrándole la misteriosa sonrisa que tanto le gustaba de ella.

María también se mantuvo extremadamente benevolente y servicial con los hijos de José. Ella proporcionaba una comida caliente al día y se alegraba cuando toda la familia se reunía a la mesa. Una y otra vez el olor a pan de pita impregnaba la casa principal, que también albergaba el área de cocina. Ella sabía cómo sacar más provecho y convertir lo poco en más, para que nadie pasara hambre. Esta atención que tenía por todos fue apaciguando poco a poco a los hijos de José, que empezaron a apreciar cada vez más a María, de hecho, incluso empezaron a defenderla cuando alguien hablaba mal de ella. Cuando Jacobo le contó con alegría acerca de tal situación, ella dijo: «Maravilloso, Jacobo, eso está muy bien. Me alegro por ellos.» Jacobo sentía un vínculo especial con María y se convirtió en un verdadero hermano y apoyo para ella, ya que podía captar muchas cosas intuitivamente sin saber de qué se trataba. Jacobo a menudo veía mejor que José lo que María necesitaba y cómo podía ser ayudada. También estaba agradecido de ver cómo había cambiado toda la casa desde que María estaba en casa. El hogar de varones en el que habían vivido los seis desde la muerte de su madre había sido simplemente un hogar masculino. La habilidad de María de convertir poca comida en más cantidad, era como una magia que les hacia sentirse felices y bien. Así que por un lado todo estaba mejor y por otro, peor que antes, pero todos intentaban reconciliarse con la situación.

Un día los hijos llegaron a casa con un anuncio que se proclamó en ciudades y pueblos: El emperador Augusto había ordenado un censo, todos debían registrarse, el jefe de familia, su esposa y los hijos que aún no habían formado una familia. Para José eso significaba que tenía que ir a Belén para registrarse a sí mismo y a su familia, no había forma de evitarlo. Pronto vinieron soldados montados en sus caballos para comprobar si se obedecían las órdenes del emperador. Cada vez que venían, pedían bruscamente a José que se pusiera en camino.