Soledad de Maria

Al comienzo, 07.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

Un sumo sacerdote que había acogido a María en el corazón, y como un padre se había sentido responsable de su protección, fue el que bendijo la unión entre María y José, pidiendo la bendición de Dios para ese vínculo. También él tenía conflictos y le afectaba lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Al igual como Joaquín, el padre de María, él veía a esta niña en su sencillez, inocente y pura. Pero también veía las miradas lujuriosas de algunos sacerdotes que observaban la danza del templo como varones y no podían entrar en la veneración de Dios. La niña pura se encontraba por encima de eso, ni siquiera sabía que el varón en su instinto, debe oponerse con todas sus fuerzas a ese modo de ver, para no herir la dignidad, la pureza en la que se encontraba la niña María, la mujer joven. Joaquín, el padre de María, se mantuvo alejado de la bendición, no pudo superar sus recelos. La fidelidad a la ley era más fuerte que el amor por su hija.

Sin embargo para los ámbitos celestiales ese vínculo entre María y José fue una gran victoria. La tropa celestial responsable de todo, estaba muy contenta de que el plan hubiera funcionado hasta ahora. ¡Cristo se encarnaría, Él enseñaría a los seres humanos el amor de Dios! Él fue concebido y su cuerpo crecía cada vez más de semana en semana. Se habían superado los primeros grandes riesgos del plan de Dios y ya se había conseguido algo. Cristo, el Hijo de Dios, también tenía que hacerse carne, tenía que volverse totalmente humano. No recibió ningún privilegio ni puesto especial. Era un ser humano como todos los demás. Como muchas veces anteriormente, nadie sabía cómo se desenvolverían las cosas, ni lo que le esperaba a cada uno de los que habían dicho «sí» a este gran plan, pues era algo distante e invisible para los seres humanos.

José había construido una casita para María, estaba pintada de un azul suave, como el manto que a María le gustaba ponerse. María podría retirarse a ese hogar, allí podría estar en su vibración propia y en su ser interior. Retraída y orientada hacia el interior esperaba María el nacimiento de su hijo. Más que nunca, aprendió a orientarse hacia el interior y a escuchar desde adentro. No solo se le mostraban bellas imágenes en su interior. Ella veía rebelión, lucha, guerra e injusticia, veía a los seres humanos en su irracionalidad, arrogancia, triunfalismo, vanidad y orgullo.

María soportó con dignidad el desprecio de las mujeres y la humillación de los hombres que opinaban y creían conocer los secretos que la rodeaban. María aprendió a comprender que la verdad de una cosa, la verdad de una situación, no está en el exterior sino en el interior. Los que conocieron a María vieron cómo cambiaba, vieron cómo un ser despreocupado, alegre, incluso inocente, se convertía en uno muy serio. Con la cabeza gacha, ojos grandes y tristes, tranquila, retraída e interiorizada, María conoció la soledad en medio de la gente y aprendió a sobrellevarla.