Valor de Maria

Al comienzo, 03.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

La fe requiere valor, y así fue también en aquel entonces para María: Cuando regresó con José después de su visita, que duró unos meses, en la que las dos mujeres Isabel y María se apoyaron y fortalecieron mutuamente, su corazón se hizo cada vez más pesado. Necesitaba mucho coraje, pues ahora se podía ver la situación en la que se encontraba, la curva de su cuerpo era inconfundible. Para ocultarse a primera vista, pero no podía pasar por alto a la segunda. Cuando entró en la casa de sus padres María se aferró a las palabras que yo le había dicho. La madre se encontraba junto a la chimenea y avivaba el fuego, miró hacia arriba y se sintió invadida por una gran alegría: «¡Tú has vuelto, tú has vuelto!» Las dos mujeres se abrazaron. Ana, la madre de María, sintió en el abrazo el bulto en el cuerpo de su hija. La pesadez con la que tuvo que luchar una y otra vez en las últimas semanas y meses volvió de inmediato. María sintió su reacción sin ver su rostro. Su madre sintió una gran compasión por ella. Lo lamentaba mucho, pues sabía que estaba trayendo una gran vergüenza a su familia. Las normas y las leyes exigían la lapidación de las mujeres que caminaban por senderos lascivos. Ambas veían venir el desastre inevitable.

«Dios ha esperado que yo haga esto, solo Él conoce el camino, solo Él conoce toda la verdad.» Una verdad que ni siquiera María conocía, solo podía creer. «Hágase en mí, según Tu palabra.» María repitió estas palabras una y otra vez en su interior, para fortalecer su fe y crecer en la confianza inquebrantable que su camino requería de ella.

María ahora le contó a su madre acerca de Isabel y del niño había sido anunciado y prometido a Isabel, pues este niño debería preparar el camino para su hijo, el que llevaba bajo su corazón. Ella informó sobre Zacarías que se quedó mudo, pues como sacerdote no pudo creer mi promesa, la profecía de que ese hijo se llamaría Juan, y de cómo Zacarías encontró de nuevo su habla en la alabanza cuando dio las gracias después del nacimiento.

Ana intuyó en su interior con esas explicaciones, que su hija estaba diciendo la verdad. ¿Por qué debería inventarse esas historias? Ana y Joaquín con frecuencia habían notado que María era un poco extraña, pero con el tiempo reconocieron cada vez más lo que tenía de especial. María hablaba con las flores, con los árboles, y a veces sorprendía con palabras que no podían pertenecer a una niña. Sin embargo ella vivía y mostraba en todo, una gran alegría y agradecimiento hacia la vida. Ana recordaba, que también Joaquín, su esposo, estaba firmemente convencido de que veía un ser noble y puro en su hija. Por este motivo decidieron juntos entregar ese ser puro e inocente en manos sacerdotales, para que sirviera en el templo, para consagrarla a Dios. Todos esos recuerdos y pensamientos surgían en Ana al ir captando cada vez más la verdad en sí misma.

Para Joaquín, sin embargo, su niña especial se convirtió en una deshonra. Todo su mundo se derrumbó para él. Solo podía ver en su hija, lo que a sus ojos era la mayor vergüenza para su familia. Después de la enorme decepción, le vino una gran amargura. El orgullo que sentía por su hija como padre ahora se convirtió en ridículo y burla. Para protegerse del dolor inmenso, eso se le transformó en ira y María lo sintió. Nada de esto se encuentra en vuestras narraciones y libros de historia. Pero ahí están las verdaderas victorias en las que la fe, la esperanza, el valor y la confianza son exigidas en la forma más elevada y deben alcanzarse en el nivel más alto.

El corazón de María lloraba amargamente y el alma sufría por el rechazo del padre, debido a la vergüenza que había traído a su casa. El encuentro con José aún estaba por llegar, y nuevamente María reunió todo su valor. José sintió, antes de verla, que ella se encontraba en su cercanía. Elevó la mirada y una alegría incontenible se apoderó de él. Dejó sus herramientas y se acercó a ella. Pero entonces se detuvo, pues él también vio las circunstancias en las que se encontraba María. La miró incrédulo. ¿Cómo ha sido eso posible? En el momento en el que su paso se estancó, asimismo lo hizo su respiración, pues para él también se le derrumbó un mundo. Precisamente había acabado de construir la casita en la que María podría retirarse, hacía un momento su mundo todavía estaba en orden, ¿y ahora? «María, ¿Qué has hecho?» «José recuerda, el ángel dijo que el Espíritu de Dios vendría sobre mí.» «¡Pero esto es demasiado María, lo siento, es demasiado!» Los pensamientos de desconfianza pasaron por la cabeza de José. No puede ser. Él sospechaba de un sacerdote del templo había abusado de la joven. Se dio la vuelta y dejó a María sin saludar y sin decir una palabra amable.

En él comenzó una lucha. Él habló con un sacerdote del templo en quien confiaba, pero le aconsejó entregar a María a la ley. «¿Qué significa entregarla a la ley?» «Ella será lapidada. ¡Ese es el castigo para las mujeres sin dignidad que pecan! Tú conoces la ley José y eso también afecta a María.» «¿No hay otro camino?» «Tú podrías protegerla, apoyarla y fingir ser el padre del niño.» «La vergüenza y deshonra también recaerían sobre mí.» El sacerdote del templo no dijo nada más y José ya podía sentir el desprecio que reciben aquellos que no respetan las reglas de la ley. Se despidió, pero dentro de él empezó una tremenda lucha. Fue una lucha a favor y en contra. Unas veces estaba lleno de amor y misericordia hacia María, otras nuevamente lleno de disgusto e indignación viendo a María en su situación, algo con lo que él, José, definitivamente no tenía nada que ver. Una energía se estaba gestando sobre José, como una nube oscura que le quitaba la creatividad y la alegría de vivir. Cuando su hijo Jacobo preguntó qué le pasaba, José le contó sobre su lucha. «¿Se supone que María es deshonrosa? Padre, ¿crees tú realmente que ella es deshonrosa?» «¡No se recibe ningún hijo del Espíritu Santo!, eso es imposible», respondió José con rebeldía.» «Padre, nuestra historia familiar está llena de cosas imposibles. ¿Por qué no podría ser eso también posible?» «¡Eres demasiado joven, solo tienes 20 años, no puedes entender eso!» «Tal vez, padre, pero debes saber que, si no te casas con María, lo haré yo. Ella necesita ahora nuestra protección y cuidado. No la dejaré desamparada ante la despiadada ley de nuestros antepasados.» Con estas palabras dejó el joven Jacobo a José, que siguió reflexionando sobre su situación. Las palabras de Jacobo le avergonzaron. A Jacobo en su juventud le faltaba la experiencia, no sabía lo que significaba esa decisión ni lo que implicaba, sin embargo tenía el valor y la compasión que le faltaban a José. Y no podría ser que un sumo sacerdote fuera el padre, y María por no querer deshonrar a nadie, inventó una historia para proteger al que la había violado. ¿Cómo podría vivir con eso? Sí, ¿podría vivir con eso? En cualquier caso, él podría brindar protección a ella, también podría dar protección al niño. Sentía un gran cariño por la joven, la veía más como una hija que como una mujer. Durante las noches siguientes dormía mal, se despertaba empapado en sudor, como si estuviera librando una tremenda lucha. Y así era eso. Sin embargo, al cabo de unos días José tomó la decisión de dar protección y seguridad a la niña, a la joven. No fue nada fácil, pero él había reflexionado sobre todo lo que le sucedería a él y a su familia, y estaba preparado para ello. La noche después de su decisión se me permitió a mí, Gabriel, contarle en un sueño más cosas sobre el niño que él quería defender. También le dije que el niño abriría las puertas del Cielo para toda la humanidad y prepararía el puente hacia la eternidad. A José se le podía alcanzar fácilmente a través de sueños e imágenes, que también aceptaba como instrucciones de Dios.

Y si os preguntáis a vosotros, los seres humanos de vuestro tiempo, 2000 años después: ¿Cómo es la situación actualmente? Así haceos conscientes: Actualmente sucede lo mismo que en aquel entonces. Es la misma lucha por la fe, la creencia, el valor, la esperanza y la confianza. Así vosotros también tendréis que ganar vuestras luchas en vosotros mismos, igual como en el Primer Tiempo, como en el Segundo Tiempo y de igual forma en el Tercer Tiempo. También aprenderéis a interpretar vuestros sueños. Son vuestros sueños, ¿Quién puede comprenderlos? ¿Quién puede ayudaros? No confiéis en consejeros que todavía se encuentran en su propio proceso de superación. Pues no pueden captar en qué nivel de desarrollo os encontráis y así os arrastran hacia abajo con las ideas y opiniones de su consciencia. Todavía preferís confiar en aquellos que permanecen atados a muchas ideas y opiniones, preferís acudir a guías ciegos que no pueden ver, a los guías y dirigentes de este tiempo y de todas las épocas. Todavía escucháis las palabras de aquellos que os adulan y os dejáis valorar según una forma de pensar humana, en la escala humana, que decide si la gente os declara como dignos o indignos. Pero sabed: El ser humano no tiene derecho a hacer tales juicios, pues le faltan el conocimiento y la visión general necesarios para poder hacer esas interpretaciones y evaluaciones.