Deshonra de Maria

Al comienzo, 05.12.2020

Hermano del Espíritu, Gabriel:

«¿Qué es lo que va a pasar? ¿Cómo se supone que funcionará eso si no tienes ningún marido a tu lado? ¿De qué viviréis tú y tu hijo? ¿Hacia dónde os dirigiréis?» «Ayúdame, madre. No hagas mi corazón más pesado. Yo me oriento hacia Dios, mi Padre. Yo tampoco sé cómo resultará todo. Ya estoy en boca de todos, y siento también la vergüenza ante la gente. Pero lo que se me pone como carga, eso también lo podré llevar. Es muy amarga la incomprensión de mi padre, y lo que piensa de mí, pero lo que más me duele es lo que piensa la gente de Nazaret.» «Tú tienes que entenderle también a él, pues no puede salir de su piel. ¡Él es de pies a cabeza un hombre de la ley!» «Así es, pero ¿Quién me creerá? ¿Quién me entenderá, con esta increíble historia?» «Quizás podrías ir con Isabel y Zacarías, para vivir en su protección y en secreto.» «No lo sé, madre. No quiero ponerlos a los dos en esta situación comprometida, no espero que lo hagan. Tengo que creer y confiar.» «¿Ya sabes que el consejo de ancianos te juzgará? Es solo una cuestión de tiempo. Por eso deberías huir, pues ya no estás segura en Nazaret.» «Lo sé, madre, ¿crees que no lo sé?» «¿Entonces qué vas a hacer? ¿Esperar hasta que te atrapen?» «Yo no lo sé, pero Dios, mi Dios, lo sabrá. Él conoce mi situación, Él conoce mi vergüenza y la injusticia que me está sucediendo.»

María empezó a llorar, pues no podía contrarrestar con nada la preocupación de su madre. Ella tenía razón en sus preocupaciones y sus miedos, pero María no tenía ningún argumento. No había explicación para todo lo que ni ella misma podía entender. Ella solo tenía las palabras del ángel, mis palabras, a las que aferrarse. ¿Qué sucederá si el Plan de Dios no funciona, si en sus limitaciones de la ley, la gente del pueblo les quitara la vida a ella y a su hijo? Se preguntaba María en su inquietud. No dudaba de la palabra de Dios ni de mi mensaje, pero dudaba de la gente, pensando en su padre y en José.

Una sombra oscura cubría la casa de los padres de María, una pesadez opresiva. Joaquín cargaba con imágenes sombrías en su decepción y la nube oscura sobre él se espesaba cada vez más. Él era un hombre de fuertes convicciones morales, que ahora estaban en ruinas. ¿Cómo podía su hija hacerle eso? ¿Cómo podía perder la dignidad y la pureza que tanto admiraba en ella? ¿Cómo podía avergonzarle tanto a él y a su casa? ¿Y quién le había hecho esto a su hija? Ana, su esposa, le había contado sobre la aparición del ángel, pero para Joaquín eso no podía ser, – ¡eso era imposible! ¿Se supone que el Espíritu Santo ha venido sobre ella? ¡Tan especial no era ninguna mujer ni hija! Se retrajo totalmente, no se le vio durante días, ya no hablaba con su esposa y mucho menos con María.

José había tomado una decisión. Las palabras claras, el coraje y la confianza de su hijo menor, Jacobo, le habían ayudado. ¿Cómo podía permitir que María fuera entregada a la ley, incluso que la lapidaran? «¿Cómo es posible que la ley sea tan despiadada y cruel?», se preguntó, y José, fiel a la ley, se pronunció en contra de la ley de los antepasados y a favor de la bondad y de la misericordia. En él surgió una suave alegría y se puso en camino hacia la joven María. La encontró en el jardín y comenzó a hablar emocionado: «María, tuve un sueño. De nuevo vi al ángel y me mostró que ese niño no es una deshonra, sino que será el liberador del pueblo de Dios y el salvador de la humanidad. No puedo entender eso, pero creo en ese mensaje, aunque no pueda captarlo. ¡El niño que llevas será un hijo de Dios y deberemos llamarle Jesús!» Profunda conmovida y llena de gratitud, escuchó María las palabras de José y agradeció a Dios Padre por este punto de inflexión que podría tener lugar a través de José. Sabía que Dios mismo había ayudado a José a creer, a creer en lo increíble. También se alegró mucho de que José supiera el nombre del niño, pues a ella también le había anunciado: El bebe que será un varón debería llamarse Jesús. Jesús, el hijo del carpintero de Nazaret.

No habría celebración de bodas para María y José, ni habrían invitados a la boda, pues ellos habían sido excluidos y marginados. Ya que habían avergonzado las creencias, principios y reglas de sus antepasados, y la gente murmuraba sobre ellos. Y Jose, que era muy buen carpintero, ya no podía recibir trabajo en su pueblo. Algunos de sus propios hijos de su primer matrimonio estaban en su contra y lo denominaban viejo libertino que tomaba una esposa joven para su diversión. Solo su hijo menor, Jacobo, les dio respaldo y les ayudó en lo que pudo. El no traía a casa el cotilleo de los vecinos y antiguos amigos; dando así protección en lo posible.