Almas duales

Al comienzo, 31.05.2020

Nos habíamos reunido para pasar todos juntos el sábado festivo. María me había pedido que perfumara la habitación con esencia de clavo e incienso. Tuve que apurarme, ya que después de la puesta del sol no estaba permitido hacer fuego, pero si María me lo pedía, entonces habría un motivo especial para ello. La situación me recordó cuando Jesús estuvo involucrado en una discusión con los sumos sacerdotes por haber sanado en sábado, pues eso lo denominaban trabajo que no estaba permitido en ese día. Subí las escaleras y al entrar en la sala sentí que algo era diferente. Las velas del gran candelero estaban encendidas y daban un ambiente festivo en la sala. El aire era claro y fresco, y te hacía sentir como si estuvieras afuera aunque estabas dentro. Las dos hermanas María y Marta ya estaban sentadas en la sala y se sorprendieron por mi llegada anticipada. Me puse manos a la obra y pronto una fragancia balsámica de especias llenó la sala. Poco a poco fueron llegando los demás, se lavaban las manos en la entrada con la ayuda de la jarrita llena de agua y tomaban asiento sobre las alfombras. También vinieron José de Arimatea y Verónica, su hermana. Trajeron a Lucas, un médico que trabajaba con Verónica y muchas  veces habían seguido al grupo con Jesús.

Lázaro, el propietario de la casa, saludó a todos invitándonos a orar juntos y sugirió a continuación que cada uno informara sobre lo que le ocupaba. José de Arimatea, que estaba acostumbrado a celebrar el sábado en esos grupos, se puso en pie para dirigirnos su palabra, tal como era costumbre en el consejo supremo: «Mis hermanos, mis hermanas, nos honra que estéis dispuestos para darnos la bienvenida a mí y a mi hermana en vuestro círculo después de todo lo que ha sucedido. Nos sentimos honrados de que se nos permita estar con vosotros en esta hora, después de todo lo que hemos pasado. Tened la seguridad de que nosotros también estamos profundamente tristes por la pérdida de nuestro Rabino y los días de horror en Jerusalén. Os prometo que hice todo lo que estaba en mi poder para impedir lo que sucedió.» «José, te agradecemos tus declaraciones, pero fue nuestro Maestro quien eligió ese camino. Al hacerlo, cumplió una misión y se convirtió en el Redentor.», le respondió Juan, que también se había puesto en pie. «Dices la verdad, mi querido hermano, así estaba escrito en las escrituras. Y, sin embargo, me queda la sensación de haber hecho muy poco. Lo he estado llevando como una pesada carga dentro de mí desde la muerte del Salvador.», respondió José, visiblemente lleno de su culpa, de la que nadie le acusaba, pero que él no podía perdonarse a sí mismo. Ahora Mateo se levantó y dijo: «¡Él te habría perdonado! Jesús también sabía que Judas le traicionaría y sin embargo le acogió a Su lado.» Evidentemente le impresionó a Zebedeo que un miembro del consejo supremo se agradeciera: «Se bienvenido a nuestro grupo, hermano mío, en el día en el que juntos queremos recordar a Dios.» Ahora Simón Pedro también encontró palabras: «Quisiera informaros que algo ha cambiado en mí desde la última vez que vi a Jesús. Como algunos de vosotros sabéis, le traicioné tres veces después de Su crucifixión. ¡Yo que le amaba tanto! Él me lo había profetizado, pero no quise admitirlo. Mi cobardía fue mayor que mi amor por nuestro Maestro. Esa traición fue como una piedra pesada para mí, y si soy honesto, pesaba más que la pérdida de nuestro Maestro. Sentía un dolor punzante en el pecho y me juré a mí mismo que nunca volvería a traicionar a Jesús, aunque me costara la vida. Cuando subí al barco de pesca hace unos días y Le reconocí en el anciano en la orilla, supe que Él nunca me abandonaría. Su pregunta, si yo Le amaba, era para mí como recibir otra oportunidad después de haber ignorado la primera con mi traición. Pase lo que pase, yo aprovecharé esa oportunidad, pues estoy infinitamente agradecido de haberla recibido.» La sinceridad de José parecía haber ayudado a Pedro a abrirse ante los demás. José parecía haber roto un hechizo con su honestidad, pues ahora Tomás se levantó y nos habló: «Yo estaba decepcionado por no haber estado allí, cuando Jesús se os apareció a todos vosotros por primera vez. Tenía la sensación de que Él no me amaba igual que al resto de vosotros. El hecho de que luego Él me hablara directamente en Su siguiente aparición, llamándome por mi nombre y acogiendo mis dudas, eso fue un bálsamo para mi alma. Desde entonces tengo una sensación distinta en mí. ¡Me siento fortalecido, más cerca de Él que nunca!» El silencioso Bartolomé también quiso decir algo: «Todos vosotros siempre habéis estado más cerca de Él que yo. A menudo me sentía como al que se le permitía viajar y vosotros me tolerabais. Sabéis que debido a mi tiempo con Juan el Bautista tuve una influencia distinta que la mayoría de vosotros y muchas de mis ideas no coinciden con las vuestras. A menudo estaba un poco al margen y solo unido con vosotros a través de Simón Cleofás. ¡Pero yo fui uno de los pocos que realmente vio a Jesús en Su primera aparición! ¡Le vi la primera vez cuando Él se situó en medio de nuestra sala! ¡Un milagro! Luego mi conexión con Jesús se hizo más fuerte cuando supe que no todos le habían visto. ¡A mí, el zelote fanático, se me permitió verle a Él! ¡Se me permitió verle aunque algunos de sus discípulos más fieles no pudieron verlo! ¡Con ello, Él se ha convertido en Mi Maestro más que nunca!» La sala se quedó por un momento en silencio y me di cuenta de que los que no habían podido ver a Jesús estaban haciendo un servicio muy especial a los que podían verlo. «Un servicio de humildad», pensé. Andrés rompió el silencio en la sala carraspeando y dijo: «Cuando estábamos en nuestra tierra natal y vi a mi hermano Pedro regresar con las redes llenas después de haber salido por segunda vez, fue como si Jesús se me estuviera demostrando a sí mismo. Como ya sabéis, experimenté ese mismo milagro con Él hace mucho tiempo, y la segunda vez, fue casi como si Él personalmente me hubiera regalado ese milagro. Me conocéis, yo no soy un hombre de grandes palabras. Yo estaba decepcionado y enojado después de que Él se marchara y, para ser sincero, mi plan era quedarme en Cafarnaun, volver a trabajar como pescador y nunca más regresar a Jerusalén. Pero ahora Jesús ha vuelto a mí a Su manera. Parece como si ahora Él me estuviera haciendo la misma pregunta que le había hecho a mi hermano hace mucho tiempo: ‹¿Quieres convertirte en pescador de hombres? ¡Entonces sígueme!›, ¡Y ahora, como podéis ver, estoy aquí!» Andrés sonrió relajado. Sus rasgos faciales se suavizaron y traté de recordar, cuándo le había visto sonreír. Mientras reflexionaba sobre ello, tomó Lucas la palabra: «Me conmueven vuestras historias, hermanos míos. En vuestras palabras se puede sentir la profunda conexión que tenéis con Jesús. Él nos ayudó mucho a Verónica y a mí en nuestro trabajo. Nunca había experimentado algo tan maravilloso como el ayudar a la gente con Jesús. Él veia en cada persona más que unicamente un cuerpo y le estoy infinitamente agradecido por esta perspectiva. Yo no quiero olvidar este conocimiento.» Verónica también quiso hablar: «He visto Sus milagros, he aprendido a ayudar a Su lado y a trabajar con la fuerza de Dios. Una gracia que llevo en mi corazón.» Le costó un gran esfuerzo pronunciar estas palabras antes de estallar en lágrimas. Cuando volvió a sentarse, Lucas le entregó un pañuelo para secarse las lágrimas. A continuación se puso Johanna en pie: «Como ya sabéis, al igual que todos vosotros, tuve que abandonar mucho: mi casa, mi hogar y mi posición entre los ricos de Tiberíades. Vivir entre vosotros como la esposa del influyente gobernador y vagar como un mendigo no siempre fue fácil para mí y a veces me avergonzaba, sobre todo cuando nos invitaban a casas ricas o cuando otros me reconocían. Cada vez que me avergonzaba, sentía la necesidad de volver a dejaros, de volver a mi vida anterior. Pero siempre me decía a mí misma: ‹¡Él te salvó la vida! Sin Él no existirías más. Ayúdale y apóyale con tu riqueza. No debería faltarle nada.› Él podría ayudar a muchas otras personas y darles lo que yo también experimenté. Se le debe proveer para que Él esté libre para Su servicio. Es por eso que me quedé y compartí lo que tenía con todos vosotros. Así pensaba yo que Le daba apoyo y ayudaba, pero en realidad fue lo contrario: Él me mostró que la verdadera riqueza se encuentra en el interior. Me mostró que no importaba cuánto dinero tuviera, algo me faltaba. Me mostró dónde se encontraba mi deficiencia. Estoy avergonzada y al mismo tiempo agradecida por ello. No solo hizo que mi cuerpo sanara, sino que con ello me mostró que mi alma también deseaba ser sanada y por eso me esforzaré. La verdad es: ¡Él me ayudó y me apoyó, en ningún momento fue al revés!» Johanna también fue abierta y honesta al hablar sobre sus faltas internas e influyó con su sinceridad a Susana, que se había sentado a su lado: «Sueño con Él muy a menudo. Y Él está más cerca de mí en mis sueños de lo que antes estuvo conmigo. Él está conmigo y gracias a esto puedo entender mucho mejor lo que nos enseñó.» Vaciló, parecía que quería decir algo más, pero decidió no hacerlo y volvió a sentarse. Las palabras de Susana habían hecho darme cuenta, de cuánta más íntima y cercanamente los demás percibían a Jesús ahora en comparación a cuando Él todavía estaba vivo. Parecía como si solo ahora les fuera realmente posible entregarse completamente a Él, no a Él como persona, sino a Él como lo que Él era: Maestro, Rabino, Libertador, Salvador y Redentor. Siempre le habían llamado así, pero ahora era como si por primera vez comenzaran a entender y a comprender quién era Él y lo que nos había enseñado. El reconocimiento despertaba lentamente en ellos. Antes de eso, habían estado demasiado ocupados juzgando lo que otros hacían bien o mal ante sus ojos y en su imaginación. Muy a menudo dudaban de las decisiones de Jesús o eran criticadas por detrás, y cuestionaban si Él estaba bien de la cabeza. Yo observé que precisamente en esos momentos fue cuando Él realizó los milagros más grandes. Era como si Él sintiera que ellos se estaban volviendo inseguros y necesitaran pruebas. Se me hizo consciente que ahora ellos podían estar mucho más cerca de Jesús de lo que habían estado cuando Él estaba entre nosotros, y también del privilegio que tuvimos, de haber podido estar tan cerca de Él.

Como su compañera de camino me sentía muy cerca de la persona de Jesús y me concentraba en el contenido de Sus declaraciones, la comprensión más profunda, el segundo nivel. Quería saber todo sobre las interrelaciones del alma y el espíritu, y con frecuencia con ello había molestado a los demás, pues no podían entender ni comprender lo que me ocupaba. No me había dado cuenta de que de alguna manera yo había sido un obstáculo para los demás, que los hacía sentirse excluidos. Jesús y yo nunca habíamos vivido ni mostrado abiertamente nuestra cercanía. Era más bien una cercanía anímica y espiritual, un vínculo que se logró sin muchas palabras y sin mucho revuelo. Cuanto más reflexionaba sobre ello, más culpable me sentía al pensar que había sido un obstáculo en el camino de los demás seguidores. ¿Quizás podrían haberlo captado mucho antes si no hubiera sido por mí, si les hubiera entendido mejor? «¡Oh Señor, lo siento, siento mucho no haber podido ver esto! ¡Por favor, perdóname!», hablé en mi interior. Las lágrimas corrían por mis mejillas, entonces me levanté y dije: «Estoy tan conmovida por vuestras historias y agradecida de que podáis estar tan cerca de Él. ¡Estar con Él es lo más satisfactorio y maravilloso que existe! Estoy muy agradecida de que todos podáis sentir esto y lamento si fui un obstáculo en ello. Ahora veo lo que hubiera sido posible.» Estaba temblando mientras volvía a sentarme lentamente. No fue mi cuerpo el que temblaba, era el alma la que comenzó a tiritar por mi emoción. Yo comprendí eso. Debía dejarlo ir, devolver todo lo que tenía de Él, devolver la cercanía a la que quería aferrarme. Pedí perdón en mi interior, pues nuestro Señor y Maestro, nuestro Rabino, Jesucristo, ¡Él debería estar ahí para todos! Humanamente hacía mucho tiempo que había pospuesto mis deseos y pretensiones sobre Él. Como mujer nunca tuve exigencias por Él, pero en el segundo nivel, el nivel del alma, que era tan importante para mí, reconocí ahora dolorosamente cuánto me aferraba a Él y necesitaba Su cercanía. Me di cuenta de que tenía que dejarle ir, tenía que soltarle por completo, no solo como mujer, sino también como Su alma dual, aunque sabía que estaba renunciando a lo que era más querido para mí. Recordé la historia de Abel sacrificando a su cordero más querido y la historia de Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo para ser obediente a Dios. Me di cuenta de que era parte del camino que conduce a Dios. Recordé las palabras que Jeschu me dijo muy al principio: «Yo también Me siento cerca de ti y créeme que el hombre Jesús anhelaría tu amor, pero mira, si queremos dar el amor de Dios, tendremos que sacrificar el amor humano. Yo hago esto por ti y por Mí. Y si eres lo suficientemente fuerte, también podrás hacer esto, Maschu, ¡pues tú eres fuerte! Comparto todo lo que tengo contigo, ¡pero no puedo ni debo darte Mi amor como persona! ¡Yo no puedo hacer eso! ¡Arruinaría todo por lo que Yo vine! Lo entenderás, Maschu, en algún momento entenderás que me rompe el corazón tener que herirte así.» Me acarició el pelo y me dio un beso en la cabeza, vi que también tenía lágrimas en los ojos. «Entiende que Yo estoy más cerca de ti de lo que nunca podría haber estado como hombre.»

En aquel entonces no entendí lo que Jeschu me quiso decir. Me tomó mucho tiempo aceptarlo, así que tuve muchas luchas internas, luché conmigo misma y varias veces quise dejar a los discípulos. Pero sentía que había más de lo que podía captar y traté de aceptar que nuestro amor era diferente. Poco a poco llegué a renunciar a ello y le acompañé a Su lado en Su camino. Lo único que quedó de la cercanía humana fue que lo llamé „Jeschu“.

Ahora me senté en esta sala de reuniones y por primera vez, solo después de Su muerte entendí, que cada vez que yo buscaba Su cercanía y Él tenía que negármela, Su corazón también se había desgarrado, y también me disculpé por eso en mi interior. No podía imaginarme el gran sacrificio que debió haber sido para Él. Pero como todo lo que hizo, Él lo había hecho por todos los demás. Él lo había hecho para poder seguir Su camino, y solo ahora comprendí cuán grande era ese amor, que no estaba concentrado en una persona sino que incluía a todos. Cuán pequeño, sin embargo, era mi amor con el que yo le había amado. En vista de este reconocimiento, yo ya no estaba segura de poder llamarlo amor. Me pareció demasiado pequeño para eso. Profundamente conmovida recordé Sus palabras: «Te mostraré lo que es el amor, Maschu. Créeme, no entenderás por mucho tiempo, y cuando comprendas, Maschu, entonces amamantarás a Mis hijos como una madre y alimentarás Mi fruto, más de lo que jamás podrías haber hecho como madre de Mis hijos biológicos. Confía en Mí Maschu, oh, confía en Mí.» Él me había mecido de un lado a otro en Sus brazos. Un dolor casi insoportable se apoderó de mi pecho y, sin embargo yo puse internamente a mi Amado en el altar. Le sacrifiqué a Él y a toda cercanía que tenía hacia Él. Lo solté por completo y lo devolví a las manos del Padre.

Sentía como si esa lucha en mí durara una eternidad. Se sentía como si yo me encontrara a varias horas y kilómetros de distancia, pero obviamente solo había sido un breve momento. Cuando recobré la conciencia, escuché la voz de María, a través de la cual el Señor había alzado Su voz con fuerza: «¡Estoy contigo y con vosotros todos los días! ¡Yo, Cristo, el Ungido, os guiaré y acompañaré en el tiempo venidero, que será vuestro tiempo! Yo os precedí en el camino. Yo os he abierto y preparado un sendero. ¡Ahora vais a seguirme a Mí y lucharéis para salir de la ilusión del mundo, de vuestras opiniones e ideas humanas! ¡Mi Reino no es de este mundo! ¡Dejad vuestro ser humano atrás y entrad en el nivel del alma en el que vosotros estáis conectados Conmigo! Estando clavado en la cruz, en la hora de Mi muerte, con el perdón deposité un potencial de luz en todas las almas, como una chispa que protege de la oscuridad absoluta. Ahora depende de cada ser humano el encenderlo y dejar que se convierta en luz o seguir vegetando en la oscuridad de la noche y del mundo. ¡Vosotros, sin embargo, sois los Míos que han despertado, Yo os he iluminado! Como iniciados y testigos, se os otorga una fuerza especial. El Espíritu Santo, vuestro potencial espiritual, ha sido puesto al descubierto en vosotros a través de vuestra lealtad hacia Mí. El dique está roto y si eso lo deseáis, os permitirá conectaros Conmigo y con el mundo espiritual en cada momento. Hay un canal en vosotros, como el lecho de un río. ¡Estad atentos para que vuestro canal no se convierta en un goteo ni se seque! ¡Si no pasaréis tanta sed y tanto anhelo por consumir Mis palabras, que podríais ser conducidos equivocadamente por los falsos profetas! Pero Mis ovejas conocen Mi voz y si se orientan hacia Mí y confían en Mí, entonces me encontrarán de nuevo a Mí en su interior. ¡Así que proteged la gracia especial que se os ha otorgado y distribuid el agua de la vida para saciar la sed de la humanidad! Como Mis apóstoles la llevaréis a todos los pueblos y naciones, pues Yo tengo un pie en el Cielo y el otro pie en la tierra, y no lo quitaré hasta que toda alma encuentre su camino hacia el Padre, de regreso a la Casa de Dios. Yo soy el pastor que sigue a cada oveja descarriada. ¡Yo estoy entre vosotros, con vosotros todos los días! ¡Dejad que la fuerza del Espíritu Santo se derrame sobre vosotros como una lluvia en verano! ¡Él viene sobre vosotros, y si estáis simbólicamente bautizados con Él, entonces permitidlo, creed y confiad! Pues Yo os llamé por vuestro nombre, vosotros Me seguisteis como Jesús, y estuvisteis a Mi lado como discípulos. Gracias por esto, Mis hermanos y hermanas, gracias. Yo estoy en vosotros y os espero en lo profundo de vuestra alma. Aprovechad los días de elevación en el Espíritu Santo, que fluye del Cielo como el agua cuando llueve. Pues habrá una sequía en la humanidad hasta el día en que Yo regrese. Así que mantened Mi voz en vosotros para que podáis prepararme el camino, defendiendo Mi justicia y sabiendo, pues está grabado en vuestras almas: Yo estoy con vosotros, con aquel que me llama por Mi nombre. ¡Yo no os dejo, Yo sigo a todo aquel que se aparta del buen camino y le ofrezco Mi mano! Si dais un paso hacia Mí, Yo vendré varios hacia vosotros. Yo agradezco a Mi madre, que me dio a luz con dolor y nunca más pudo soltar ese dolor. Ella me acompañó en Mi camino terrenal, sin su disposición no hubiera sido posible. Ella es la madre de los dolores que Conmigo carga con las almas hasta el fin de los días. Es su suerte y su tarea. Eso está grabado en su alma, ella lo llevará dentro de sí hasta el día en que me dará a luz nuevamente en el Espíritu y preparará el camino para Mi venida. El Cielo será su testigo y la acompañará en su camino. ¡Este será el momento en que el cordero volverá a ser la madre oveja y estará lista para amamantar a los hijos, pues lo necesitarán con urgencia! ¡Todavía hay mucho que decir pero no lo entenderíais! Mi Espíritu fluirá en todas las épocas, pero luego el Éufrates se secará y habrá una sequía. Mi palabra se verterá sobre muchos seres humanos, como agua de justicia, infinita, como río que no se seca. Con ello se preparará Mi regreso, a través de la Segunda Venida en Mi palabra que se vierte a través de muchas bocas. Traerá la verdad y precederá Mi Venida, y será como en este tiempo, cuando Juan el Bautista me preparó el camino para Mí. Entonces os introduciré en la verdad, pues entonces estaréis preparados para ella. ¡Shalom, Mis hermanos, Shalom, Mis hermanas! Guardadme en vuestro corazón; ¡Yo siempre estoy con vosotros y deseo ir con vosotros! En paz vine y en paz os dejo. ¡Se produce la iniciación de vuestra alma, el Espíritu Santo se derrama, y luego seréis totalmente distintos! ¡Un nuevo tiempo está empezando, es vuestro tiempo!»

Mi cuerpo se estremeció, mi alma temblaba, lágrimas y más lágrimas se deslizaban por mis mejillas. Una vibración suave recorrió mi cuerpo y noté como dos seres de luz me cubrían con algo. Era un vestido blanco que relucía plateado, era brillante y translúcido. Cuando miré a mi alrededor, vi que los demás también vestían trajes blancos y que había dos o tres seres de luz junto a cada uno de nosotros. Sabía que a partir de ahora todos íbamos a ser intensamente acompañados y apenas podía creer lo que había sucedido con nosotros. Yo agradecí al Señor con reverencia en mi interior y terminé mi agradecimiento con una oración, pues mis oídos habían escuchado y mi corazón había comprendido. Terminé mi agradecimiento con las palabras: «Sí, Cristo, yo Te amo con todo mi corazón y con toda mi alma. Deja que mi cuerpo se fortalezca, mi alma crezca y mi espíritu madure, de cordero a madre oveja, para que pueda servirte a Ti. Así es, así sea y así será.»