¿Me amas?

Al comienzo, 28.05.2020

La casa de José de Arimatea se encontraba en las afueras de Jerusalén. El color azul suave tenía un efecto acogedor y las numerosas habitaciones del interior ofrecían muchas posibilidades. También pertenecían a la propiedad de José un pequeño terreno con diversos árboles frutales y otras dos dependencias adicionales, una de ellas era un gran establo. «Me retiraré al campo.», dijo José. Las desavenencias y divisiones dentro del Sanedrín se habían vuelto cada vez más insoportables para él. Ahora se le atacaba públicamente y la mayoría de los miembros del consejo superior lo rechazaban. Eso era algo nuevo para José. Pues siempre había sido un hombre muy respetado al que se le pedía consejo y su opinión era de peso. «¿Entonces os gusta la casa?», nos preguntó José cuando nos sentamos después de la visita. María y yo nos miramos con ojos brillantes. Yo asentí. «¡Si, muchísimo!» María agregó: «Si has encontrado algo para ti José, un nuevo hogar en el campo, y estás seguro de que esta casa ya no la necesitas, entonces aceptamos con mucho gusto y muy contentas tu oferta.» Estuvimos sentados juntos un tiempo y le contamos lo que sucedió en el monte de los Olivos ayer por la mañana y lo que Jesús nos había dicho. Juntos tratábamos de entender lo que Jesús quiso decir cuando el Espíritu se derramó sobre nosotros. Tampoco José, que era muy instruido, nunca había oído hablar de eso. Verónica, la hermana de José, también se unió más tarde a nosotros. Ella era comadrona y con frecuencia había pedido consejo a Jesús para poder ayudar mejor.

Durante el camino de vuelta a casa le conté a María un sueño que tuve la noche anterior. Jesús estaba frente a mí y me preguntó: «¿Me amas?» No tenía claro por qué Jesús me preguntaba esto, ya que Él siempre había evitado hablarme así. Vacilante respondí: «Sí, Jeschu, yo Te amo.» No pareció gustarle esta respuesta y volvió a preguntar: «Miriam, ¿Me amas?» Comprendí que Jesús se había referido a otro nivel, pues me llamó Miriam cuando me hizo la segunda pregunta. Se refería a mí como discípula. «Sí, Señor, yo Te amo.», Le respondí con firmeza. Pero incluso esta respuesta no pareció ser suficiente para Jesús. Me preguntó de nuevo: «Miriam, Miriam, ¿Me amas?» No podía entender lo que quería escuchar de mí. «La tercera vez, con la mejor voluntad del mundo, no entendí», le dije a María. «Jeschu me había hablado a menudo sobre el amor y sobre el hecho de que tenía que dejar el amor humano para amarle de otra manera. Él me había enseñado eso. Entonces, ¿por qué me preguntaba ahora por tercera vez?» Yo esperaba que María me pudiera ayudar.

Ella me explicó: «Tú Le conociste como persona, después tu alma aprendió a apreciarlo como Señor y Maestro, y ahora Él es el Redentor de la humanidad. Yo creo que Él quería saber si tú también estás dispuesta a seguir en este camino con Él.» Reflexioné y traté de entender lo que significaban las palabras de María. «¿Tú te refieres a dejarle ir de nuevo?», pregunté. Y ella respondió: «De forma que tú le encuentres a Él de nuevo en el Espíritu.» Caminaba en silencio junto a María. No estaba segura, si su última respuesta era de ella, o si Cristo me había hablado a través de ella.