La madre oveja

Al comienzo, 27.05.2020

En silencio recolectamos algunas cestas de higos y cuando el sol de la mañana comenzó a hacerse más fuerte, regresamos a la hacienda. Yo estaba triste, pues estaba claro que a partir de ahora nuestra vida iba a cambiar totalmente. Después de Su muerte, cuando Él regresó, eso fue la gran felicidad, pues no tuve que soltarlo. Pero ahora se requería este paso. El hombre Jesús, el hombre Jeschu se había marchado. Mi corazón se llenó con el dolor de la pérdida.

Caminábamos por el sendero que serpenteaba suavemente colina abajo hasta el olivar. El sol de la mañana ya era fuerte y calentaba mi piel. Caminaba poniendo un pie delante del otro, perdida en mis pensamientos. El escuchar un fuerte y sonoro „mee, mee“ me sacó de mis pensamientos. Tres corderitos abandonaron su rebaño y dando saltitos vinieron corriendo directamente hacia nosotras. Me detuve y observé su alegría de vivir, su ligereza. Por lo visto, más animales jóvenes se separaron de la manada, pues ahora más corderos pequeños vinieron corriendo detrás de las primeros fugitivos. Estábamos rodeados de corderos jóvenes que saltaban y balaban contentos a nuestro alrededor. Nos contagiaron su alegría de vivir y su entusiasmo. Era como si hubieran venido a ayudarnos en esta difícil situación. Después de permanecer un momento con los corderitos y acariciarlos, recorrimos el último tramo para regresar a la hacienda, acompañados de un alegre rebaño de animales jóvenes. Muy pronto fuimos recibidos por la preocupada llamada de las madres corderas. Las llamadas de preocupación se adaptaban mejor a mi mundo emocional, más que la vida alegre de los jóvenes corderos. Pero antes de que pudiera volver a tener pensamientos pesados, vino a mi mente el primer encuentro que tuve con Jeschu después de Su muerte cuando me dijo: «No Me retengas.» Mi mirada se fijó de nuevo en los jóvenes. Era como si me quisieran decir: «¡Mira, la vida sigue! Aún queda mucho por descubrir. ¡Déjalo ir!» Pero precisamente eso me resultaba difícil. No podía imaginarme dejar atrás todo lo que había vivido y empezar de nuevo con alegría. Él nos había dicho que íbamos a ser iniciados y reforzados. ¿Quizás eso ayudaría? No lo sabía. Decidí pasar el resto del día con las ovejas. Observé su alegría de vivir y me sentía reconfortada en la unidad del rebaño. Cada oveja estaba sola y, sin embargo, todas eran un rebaño, un grupo, responsables entre sí, unos de otros y conectados entre sí. Esta sensación de unidad, de solidaridad, de unión, tranquilizó algo en mí. Me tomó un tiempo entender lo que me sucedía: la sensación de estar sola. La partida de Jesús la había despertado de nuevo, después de haber estado escondida en mí durante todos esos años. Parecía como si se abriera de nuevo una vieja herida que creía que ya no estaba: la pérdida de mi madre.

Recordé que Jeschu una vez nos explicó que todo estaba conectado, todo era una gran unidad, comparable con un rebaño de ovejas. Él dijo que era el buen Pastor que cuidaba de cada oveja, y si una se perdía, Él la buscaría hasta encontrarla de nuevo. Más tarde me explicó que todos los seres vivos están conectados y que cada uno de nosotros es parte de esa unidad. Los seres humanos, los animales, las rocas, los árboles, los arbustos y matorrales, el agua, el viento, el fuego, el sol, la luna, hasta las estrellas estaban llenas con la fuerza de nuestro Padre y estaban traspasadas con Su hálito de amor. Él también me ayudó a superar la pérdida de mi madre integrándome a través de Sus palabras en una gran sensación de unidad en la que cada persona se convertía en hermano y hermana. En aquel entonces Él me explicó la unidad con más detalle y me dijo: «Maschu», así me llamaba cuando estábamos solos, «una cosa te ayudará: Si te sientes sola o estás decepcionada, pregúntate, ¿Qué te falta? Dado que todo es perfecto y está en unidad, solo somos nosotros, los que nos sacamos de esta unidad. Esta unidad se basa en la perfección, en la abundancia, no en la carencia. Si te falta algo, es solo porque tú opinas no poder sentirlo. Si deseas poseerlo y quieres „sacarlo“ de la unidad, entonces entras cada vez más en la carencia, pues la creas en ti misma al no darte cuenta de que tú ya tienes eso en ti. Comprende, si tú tratas de dar lo que te falta, entonces te darás cuenta de que tú ya lo tienes. Da, da, da y volverás a sentirte parte de la unidad, parte de la gran red de unidad en la que se cuidan unos a otros, pues eso es la abundancia y la plenitud en Dios.»

Pasé algún tiempo protegida por rebaño de ovejas, entre las mamas ovejas y sus crías. Sumergida en mis pensamientos y con el corazón dolorido, observaba como los corderitos saltaban felices a mi alrededor.