En la Casa del Padre

Al comienzo, 26.05.2020

La hora en la que el Señor se marchó llegó de forma repentina e inesperadamente. Era temprano, al amanecer, entre la noche y el día. Para ayudar a María, Marta y Lázaro, queríamos recolectar higos que luego se venderían en el mercado. Nos dirigimos temprano por la mañana a las higueras que estaban junto al camino en dirección a Jerusalén. Acabábamos de llegar a una pequeña colina al borde del monte de los olivos cuando, como de la nada, se nos apareció nuestro Señor Jesucristo. «Para Mí ha llegado la hora de volver a la Casa del Padre. También vosotros volveréis algún día allí. Difundid Mis nuevas de amor para que muchos, muchos, muchísimos encuentren este, su camino hacia el Hogar. Es el camino de la Salvación, pues Yo os he redimido. Yo os mostré el camino que conduce hacia la verdad y en la verdad, es la llave de la puerta de la vida. Permaneced en vosotros y en vuestro interior, no miréis a la izquierda, ni a la derecha, ni adelante, ni hacia atrás, pues el que está en contra de Mi, os quiere confundir. Él se os mostrará en muchos personajes diferentes para perturbaros, provocar inseguridad y llevaros por el mal camino. Yo cargué sobre Mí el pecado del mundo. Yo soy uno, vosotros sois muchos, y podéis conseguir mucho, si seguís por este camino. Todavía no os puedo mostrar toda la verdad, pues no la entenderíais, pero cuando venga el Espíritu de la Verdad, lo hará. Él me preparará el camino y Yo volveré a vosotros. No preguntéis por el día y la hora, pues solo Dios los conoce. Todo está en Sus manos y en el libre albedrío de los seres humanos que hacen la voluntad del Padre y elevan sus corazones y su espíritu hacia el Padre. No os desaniméis, pues Yo estoy con vosotros, os espero, hasta el fin del mundo. ¡Yo os prometo esto! Este es el final del camino de Mi vida terrenal, el Hijo del Hombre ha cumplido Su misión, Él se dirigió hacia los seres humanos, para mantener la Obra del Padre. Ahora depende de vosotros, el liberarse del espíritu impuro que ha atacado a la humanidad como una plaga. ¡Salid de los niveles inferiores, seguidme a Mí y elevad vuestro espíritu al Padre y vuestra alma hacia Mí, para que Yo pueda darle Redención! Todo ser humano tendrá que recorrer este camino, pues ningún alma llega a la Casa del Padre, si no es a través de Mí. Que la paz esté con vosotros, mis discípulas y discípulos, que os convertiréis en Mis apóstoles y llevaréis Mi Espíritu hacia todos los continentes, pues Yo soy la Salvación del mundo. El hombre muere, el alma se libera, Mi Espíritu vuelve. Mi cuerpo humano se marcha, Mi alma sabe todo sobre vosotros y Mi Espíritu se queda con vosotros, todos los días. Permaneced, quedaos en Jerusalén, pues el Espíritu se derramará sobre vosotros. Permaneced juntos hasta que llegue esa hora. El Espíritu os fortalecerá y os bendecirá. Será un agradecimiento a todos los que caminaron Conmigo, los que soportaron Conmigo el desprecio y la burla. El Espíritu fortalecerá vuestras almas, pues estáis conectados Conmigo. A través del canal por el que Yo me marcho, podrá entrar en vosotros más fuerza del Espíritu. ¡Estad despiertos, hasta que se acerque la hora, y sabed que pronto va a llegar y lo va a cambiar todo! ¡Shalom, Mis hermanos, Shalom, Mis hermanas! ¡Buscadme a Mí en vuestro interior! Y no os desaniméis, pues el que llama a la puerta, a ese se le abrirá y el que busca, ese encontrará. Yo os lo dije. ¡Shalom, Shalom, Shalom!»

Vimos ascender a Jesús al Cielo y a partir de una determinada altura Le acompañaron ángeles luminosos, formando como una gran nube a Su alrededor y se alejaron volviéndose cada vez más pequeños con Él hasta desaparecer por completo de nuestro campo de visión. Nos quedamos sorprendidos, ninguno de nosotros podía moverse ni decir nada. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Me estaba recuperando lentamente cuando vi a dos hombres con túnicas blancas caminando hacia nosotros. Se pararon ante nosotros con gran naturalidad y dijeron a sabiendas: «Vuestro Señor ha subido a los Cielos. ¡Mantened esta hora solemne en vuestros corazones, pues Él ha superado el reino de los muertos y ha vencido a la muerte! ¡Él regresa hacia la vida eterna, y con ello ha hecho que eso sea posible para cada alma!» Sin decir ninguna palabra más se marcharon y nosotros nos quedamos atrás. Me quedé atónita, conmovida, casi sin entender ni comprender lo que acababa de suceder. Él nos había dejado, había cumplido Su Misión y había regresado a la Casa del Padre. Para mí eso fue la mayor felicidad y al mismo tiempo la tristeza más profunda.