Confianza

Al comienzo, 24.05.2020

Después del desayuno ayudé a María y Marta en la cocina y en las labores domésticas de la hacienda. Había mucho por hacer, pues todavía teníamos muchos invitados. El trabajo monótono de moler el grano era justo lo que necesitaba. Me senté en el suelo y comencé a moler el grano. Se necesitaba mucha fuerza y presión para moler finamente el grano y convertirlo en harina. Recordé la parábola de Jeschu sobre el grano que se convirtió en pan. Él decía que el grano debía convertirse en harina, solo entonces podía ser elaborado el pan. Mis pensamientos giraban ahora de nuevo con los hermanos que habían salido a proclamar sobre nuestro Señor. Querían contar a la gente de Galilea lo que había sucedido en Jerusalén y que Jesús había demostrado con Su muerte en la cruz que Él era el Hijo de Dios, el Mesías tan esperado. Yo molía el grano cada vez de forma más rápida e intensa. Era extraño haberme quedado en Betania, pero no tenía ni la fuerza ni la voluntad para contar a nadie lo que había sucedido. Me pareció como si ellos sacaran valentía y fuerza de esta tarea, pues hoy estaban totalmente entusiasmados cuando salieron. También parecía como si con ello dejaran atrás su dolor por nuestra pérdida. Miraban hacia adelante y se concentraban en su nueva tarea. La cohesión mutua los hacía todavía más fuertes. Traté de comprender a los hermanos tal como Jeschu me había aconsejado. Pero seguía siendo un misterio para mí cómo les era posible salir y predicar de forma tan pronta después del shock que habíamos sufrido. Yo no me sentía capaz de hacer eso. No habría sabido qué decir. A pesar de haber estado presente desde que Él comenzó a predicar. Me sentía dolorida en mi interior y luchaba por creer que Él había resucitado. Él se nos había mostrado, nos había dado enseñanzas, y sin embargo no era lo mismo que antes. Ninguno de nosotros había vivido antes algo similar. ¿Cómo pueden ponerse a predicar sobre ello, tras solo unos pocos días? Para mí, mi mundo se había derrumbado y yo había perdido mi apoyo con Él. Pasaría un tiempo hasta que mi ser interior recuperara de nuevo las fuerzas y pudiera confiar en la nueva situación, confiar en el Cristo resucitado, tal como lo hice con Jeschu. Yo no me sentía capaz de ir a peregrinar con los discípulos, pero ¿dónde debería quedarme ahora que Él se había ido? ¿Dónde debería vivir, dónde estaba mi lugar? Cuanto más pensaba en ello, tanto más insegura me volvía. Yo me sentía indefensa. La vida no era fácil como mujer sin un hombre a su lado, las mujeres dependían de la ayuda. «Señor, oh mi Maestro, yo sé que Tú nos enseñaste a no preocuparnos, pero Señor, ¿dónde debo quedarme ahora que Tú ya no estás aquí?», pregunté desesperadamente en mi interior.

«¡Imaginaos, tenemos visita importante!», María entró en la cocina e informó que José había venido de Arimatea. José era miembro del Sanedrín y fue él quien proporcionó el sepulcro donde llevamos a Jesús. José estaba buscando a María, la madre de Jesús, y finalmente la encontró en Betania. Yo me sentía impaciente por verle. Escuchó a Jesús muchas veces y yo sabía que Jeschu lo apreciaba mucho. Para Él siempre había sido una persona interesante con quien hablar, pues estaba bien versado en las antiguas escrituras y entendía las palabras y las parábolas de Jesús en un nivel que no era accesible para otros. Me levanté, sacudí el polvo de harina de mi ropa, me lavé las manos y entré en la habitación donde él y María se habían sentado. José y yo siempre nos habíamos llevado muy bien. Guardaba un buen recuerdo de lo asombrados que estábamos todos con él, pues nos había acompañado durante muchas semanas. A menudo conversábamos sobre lo que Jesús nos había explicado y ambos encontrábamos complemento en las palabras del otro. El hombre alto y apuesto se puso en pie cuando me vio. Se acercó a mí y me miró con ojos tristes: «¡Lo siento mucho!», luego se volvió hacia María y dijo: «Lo intenté todo para evitarlo.» José estaba muy afectado por lo que había sucedido y rápidamente noté como su dolor se había convertido en ira. Estaba enojado por la falsedad del Sanedrín y nos contó sobre las largas conversaciones que había tenido en el Sanedrín, sopesando los pros y los contras, y cómo Caifás había logrado cambiar gradualmente las opiniones de todos, lo que finalmente llevó al arresto de Jeschu. Él estaba seguro de que se habían comprado algunos de los votos. «¡Fue un complot!», concluyó enojado con su relato. También estaba sorprendido por la rapidez con la que sucedieron los acontecimientos. Mientras Jesús todavía estaba encarcelado, había tratado de averiguar quién estaba detrás e intentó ganarse a algunos de sus oponentes. Pero rápidamente reconoció que no serviría para nada. Interrumpió su explicación cuando María, la hermana de Marta, trajo agua y fruta para el invitado. «Cuando desapareció el cuerpo de Jesús, incluso fui interrogado por un tribuno romano al que se le había encomendado la tarea de aclarar dónde había ido a parar el cuerpo. Algunos miembros del consejo superior estaban muy molestos por mi comportamiento cuando arrestaron a Jesús, entonces se vengaron difundiendo mentiras y haciéndome quedar mal. Me costó mucho tiempo convencer al tribuno de mi inocencia.» Hizo una breve pausa, parecía recordar la conversación con el tribuno, movió la cabeza pensativo y compartió con nosotros sus reflexiones: «Cuando el tribuno se enteró de que con frecuencia yo estaba con vosotros y escuchaba a Jesús, entonces quiso saber todo lo que Él enseñaba. Me visitó varias veces para tener más conversaciones y deseaba ser instruido, incluso sobre lo que dicen nuestros escritos antiguos sobre el Redentor. Ahora me visita con regularidad para saber más.» José de Arimatea se calmó un poco, tomó un sorbo de agua, no queríamos interrumpir sus explicaciones, pero ahora fue la oportunidad adecuada. María empezó a contarle lo que habíamos vivido en los últimos días: «José, nos alegra que hayas venido …» Pero a José todavía le ocupaba algo y dijo: «Las conversaciones con el tribuno me ayudaron entender algo.» Su mirada estaba perdida en la lejanía, bajó el tono de su voz y dijo con mucha cautela: «El Redentor, el Ungido, Él tuvo que ser sacrificado inocentemente. Así estaba escrito, y así sucedió, tal como estaba escrito.» Teníamos la sensación de que casi no se había atrevido a decir eso ante nosotras, pues sabía cuánto nos dolía la pérdida de Jesús. Nos miró con ojos expectantes. Tenía la esperanza de traernos algo de consuelo. Yo no esperaba poder aliviarlo de su carga, pero dije: «¡José, José, imagina, es tal como Él lo predijo! ¡Él dijo que resucitaría de entre los muertos!» Quería continuar, pero María, de manera imperceptible y gentil, me interrumpió y se hizo cargo de la conversación. Con más cautela de lo que yo habría hecho en mi alegría, relató ella nuestras experiencias que habíamos tenido con Jesús en los últimos días y el reconocimiento de que algunos habían podido verlo, mientras que otros solo lo habían escuchado. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando escuchó esto. La narración le conmovió profundamente pues confirmaba lo que había estudiado durante mucho tiempo en las Escrituras. Además, parecía no tener ninguna duda sobre los acontecimientos de la resurrección y las apariciones del Señor; pues para él coincidía totalmente con las experiencias que pudo hacer con Jesús cuando le escuchó predicar. Tomó a María de las manos: «¡Te estoy infinitamente agradecido! ¡Lamento la pérdida y al mismo tiempo siento una gran alegría y una profunda, enorme gratitud!» Luego continuó con algo completamente inesperado para nosotras, que casi me quitó el aliento después de mis luchas internas: «Tengo una casa en las afueras de Jerusalén. Te lo dejo a ti, María. Os dará refugio y un lugar seguro en el que podéis permanecer. Estuvisteis con Él durante mucho tiempo y ahora tenéis que sufrir por esa gran pérdida. Vuestro sacrificio no habrá sido en vano, ahora tenéis que encontrar la tranquilidad y encontrar un hogar.» Entonces sentí Su voz en mi interior: «¡Confía en Mí, Miriam, Yo cuido de ti! ¡Confíate a Mí!»