Brechas

Al comienzo, 23.05.2020

Con gran peso en mi corazón vi a los hermanos que partieron al día siguiente muy temprano. Estaban llenos de dinamismo y querían ir a Galilea para informar sobre el milagro, que Jesús, el famoso sanador y rabino, había resucitado. Querían contar cómo murió en la cruz, cargó con el pecado del mundo y así se cumplieron las antiguas escrituras: Él fue el Mesías. Un mensaje importante que querían transmitir lo antes posible.

Los que permanecieron eran unos pocos, en su mayoría mujeres y los algo mayores. Por el momento nos quedamos en Betania. Los hermanos querían regresar al cabo de dos semanas para compartir lo que habían experimentado. También en la época de Jesús nos separábamos de vez en cuando, Él a veces nos enviaba en grupos de dos o de tres para ayudar en determinados pueblos. Pero esta vez no se sentía como entonces. No pude entenderlo, pero con corazón apesadumbrado dejé marchar a los hermanos. Yo observaba como se ponían en camino con decisión y llenos de alegría. Pero en mí lo sentía como si con cada paso que daban alejándose de nosotros también se distanciaran cada vez más en el interior. Me parecía como si tuviera que soltar una parte de Jeschu con todos los que se marchaban, como si una parte de Él se hubiera ido con ellos. Se me hizo claro que la comunidad que habíamos creado alrededor de Jesús ya no iba a ser la misma que había sido cuando Él estaba vivo. Él había cuestionado y dado la vuelta a la imagen del rol de la mujer. Con Él habíamos sido valoradas por igual, se nos tomaba en serio, nos trataba con consideración, también cuando Él nos enseñaba sobre de la Ley de la Vida, el Reino de los Cielos y el pecado que el hombre se había creado. Nosotras fuimos integradas como algo natural y normal.

También los discípulos tenían dudas y preocupaciones sobre su misión antes de su partida, aunque de naturaleza muy diferente. Querían viajar en pareja para alcanzar la mayor cantidad de personas posible y al hacer los grupos de dos, recordaron al que faltaba: Judas Iscariote. Simón, el hijo de Cleofás, que siempre había estado en camino con Judas, no tenía compañero para el viaje. Por eso nominaron a dos hermanos la noche anterior a su partida, quienes, en su opinión, podrían llenar esa brecha. Debería ser alguien que conociera a Jesús desde hacía mucho tiempo. Por eso eligieron a José, primo de Jesús y a Matías de Belén, dos que habían conocido a Jesús desde hacía mucho tiempo, habiendo sido testigos de muchos momentos importantes del camino, como Su bautismo por Juan el Bautista, curaciones y Su resurrección, pues lo habían presenciado. Por votación se decidió cuál de los dos sería el más adecuado para su misión. La elección recayó en Matías, el más joven y culto de los dos. Esto cerró la brecha y los hermanos siguieron con determinación su camino.

La brecha en mi corazón se hizo claramente perceptible, más grande con cada paso que los discípulos daban alejándose de Betania. Se volvían cada vez más pequeños en el horizonte hasta que ya no se los podía ver. Su partida me entristeció, aunque no había una razón realmente obvia para ello, ya que querían volver en unos días. Las desavenencias y la hostilidad de los últimos días también habían dejado una huella en mí. Se sentía como si yo estuviera perdiendo la unidad con ellos. Me sentía separada y parecía que tardaría mucho, mucho tiempo el restablecerse de nuevo esa conexión.