Seguimiento

Al comienzo, 21.05.2020

También al día siguiente experimentamos, el que Cristo se nos apareciera. El Señor nos dijo:  «Así os hablo Yo para que Me podáis comprender: Yo soy el Ungido, que a través de la Resurrección se convirtió en Cristo. Yo cargué con el pecado del mundo. Cuando llegue el momento, la humanidad lo entenderá. Yo soy el fundador de un nuevo Tiempo, una nueva Justicia y una nueva Libertad. El Salvador ha cumplido con Su servicio, sin embargo, la tierra pasará. Pues sabed, Mi Reino no es de este mundo. Vuestro mundo pasará, pero Mi palabra permanecerá. Anunciad esto y llevadlo por todo el mundo.» «¿Cuál es el pecado del mundo?», quiso saber Pedro. «No existe el pecado. Vosotros creáis pecado con las cosas que hacéis. Esta es la razón por la que el Hijo del Hombre se encarnó entre vosotros: Para mostrar y mantener la Esencia Divina y conducir a la Creación de nuevo hacia sus raíces.» «Pero Maestro, ¿has salvado Tú la materia o va a perecer?» preguntó Felipe, que siempre había visto en Jesús al gran liberador que se opondría a la autoridad y al poder. «Cada forma, toda la naturaleza, toda la Creación fue creada a partir de la unidad, de la verdadera unidad conjunta. La creación del mundo contrario amenazaba con disolverlo todo. Yo morí por el pecado del mundo, con ello se salvó la Esencia, hacia la que todo va a ser conducido, pero todo lo que se aferre a la creación contraria perecerá.» Escuchábamos interiorizados, tratando de comprender. Cristo continuó: «Este es el motivo por el que enfermáis y morís, pues la materia es perecedera. Sin embargo, Yo no soy perecedero, ni tampoco lo es vuestro espíritu. La materia trajo atadura y sufrimiento que se opuso a Dios, y que ningún ser humano puede solucionar. Esto fue seguido por una perturbación de todo el sistema de la Creación. En verdad, Yo os digo, todavía tengo mucho que deciros, pero ahora no lo podéis soportar. Si Me amáis, apacentad Mis ovejas, id y preparad el camino para las buenas nuevas de Dios vuestro Padre y de Su Hijo, el Redentor. Depende de vosotros, ahora debéis ser mensajeros y alabar Mi nombre para que pueda convertirse en salvación. ¡Yo vine para liderar en justicia! Yo soy Jesucristo, vuestro Señor, Rabino y Maestro, y os he precedido en el camino. ¡Seguidme, pues Mis discípulos y discípulas deberán convertirse en apóstoles! Vuestro mundo pasará, pero Mi palabra permanecerá. Anunciad esto y llevadlo por todo el mundo. ¡Sed bendecidos, pues Yo permanezco con vosotros, todos los días, todos los días hasta el fin de los tiempos! ¡Shalom, la paz esté con vosotros, Shalom!»

La enseñanza había terminado. Después de unos momentos de silencio, miré las caras de los discípulos y discípulas. Los rostros no podrían haber sido más diferentes. Unos estaban profundamente conmovidos, con el pecho ensanchado, otros con los ojos cerrados en profunda interiorización, los siguientes con lágrimas de alegría en sus ojos brillantes, otros aún paralizados, inexpresivos y algo inseguros. En la siguiente conversación, rápidamente se hizo evidente que, como ya había sospechado por mi observación, la enseñanza de nuestro Señor nos había conmovido de forma distinta a cada uno de nosotros. Los varones expusieron su entusiasmo, en especial por las palabras que el Señor había dicho al final. Fue un llamamiento para informar a la humanidad, que Jesús no había muerto, que Cristo resucitado era el Mesías y Redentor de todos, y esto ahora había sido demostrado por la resurrección. Hicieron planes sobre quién debería ir y en qué dirección se podría anunciar esto. Nosotras, las mujeres, nos sentíamos en especial reconfortadas, consoladas y en buenas manos. A su vez veíamos las palabras de Jesús más bien como una visión de futuro, que prometía esperanza en una situación desesperada, como fortalecimiento de nuestra alma. Los varones también se sentían fortalecidos y querían comenzar de inmediato a predicar la verdad. La verdad sobre Jesús de Nazaret, la verdad sobre su muerte en la cruz, que no fue una derrota, sino que más bien Le convirtió en el Mesías, aunque eso era precisamente lo que nos costaba entender. La perspectiva de poder hacer algo les quitó las emociones negativas de los últimos días, también el sentimiento de culpa por no haber hecho nada, por haber dormido en el huerto de Getsemaní y por no haber evitado el sufrimiento que tuvo que experimentar nuestro Maestro.

Las diferencias de comprensión sobre el significado de las palabras de Jesús y lo que teníamos que hacer a continuación hizo que la atmósfera de unidad y comunidad que acabábamos de conseguir se transformara en discordia. El pequeño grupo se dividió nuevamente en dos bandos, unos querían anunciar inmediatamente lo que le había sucedido a Jesús, los otros querían esperar. Los vacilantes dieron a entender que primero querían comprenderlo mejor ellos mismos, tal vez Jesús aparecería otra vez y les daría nuevas instrucciones. Pero Bartolomé no quería esperar: «¡Él también hará eso cuando informemos sobre Él!» También su amigo Felipe estaba de acuerdo: «Sí, Él dijo claramente, que cuando nos reunamos en Su Nombre, ¡Él estará con nosotros!» Ambos estaban contentos de que finalmente entrara movimiento en este asunto. «¡También escuchasteis que dijo que deberíamos proclamar el amor de Dios y transmitir Su enseñanza!», dijo Juan para reflexionar, pues el mensaje del Rabino era para él inconfundible. Pero Johanna lo veía de otra manera: «Sí, ¿pero ahora enseguida?, yo tengo la sensación de que todavía no es el momento, pues todavía es un poco temprano. ¡La muerte de Jesús sucedió hace solo unos días!» «¡El momento nunca podrá será mejor, ahora todo eso es actual, pues más tarde nadie estará interesado en los acontecimientos y se olvidarán de Jesús!», opinó Tomás con entusiasmo. Sus mejillas se habían enrojecido. «Creo que deberíamos tomarnos un poco de tiempo. Jesús nos seguirá enseñando y fortaleciendo. Mi sensación dice: ¡Esperemos un poco más!», dijo Jochebed. «Yo creo sentir que con el seguimiento Él se refería más bien a un seguimiento en el interior.», dije yo, tratando también de frenar un poco el entusiasmo de los hermanos. «¡Sensaciones, sensaciones! Yo os digo una cosa: aquellos que piensen quedarse aquí y jugar con sus pulgares mientras transcurre un tiempo valioso, pueden hacerlo. ¡Yo me pondré en marcha! ¡Nuestros amigos de Galilea deben ser informados!», dijo Juan con firmeza. «¡Al menos encontremos una solución conjunta! Si creéis que tenéis que poneros en marcha enseguida, entonces hacedlo. ¡Aquellos que todavía no se sientan preparados se quedan aquí! Dentro de dos semanas nos volvemos a encontrar y nos contamos lo que hemos vivido. Así cada uno puede hacer lo que sienta que es correcto.» Una vez más fue María la que encontró las palabras adecuadas para equilibrar esas discrepancias que estaban surgiendo. El repentino final de esa agitada discusión terminó abruptamente la conversación. Así que eso fue un asunto concluido. El pequeño grupo debería dividirse.