Dudas

Al comienzo, 20.05.2020

Salí a pasear en la noche fría. Había dado vueltas y más vueltas en la cama sin poder dormir. Estaba inquieta y triste. El cielo era lo suficientemente claro como para encontrar el camino hacia las grandes piedras del olivar, allí quería sentarme y encontrar tranquilidad. Una y otra vez me dolía el evidente rechazo de Pedro y Andrés. «No podemos soportarla más …», esa frase que Pedro dijo con desprecio resonaba en mí. Sentía una amargura con la que luchaba y me pesaba desde hacía mucho tiempo, pues una y otra vez surgían desavenencias y hostilidad. Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas. Recordé el momento en el que nos conocimos. En aquel entonces todavía llamábamos a Pedro, Simón el pescador. Me había impresionado ese hombre alto, barbudo con sus manos fuertes. Él era fuerte y leal a Jesús. Sin dudar habría hecho todo lo posible por Su Maestro. Había abandonado su amada pesca para seguirle a Él. Cada vez que llegábamos a una aldea, él llamaba a la gente, y si ya eran demasiados, los echaba a un lado para que el Maestro encontrara un lugar para hablar. Quitaba los obstáculos para Jesús, pero al cabo de un tiempo también me sintió a mí como un obstáculo. En mis recuerdos le escuchaba dirigirse a su Señor: «María Magdalena – Miriam – debería marcharse de nosotros, pues las mujeres no son dignas de la vida.» Jesús le respondió: «Mira, Yo la conduciré y fortaleceré, para que ella también se convierta en un espíritu vivo y fuerte. Pues cada mujer, si se fortalece, entrará en el Reino de los Cielos.» Ahora me senté sola en la oscuridad y lloré ¡Sin rastro de fortaleza! En mi desesperación dirigí la palabra al Señor: «Señor, mi Maestro, me siento débil e indigna. Mis hermanos no me toman en serio y me rechazan. ¿Cómo puedo amarlos? Estoy herida y me siento pequeña e insegura. No voy a conseguir poder seguirte a Ti. ¿Cómo puedo amar a mis enemigos si ni siquiera lo consigo con mis hermanos?» Parecía como si los discípulos y yo habláramos un idioma diferente. Sabía que muchas de las desavenencias surgían por malentendidos, y sin embargo, era muy difícil de comprender. Habíamos escuchado las mismas palabras de nuestro Rabino, sin embargo parecía como si ellos escucharan algo completamente diferente en ellas. Si ahora las palabras de Jeschu producían una discrepancia tan grande en nosotros, ¿qué sucedería cuando Él ya no estuviera aquí para explicarnos lo que quería decir? ¿Cómo podíamos difundir Sus palabras si cada uno de nosotros había entendido algo diferente? No podía imaginarme cómo eso iba a ser posible. Mis dudas y mis miedos sobre lo que pasaría, aumentaban cada vez más. «Señor, oh Señor, ¿fue todo equivocado? ¿lo hicimos todo mal? ¿fue ese el motivo por el que Tú te marchaste? No lo vamos a conseguir, ¿es cierto? Tal como Tú tuviste que marchar hoy cuando discutiamos, del mismo modo Dios te sacó a Ti, pues nosotros no Te merecíamos.» Cada vez me sentía peor, cada vez más insegura. «¡Oh, por favor Señor, ayúdame! ¡Ayúdame, Maestro mío, a comprender, mis ojos están ciegos, no puedo ver!» De pronto escuché una voz dentro de mí, que decía: «Miriam, aprende a comprender lo que tanto te duele. Aprende a comprenderte a ti misma y así también aprenderás a comprender a tus hermanos. Con ello desarrollarás la fortaleza interna para aprender a soportar su falta de comprensión. Solo entonces serás lo suficientemente resistente para aprender a ver y a escuchar lo que no puedes ver en tu decepción. Entonces podrás desarrollar la fortaleza para poder superar eso. La fortaleza máxima y más grande está en ver a todos en su imperfección y al mismo tiempo comprender su perfección, afirmar y amar ambas por igual.»