Recuerdos

Al comienzo, 19.05.2020

Estábamos allí, afectados y avergonzados. Habíamos discutido ante nuestro Maestro. Durante Su vida Él se alejaba de nosotros cada vez que estábamos en desacuerdo. Pedro estaba visiblemente afligido, pues tenía grandes dificultades para comprender que en el seguimiento de Jesús el papel de la mujer era diferente al habitual en la sociedad. A menudo se sentía incómodo y no podía entender nuestros razonamientos de mujeres. Pero se tomó en serio las palabras de Jesús y me dijo: «Hermana, sabemos que el Redentor estaba más cerca de ti que de otras mujeres. Dinos las palabras del Redentor que recuerdes, las que conoces, las que nosotros no escuchamos.» Antes de que yo pudiera hablar, tomó Juan la palabra: «¿Ha hablado Él en secreto con una mujer, nos ha ocultado algo? ¿Y ahora tenemos que seguirla? ¿La prefirió a ella más que a nosotros?» Juan siempre se enorgullecía de comprender a Jesús mejor que los pescadores, que eran menos cultos y no conocían las Escrituras. Con ello cortó de raíz el intento de unificarnos de Pedro. Así desaparecieron totalmente la esperanza y el valor que Jesús nos había dado con Su aparición. La alegría y la dicha se transformaron en una sensación de desesperanza y tristeza. ¿Cómo iba a continuar esto? ¿Cómo sería posible superar la envidia, la incomprensión y la desconfianza entre nosotros, que cada vez más iban en aumento?

Así no podíamos ni debíamos separarnos. Normalmente el Señor siempre encontraba la manera de unirnos de nuevo. Yo tenía que intentar hacer algo parecido. ¿No nos dijo Él que debíamos seguirle? ¿No era esa misma situación una posibilidad para hacer lo que Él nos pedía? Yo decidí correr el riesgo, me armé de valor, me levanté y les dije a mis hermanos y hermanas: «Nada debe separarnos, yo voy a compartir con vosotros lo que Él me ha enseñado. No dudéis, pues Él nos ha llamado a todos en Su seguimiento. Cada uno de nosotros es igualmente importante, ninguno es más grande que el otro. Honremos Su grandeza, pues Él nos ha preparado y conducido hacia la vida a cada uno de nosotros.» «Lo que ha pasado y está sucediendo es nuevo para todos nosotros. Y juntos tenemos que encontrar la forma de superar la situación», dijo María, Su madre, tratando de ayudarme. «¿Qué propones tú?», preguntó Johanna. «Intentemos recordar juntos las palabras que nos dirigió nuestro Rabino. De esta manera Él estará con nosotros sin estar aquí.», propuso María. «¿Quizás primero podríamos orar juntos, tal como aprendimos de Jesús?», intentó continuar Lázaro. Su hermana Marta estaba de acuerdo: «Creo que es una buena idea. ¡Pidamos a Dios que nos ayude a comprender mejor!» «Siento la necesidad de que recordemos todo lo bueno y maravilloso que hemos vivido. Jesús fue nuestro maestro. ¡Sin Él falta todo!», dijo al tomar la palabra la tranquila Susana. «Bueno, todo el que lo desee puede agradecerle a Él por algo que valorara especialmente o que recuerde con cariño», asintió su hermana. Se sintió claramente el cambio en la sala. Aunque afuera estaba oscureciendo, entre nosotros se volvía cada vez más luminoso, la consternación y la presión parecían disolverse. Marta encendió una lámpara de aceite, la colocó entre nosotros y dijo: «Su sonrisa y Su cordialidad hacían desaparecer todos los pensamientos oscuros y daban calidez a mi corazón. Eso me falta.», y se sentó de nuevo. «Él tenía esa serenidad y estaba por encima en cada situación.», dijo Mateo. «Su amor hacia todas las personas, sin aversión ni vergüenza, sin importar lo que vistieran, era inconmensurable.», agregó María, la hermana de Marta. «¿Os acordáis cuando estábamos en el bote y la tormenta rugía en nuestro entorno? ¡Él se acostó en el medio del bote, durmiendo felizmente como si no pasara nada! Le despertamos, Él se levantó y calmó la tormenta como si fuera la cosa más natural del mundo.» «Fue increíble, pero así fue, en pocos minutos la tormenta terminó», recordó también Andrés. «Tan natural como cuando Él salió conmigo una mañana y pescó muchos más peces que yo.», «Como si Él mismo fuera pescador.» «Él hizo siempre un trabajo impecable, en todo. Era rápido y de confianza como ningún otro, nuestros clientes le tenían cariño. Muchos querían contratarnos solo por Él.», recordó su hermano Jacobo durante el tiempo en el que trabajaron juntos como carpinteros.» «Y luego nuevamente se marchaba por unos días, simplemente desaparecía. Casi como ahora.» Estuvimos sentamos juntos por un buen tiempo y nos contamos lo que habíamos vivido con Jesús. A medida que la velada llegaba a su fin, la concluimos tal como Jesús nos había enseñado, con una oración todos juntos: «Tú eres nuestro Padre en los Cielos, santificado sea Tu nombre. Venga a nosotros Tu Reino. Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo. Tú nos das hoy nuestro pan de cada día. Tú perdonas nuestras deudas y nosotros perdonamos a nuestros deudores. Tú nos conduces también en la tentación, y nos redimes del mal. Pues Tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria, de eternidad a eternidad.»