Uvas y grano

Al comienzo, 18.05.2020

El día siguiente era un sábado. Después de desayunar juntos, nos sentamos por la mañana para compartir nuestras experiencias de anoche. Para mi asombro rápidamente se me hizo claro, que no todos habían escuchado ni visto a Jesús. Dos días antes, cuando Él se nos había aparecido a un grupo más reducido, después de que los primeros contaran lo que habían vivido, muchos de los presentes fingieron haberle visto y escuchado. Al parecer, nadie quería quedar mal ni delatarse por no haber visto ni escuchado nada. No había notado este engaño en absoluto, pues yo misma había visto y escuchado a Jeschu. Solo cuando estuvimos en el grupo más grande y gracias a las diversas explicaciones sobre lo que cada uno había experimentado, entonces se atrevieron algunos a admitir que lo habían vivido de manera diferente. Unos pudieron percibirle y sentirle, otros solo pudieron escucharle y no vieron nada. Solo unos pocos pudieron verle y escucharle. Parecía como si eso se tuviera que desear, sumergirse en ello, como si uno tuviera que prepararse para ello. Si no sucedería un milagro, pasaría desapercibido sin que uno se diera cuenta. Estuvimos de acuerdo en que si Cleofás y su hijo no hubieran invitado al forastero a cenar, no lo habrían reconocido como nuestro Maestro. Por eso decidimos en el futuro, invitar al Señor a estar con nosotros para que Él fuera visible para nosotros. «¡A mí también me encantaría oírle!», dijo Lea, «¿no podrían los que pueden escucharle, traducirnos lo que Él dice?» «Ella tiene razón. Lo que Él dice es importante para todos nosotros.», estuvo de acuerdo Amós. Aquellos que habían escuchado a nuestro Maestro se miraron con interrogación. «¿Es esto posible?», dijo Pedro. «Creo que sí, al menos podemos probarlo. Solo hay que repetir lo que se escucha.» «Sí, pero después todos hablan al mismo tiempo y desordenadamente.» «Entonces solo uno de nosotros debería asumir esta tarea. ¿Quién le escuchó?» Algunos levantaron la mano. Mi mirada giró en torno al grupo. En la segunda fila estaba sentada María, Su madre, que levantó la mano de forma cautelosa. «Yo propongo que María asuma esa tarea», la sonreí alentadoramente, «¡Ella Le conoce mejor que todos nosotros!» Después de que nadie se opusiera, ella estuvo de acuerdo: «Lo intentaré lo mejor que pueda.» Con la esperanza de que nuestro rabino volviera a aparecer, empezamos a orar juntos. Nos sentamos con los ojos cerrados y nos sumergimos en agradecimiento a nuestro Señor y en la alabanza interior a Dios, nuestro Padre. Tomás, que había visto claramente al Señor con Sus heridas el día anterior, todavía estaba profundamente conmovido por esa experiencia. Así también fue él, el primero en percibir al Señor: «¡Señor, verdaderamente eres Tú! ¡Tú has venido realmente a nosotros!» María escuchó las palabras de Jesús en su interior y las pronunció: «Sí Tomás, realmente soy Yo.» Fueron las mismas palabras que yo había escuchado en mi interior. Cleofás pudo ver claramente a Jesús: «¡Señor, Tú estás de nuevo con nosotros! ¡Ahora Te reconozco!», dijo él, tomando su cabeza con ambas manos y moviéndola para asegurarse de que no era una ilusión. «¿Cómo puede ser? ¿Nos hemos vuelto todos locos?», esta fue la voz de Andrés, que se había levantado de un salto de su silla de modo que la silla cayó hacia atrás con un ruido sordo. Juan dijo en voz baja: «Es la verdad. Miriam nos dijo que Tú estabas vivo, pero no pudimos creerlo.» Nuevamente escuché y acogí las palabras de Jesús en mí y al mismo tiempo a través de María: «Ved y entended: Jesús, el Hijo del Hombre, experimentó la injusticia para acoger así las culpas de los seres humanos y liberarlos del mundo de satanás. Yo di Mi cuerpo como un pan que comparto con todos los que lo deseen. Yo derramé Mi sangre para todos los que deseen ser liberados. Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida. Si participáis de Mi cuerpo y de Mi sangre, entonces seréis conducidos hacia la verdad y encontraréis la vida.» Cuando escuché estas palabras, recordé algo: «Jeschu, en nuestra última cena antes de ser arrestado también hablaste de pan y vino. ¿Cómo podemos entender eso?» «Ten en cuenta Miriam: Una vid crece hasta que da uvas. Solo cuando sus frutas estén maduras podrán ser recolectadas para convertirlas en vino. El trigo debe trillarse primero, la paja debe separarse del trigo y solo entonces el grano puede transformarse en harina.» «Todo necesita su tiempo.», dije pensativa y traté de comprender, «solo cuando las uvas estén maduras y el trigo se haya separado de la paja, ¿podrán ser comestibles para la gente?» «Pero antes hay otro paso importante, Miriam. El grano tiene que ser molido para hacer harina y la uva ser pisada con los pies. A continuación tiene que fermentar durante mucho tiempo para convertirse en vino.» «Entiendo que eso significa que …», antes de que pudiera terminar la frase, Pedro me interrumpió y se paró frente a mí: «Nuestro Señor y Maestro se nos aparece y no tienes nada mejor que hacer que hablar con Él sobre la elaboración del vino. ¡Si pasaras más tiempo en la cocina, como Marta, conocerías mejor esos procesos!» Luego dirigió su palabra al maestro: «Rabino, no podemos soportar más a esta mujer que habla sin parar, nos quita la oportunidad y no deja hablar a los demás.» Jesús respondió hablando a todos: «Para que entendáis lo que estoy diciendo, todos aquellos en los que la fuerza de su espíritu desee elevarse, que den un paso al frente y hablen.» Susana, que normalmente era bastante callada, tomó en serio la invitación de Jesús. Dio un paso adelante y dijo: «Una uva no puede seguir siendo una uva, si desea convertirse en vino. El grano, no puede seguir siendo grano, si se desea convertir en pan. ¿Es correcto?» Jesús acogió las reflexiones de Susana: «Una uva también nutre a las personas, pero cuando se convierte en vino, se ennoblece. El grano, sin embargo, tiene que ser molido para convertirse en harina y con agua convertirse en pan.» Después volvió a hablar a todos: «Aprended a tomar en serio a vuestras hermanas, ellas completarán la obra Conmigo y la llevarán hacia el Tercer Tiempo, en Mi conducción y en la Voluntad del Padre.» «¿Y cuándo acontecerá eso?», preguntó Simón el Zelote. Y Jesús le respondió: «En verdad, en verdad, todavía llevará un tiempo, Mi mensaje debe ser anunciado por toda la tierra para que todos Me escuchen y cada uno pueda decidir libremente lo que quiere hacer. Tanto si puede creer como si no.» Pero entonces surgieron muchas preguntas en los presentes que eran demasiado humanas, demasiado desconfiadas y demasiado curiosas. Y con ello desapareció Jesús de nuestra vista.