El forastero

Al comienzo, 14.05.2020

«¿Vosotros le visteis a Él? ¿Dónde? ¿Cuándo?» Sentí un hormigueo en mi barriga por la emoción. Todos esperaban con interés y querían escuchar lo que Cleofás y su hijo iban a decir. Cleofás habló: «Anteayer nos pusimos en camino para contar a nuestros primos lo que había sucedido con Jesús en Jerusalén. Así que partimos y luego, no sabemos cómo, un hombre nos acompañó de repente.» «¿Cómo de repente? ¿cómo puede ser eso?», preguntó alguien rápidamente. «Ninguno de nosotros puede recordar exactamente cómo, ni de dónde vino a nosotros. De repente el forastero estaba ahí sin que nosotros nos hubiéramos dado cuenta ni lo notáramos. Tampoco lo sentímos extraño, solo estaba ahí.» «¿Qué significa eso? ¿No le reconocisteis a Él? ¡Entonces tampoco fue Jesús!» Había una gran tensión en la sala. «¡Ahora escuchad primero! ¡Seguid contando!» Cleofás continuó: «Empezamos a conversar. El forastero se dio cuenta de que algo nos preocupaba. Nosotros le dijimos que estábamos afligidos en duelo por nuestro rabino. Él preguntó sobre lo que había sucedido. Nos acompañó y le contamos sobre la gran pérdida que habíamos sufrido y nuestra tristeza al sentir que Dios nos había abandonado a Jesús y a nosotros. Le dijimos que nuestro rabino tuvo que morir en la cruz de forma indigna y ridiculizado ante todo el mundo, martirizado con gran crueldad, torturado inocentemente, y al final incluso olvidado por Dios.» El hijo de Cleofás hizo uso de la palabra: «Le contamos lo que habíamos vivido con nuestro Señor y qué persona tan maravillosa había sido. Nos quejamos de la injusticia de Dios al quitarnos a Jesús, que podía haber traído tanta salvación como nuestro Salvador, Redentor y Mesías. El forastero nos consoló opinando, que si nuestro rabino había sido llevado fuera del ámbito de los vivos, sin que nunca hubiera hecho mal a nadie, Dios, el gran y todopoderoso, sabría cómo guiar a Su hijo. Sí, incluso dijo que el castigo que había caído sobre Él había sido para que nosotros pudiéramos encontrar la paz.» «Entonces el forastero incluso citó las escrituras», agregó Cleofás, «y dijo: „brotó como un grano de arroz y como una raíz en tierra seca“.» «Pensamos que Él había sido maltratado, golpeado y torturado por Dios. En realidad Él asumió nuestra enfermedad y cargó con nuestro dolor. Él fue herido por nuestras malas acciones y maltratado por nuestros pecados.» «Nos sentimos muy bien comprendidos por el forastero y sus palabras fueron capaces de darnos un gran consuelo. Por eso fue lógico que al llegar finalmente a Emaús, invitáramos al forastero a ser nuestro huesped a la cena.» «Estando sentados a la mesa juntos cuando nuestro acompañante rezó igual como Jesús había orado. Al final dijo: „Ahora compartid vuestro pan y ved, esto es Mi Cuerpo, entregado en favor vuestro.“» «Nos sorprendieron estas palabras y cuando abrimos los ojos después del primer susto, el forastero había desaparecido. ¡Os cuento tal como sucedió! ¡Él no tenía Su aspecto, pero hizo todo tal como Jesús lo habría hecho!» dijo Cleofás concluyendo la explicación. «¿Es posible que Su espíritu haya entrado en el cuerpo de otra persona?», interrumpió Jacobo, tratando de interpretar el relato de su padre. «O fue simplemente una casualidad que dijera palabras similares. Pues son muchos los que han imitado a nuestro Maestro, especialmente eruditos.», interrumpió Pedro. «Ahora se aprovechan de Su muerte y se hacen importantes a expensas de Jesús. ¡Eso es indignante!», dijo Salomé irritada. «¡No, no! Comprended: Fue nuestro Señor, nuestro maestro. ¡Solo que no Le reconocimos!» «También nosotras Le vimos. Él también estuvo con nosotras. Es tal como nos lo predijo, Él ha resucitado de entre los muertos.» María, la madre de Jesús, había hablado y sus palabras nos hicieron conscientes de la consecuencia de los acontecimientos y del relato, planteando todo lo que había sucedido visto desde otra dimensión. Habíamos experimentado un gran milagro y teníamos que esforzarnos para comprenderlo realmente.

Ninguno de los presentes sentía la necesidad de irse de Betania. Decidimos reunirnos después de la cena para rezar juntos y conversar sobre lo que había sucedido. A pesar de todas las discrepancias habidas, el estar juntos fue algo reconfortante y el compartir con el diálogo nos ayudó a asimilar lo que habíamos experimentado. Ahora todos sentimos que algo especial estaba sucediendo. Estábamos acostumbrados a eso, pues la vida con Jesús siempre había tenido un suspense especial. Cuando viajábamos con Él siempre habían nuevas sorpresas, giros inesperados y encuentros especiales. Nunca hubo rutina ni monotonía. El tiempo que habíamos vivido juntos había sido como una aventura, emocionante, alegre y, a menudo, profundamente conmovedor. Después de Su muerte no sentimos más todo eso. Pero ahora parecía como si esas sensaciones volvieran a nosotros, y se sentía tal como antes había sido. Era como si estuviéramos otra vez en el camino con Él. Poco a poco iba comprendiendo en mi interior: ¡Si Él realmente hubiera resucitado, entonces vendría otra vez a nosotros!

También los demás parecían sentir que algo especial estaba sucediendo, y así cada día nos buscábamos nuevos acompañantes, desconocidos y forasteros. Pues muchos habían venido a Betania por una necesidad interna que los había guiado. Por la tarde, cuando nos encontramos en la gran sala sobre el granero, vi a Chanah y Jochebed con su hermano Ilan, que eran de Galilea. También a Marjalit con sus hijas Judit y Rahefet de Kerak. Ester y Amos vinieron de Belén con su hijo Matías, pues eran amigos de María y habían conocido a Jeschu desde niño. También vinieron Jacobo y José, los hijos de José. Especialmente María, la madre, se sentía especialmente complacida con su apoyo y ayuda.

Marta y su hermana María habían encendido lámparas de aceite. Nuestro estado de ánimo era muy espiritual e interiorizado y al mismo tiempo tenso. Sin muchas palabras cada uno de nosotros entró en una oración silenciosa. Yo estaba contenta con este cambio, en contraste con las acaloradas discusiones y la oposición mutua que había surgido repetidamente en las conversaciones de los últimos días. Fue como un gran suspiro de alivio y sentí como si un espíritu pacífico y tranquilo se apoderaba de mí. Me senté allí orando en silencio, y como de la nada sonó una voz: «¡Donde quiera que estéis reunidos, y me llaméis por Mi nombre, allí estaré Yo, en medio de vosotros!» «¡Señor, eres realmente Tú!», exclamó Pedro. «¡En las manos del Padre encomendé a Mi Espíritu y resucité de entre los muertos al tercer día, tal como siempre os había dicho! Es un gran acontecimiento. Yo he sacrificado Mi cuerpo, el cordero ha asumido los pecados del mundo. Nadie llega al Padre, sino a través de Mí. Esto está ahora depositado en todas las almas.»

Mi interior comenzó a temblar. Era una mezcla de emoción y gran alegría con duelo y tristeza, como un anhelo. Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas. ¡Jeschu estaba allí! ¡Él no nos había dejado solos y nosotros no nos habíamos equivocado! Vi en los rostros de los demás, que sentían algo similar. Ser parte de ese milagro fue algo increíble. Y con cada palabra que Jeschu pronunciaba nos hacíamos más y más conscientes de ello. Sin poder entender ni explicar cómo era posible que nuestro Maestro volviera a nosotros después de Su muerte, Él estaba de nuevo entre nosotros, enseñándonos como siempre lo hizo. Poco a poco, disminuyó la tensión en los rostros y nos volvíamos más y más felices con cada palabra que se nos permitía escuchar.

«¡No os desaniméis, permaneced en vuestra fe, con vuestro Dios y con nuestro Padre, que siempre está con vosotros! La palabra de los profetas se ha cumplido. El Hijo del Hombre fue burlado y ridiculizado. Él fue martirizado, pero sufrió voluntariamente, y no abrió la boca, igual que un cordero que es llevado al matadero y silencioso como una oveja frente al esquilador, así estaba Yo ante el que me sentenció. Yo no he venido para juzgar, sino para cumplir la Ley. Tal como vosotros lo haréis algún día.» «¡Maestro, oh maestro, estamos muy agradecidos por Tus palabras!» «¡Juan, deja que tu fe se vuelva firme e inquebrantable y tus palabras también mostrarán a la humanidad el camino!» «Señor, ¿puedo tocarte?» «Oh Tomás, mira Mis heridas en manos y pies. Date cuenta: ¡Lo que ves, es real, cáptalo! ¡Si aprendes a creer, podrás comprender!» «¡Es un milagro!» «¡Tantos milagros que habéis experimentado Conmigo, muchos milagros que deberían haber fortalecido vuestra fe y que deberían ayudaros para que así vosotros podáis contar sobre el Amor de nuestro Padre, pues Él perdona a todos y también ahora que vosotros estáis redimidos! ¡Deberíais poneros en marcha entusiasmados y llevar esto en todas las direcciones, pues esto se extenderá por pueblos, ciudades, regiones enteras de las naciones, y los continentes serán captados por el mensaje de alegría de la vida y de la buena esperanza! Vosotros habéis acogido Mis palabras en vuestro interior. Son como semillas que darán fruto y así podréis ayudar a muchas personas. ¡Estaré con vosotros todos los días! ¡Paz, que la paz esté con vosotros, mis hermanos y hermanas! ¡No os desaniméis, pues Yo estoy con vosotros, como un pastor que está con sus ovejas y no las abandona! ¡Así es como debería ser! ¡En Su nombre, Shalom!»

El silencio que llenaba la sala duró mucho tiempo. Estábamos profundamente conmovidos y tan elevados que durante mucho tiempo no nos atrevimos a movernos. Queríamos acoger, mantener y extender ese momento lo más posible. Nadie quería irse ni perturbar la vibración elevada. Al cabo de un tiempo fue levantándose cada uno en silencio, sin pronunciar palabra y nos fuimos en la noche.