La reunión

Al comienzo, 07.05.2020

Yo había dormido inquieta, constantemente pensaba en Jeschu, que tanto nos había profetizado y explicado, pero que ahora parecía no funcionar. Yo intentaba relacionar los fragmentos de recuerdos, pero no podía entender, ni podía comprender cómo iba a suceder todo. Me levanté y fui a la cocina. María y Marta estaban ocupadas con los preparativos y durante el transcurso del día se agregaron cada vez más ayudantes y así todo estaría listo para el encuentro por la tarde.

Hoy se reunía por primera vez el grupo central, todos los seguidores que realmente habían estado en camino con Él. Yo estaba totalmente tensa. ¿Cómo iba a ser el volver a ver a todos, sin Él? Llena de dolor me acordé de Jeschu. Nunca había sido fácil, incluso cuando Jesús todavía estaba entre nosotros, pero ahora me sentía infinitamente abandonada, incomprendida y sola. «¿Dónde estás Jeschu? ¿Dónde estás Tú?» Mi corazón estaba pesado y, sinceramente, no es que tuviera muchas ganas de reunirme de nuevo. Las últimas reuniones habían sido difíciles y dolorosas y todavía me sentía profundamente lastimada por el hecho de que nadie me creyó cuando dije que Jesús se me había aparecido, nadie quería saber lo que Él me había dicho. Ese encuentro fue rechazado viéndolo como una alucinación y fantasía femenina. Es evidente que todo había sido difícil para nosotros en esos días. Pues estábamos profundamente conmocionados por todo lo que habíamos vivido, por el dolor y el shock de que nuestro Maestro hubiera muerto de una manera tan vergonzosa. A pesar de que Él nos lo había anunciado tres veces, ninguno de nosotros pensaba que eso iba a suceder de verdad.

Al lado de María, Su Madre, entramos en la sala donde con frecuencia nos habíamos reunido con Jesús. María estaba silenciosa, interiorizada, tal como lo había sido en los últimos días. Pude sentir su gran dolor. Un recuerdo surgió en mí: Yo estuve allí cuando ella gritó, sacando de sí su inmenso dolor, sosteniendo la cabeza del Jesús muerto en su regazo, manteniendo su torso, llorando y meciéndose con Él. Vi cómo lentamente ella se calmaba de nuevo, hablando bajo y diciendo muy suavemente: «Padre, que se haga Tu voluntad, que se haga Tu voluntad. Tu voluntad se hizo.» Nadie más que yo había escuchado esas palabras tranquilas de la madre, quien al servicio de Dios ayudó a su hijo a cumplir su difícil misión, convirtiéndose así una madre de dolor. Yo estaba feliz y agradecida de estar cerca de ella, pues en cierto modo así me sentía cerca de Él. A pesar de que María estuvo durante la conversación de ayer en la discordia de los discípulos, parecía cambiada e irradiaba algo especial, como esperanza y confianza. Un ligero consuelo en esta difícil situación. Cuando entramos juntas en la sala, hubo un breve silencio. Vi a Salomé y Zebedeo sentados junto a sus hijos Juan y Jacobo. Jacobea había venido con Jacobo y Simón. Pedro y Andrés se habían sentado en la zona delantera. Nos sentamos al lado de Susana, Johanna, María y Marta. La tranquilidad no duró mucho. Al escuchar las primeras palabras, rápidamente se hizo evidente que todos estaban alterados. Muchos estaban atrapados en grandes dudas. Se discutía y especulaba en todas direcciones hasta que finalmente se pronunciaron las palabras: «¿Qué pasaría si todo hubiera sido solo una imaginación, y Jesús no ha sido el gran enviado de Dios que pensábamos que era? ¡No existe ninguna prueba o evidencia! ¿quizás nos ha engañado a todos?» Tras estas palabras se hizo un silencio vergonzoso. Yo no podía creer que hubiera sido posible pensar tales pensamientos. Jacobo, el hermano de Juan, fue el primero en encontrar palabras nuevamente: «¿Por qué no se defendió Jesús? ¿por qué se entregó sin defenderse?, esto no lo puedo comprender.» Los discípulos no comprendían ni entendían la situación de debilidad de su amado Maestro. Le habían admirado, habían confiado totalmente en Él y habían seguido su ejemplo con orgullo. Para ellos fue una amarga decepción y ponía en cuestión todo lo que habían experimentado junto a Jesús. Desde hacía mucho tiempo me resultaba claro que ellos no entendían las explicaciones del Señor. Con frecuencia pensaban que Él era demasiado bondadoso, demasiado amable y demasiado débil. Ellos deseaban un líder fuerte, un maestro que adoptara una postura firme cuando entre ellos hubiera discordia y faltara la unidad. Cada vez que había enfrentamientos entre ellos, Jesús permanecía siempre imparcial. Él mediaba, mostraba una visión diferente, era claro y se mantenía vinculante para conseguir la unidad. Con frecuencia podía comprender Su actitud, pues yo podía acoger Sus emociones dentro de mí.

La sala estaba llena de pensamientos pesados mientras comíamos juntos. Nuestras miradas todavía estaban perdidas. Yo estaba enojada, ofendida, otros estaban tristes, descontentos y confusos, y a su vez otros estaban malhumorados y distantes. Positivo era, que habían venido muchos, pues con la oración posterior y al dar las gracias por la comida todos se volvieron más benévolos. La conversación también tomó una dirección diferente. Contamos todo lo que habíamos vivido en los últimos días. Algunos hermanos y hermanas se sintieron vigilados por los soldados romanos, fueron interrogados y algunos incluso fueron acosados. Me di cuenta de qué seguros nos habíamos sentido todos siempre al lado de Jesús. Esta seguridad había desaparecido con Él, nuestro futuro se había ido con Él, pues habíamos confiado completamente en Él. ¿Cómo íbamos a seguir sin Jesús? Después de que todos informaran, habló Simón Pedro: «Nos hemos reunido hoy para debatir si sería apropiado organizar una fiesta de despedida para nuestro maestro. Las mujeres opinan que quizás muchos lo habrían deseado.» Johanna trató de explicar: «Ellas preguntan, pues no pueden comprender lo que sucedió, y quieren saber más detalles sobre las circunstancias.» «¿Y qué podemos aportar nosotros aquí, si tampoco comprendemos lo que sucedió?», respondió Andrés. «Muchos del grupo están conmocionados y llenos de dudas, pues creyeron ver en Jesús al libertador y salvador.», habló Mateo intentando apoyar lo que decía Johanna. «¿Cómo podemos explicarles lo que sucedió, si nosotros mismos no lo hemos entendido? ¡Él está muerto! ¡Eso es un hecho!», explicó Simón y Jacobo asintió con la cabeza. «Sí, pero reflexionad: si no hacemos nada, parecerá como si Jesús hubiera sido un mentiroso y un narrador de cuentos.», respondió Mateo nuevamente. Él reconoció la seriedad de la situación y yo percibí el miedo en sus palabras. Entonces tomé la palabra y dije: «¡Cualquiera que haya visto morir a Jesús en la cruz sabe que ese acontecimiento solo puede ser realizado por alguien que real y verdaderamente es el Hijo de Dios!» «El Hijo de Dios y luego morir en la cruz? ¡La gente pensará que estamos locos! ¡Y tomarán a Jesús por un impostor!», dijo Andrés al que también le había entrado miedo. «¡He escuchado rumores y se dice que Él solo organizó las curaciones y nosotros, sus seguidores le ayudamos a escenificarlo!», informó Salomé sin darse cuenta de que eso hizo que todos estuvieran todavía más inseguros. «¡No comprendo vuestras discusiones! ¡No tenemos que corregir ningún cotilleo ni habladurías!», dijo Pedro, para quien todo el asunto se estaba complicando demasiado. «Pero Jeschu siempre dijo que nosotros deberíamos continuar predicando para su público. ¿Tenemos que predicar la doctrina de un charlatán?», dijo ahora Juan. Tomás, que hasta ahora había estado en su silla moviéndose inquieto, no pudo soportarlo más. Se levantó y salió de la sala.

Yo junté valor e informé de nuevo que vi a Jeschu el domingo por la mañana. Al final de mi explicación, me detuve para respirar y concluí con las palabras: «¡Y Él tampoco está muerto! ¡Él ha resucitado!» Mientras hablaba miraba una y otra vez a María, la madre. Ella también tuvo que escuchar las palabras de duda y desconfianza del grupo. Yo estaba segura de que a ella también le había dolido escuchar y ver cuán poco habían comprendido los discípulos sobre el Espíritu de Jesús, sobre Su misión, sobre Su gran sacrificio. Las reacciones de los discípulos eran demasiado humanas, demasiado egoístas y llenas de miedo por el propio futuro, todo giraba en torno a su propio bienestar y la propia vulnerabilidad. De la misma la forma que yo vi su dolor, supe también que ella veía mi dolor.

También muchos de los otros habían concentrado sus miradas en María, y solo ahora vi el porqué. Ella había cerrado sus ojos, una lágrima se deslizaba por su rostro. Entró un silencio. Precisamente en ese momento nuestro pequeño grupo parecía darse cuenta de que habíamos abandonado al buen Espíritu. Estábamos dudando de lo que vivimos juntos, nos hacíamos reproches mutuamente, nos dábamos la culpa unos a otros o nos sentíamos culpables de que el Señor nos hubiera abandonado. También a mí me caían las lágrimas que se deslizaban por mi mejilla y goteaban sobre mis manos juntas. Yo cerré los ojos y comencé a orar con voz temblorosa: «Padre nuestro, que estás en los Cielos …» Los demás oraron conmigo, «… y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros también perdonamos a nuestros deudores.» En este punto dudé. Yo sentí como si algo cambiara en la sala. Conocía esa sensación y cuando abrí los ojos, lo que vi me confirmo lo que había sentido: ¡Jeschu estaba presente en medio de la sala! Cuando dirigió Su mirada hacia mí, un escalofrío del alma se apoderó de mí y todo mi cuerpo vibraba. Ahora comprendí, ahora vi que Su amor era mucho más de lo que yo me había imaginado. Sentí una seguridad profunda en mí, una plenitud. Y todo el dolor, toda la decepción y también el enfado en mí desaparecieron. «¡La paz esté con vosotros!», sonó Su voz. Solo ahora los demás se dieron cuenta, abrieron sus ojos y levantaron la mirada. Quedándose sin palabras, atónitos, vieron a su Señor y Maestro con un vestido de lino claro, con Sus sandalias, como si nunca se hubiera marchado.