Dos bandos

Al comienzo, 03.05.2020

Salí a pasear en la cálida noche. Sentía una pesada carga sobre mi pecho, como un dolor punzante que me oprimía el corazón. Sentía un nudo en mi garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas. La situación de confusión, las discusiones, los ataques verbales, todo me había afectado. No me dolian solo los ataques contra mí, sino también el tono áspero, los puntos de vista completamente distintos, los enfrentamientos con discusiones, si, todo eso lo sentía en mi cuerpo. Casi no podía ni respirar. Pero no solo me afectaba físicamente, sino que además mi corazón estaba lleno de profunda tristeza. Y cuanto más me quedaba en ella, tanto más aumentaba mi desesperación.

Sin darme cuenta, había caminado hasta el olivar. De repente me paré frente al grupo de rocas donde al mediodía el tribuno me había confiado sus vivencias internas. Me senté mirando la noche estrellada. «¡Tú dijiste que todo iba a salir bien! ¿por qué Tú no estás aquí? ¡Tú y tu Padre os habéis inventado un plan loco!» Yo suspiraba y mi desolación se transformó en enfado: «¿No veis el resultado? ¡solo desavenencias y tensiones! ¡no hemos aprendido nada de Ti!» Suspiré llorando desesperadamente, y dije: «¿de qué ha servido el que Tú hayas muerto?» Sollozaba y todo mi cuerpo vibraba. Jesús siempre había dicho que muchos se unirían a nosotros y nos seguirían. Él habló de un nuevo Tiempo que acababa de empezar y que cambiaría todo. Sería un camino hacia la libertad y la unidad, el camino de Regreso al Padre. Nosotros, sus discípulos, transmitiríamos Su mensaje que se difundiría por todos los continentes. Siempre me había resultado difícil entender cómo iba a ser posible esto. Solo éramos un pequeño grupito. Y a pesar de ello, cada vez era mayor la multitud de personas que escuchaban a Jesús y querían ser curados por Él. A veces venían de muy lejos, lo que confirmaba y hacía cada vez más creíble Su profecía de expansión por continentes enteros. Sin embargo, dado que Él ya no estaba entre nosotros ni podía predicar y obviamente no fuimos capaces de poner en práctica Su enseñanza, esto hacía que la predicción pareciera utópica. Muchos pensamientos incoherentes circulaban por mi cabeza, mi inseguridad y desesperación aumentaban con cada pensamiento, y sentía que desaparecía el suelo bajo mis pies a pesar de estar sentada sobre una roca sólida. Traté de calmarme de alguna manera y me pregunté cuando habían comenzado estas emociones de inseguridad y desesperación. Me sorprendió reconocer, que no fue la crucifixión y la muerte de Jesús lo que me había dolido como el golpe de una daga, sino más bien una conversación en el grupo central de sus discípulos.

Nos encontramos el día después de Su muerte en la cruz en casa de Demetrio, uno que conocía a Jesús desde hacía mucho tiempo y siempre le había apoyado. Solo los discípulos de confianza más cercanos tenían acceso, pues los discípulos, después de haber sido arrestado Jesús, ya no confiaban en nadie tan fácilmente. Se encontraban en una gran agitación y buscaban a Judas en todas partes. Hasta ahora sin éxito. «¿Qué podemos hacer? ¿qué debemos hacer con él?» «¡Te aseguro una cosa: él tendrá que pagar por haber traicionado a nuestro maestro!» «¡No entiendo cómo pudo hacer eso! ¿qué ha pasado con él?» «Yo ya tenía un mal presentimiento con él desde hacía mucho tiempo. Yo no me sentía cómoda al ver su amistad con los judíos zelotes radicales. ¡Sabía que eso no iba a salir bien!» «Siempre supe que algo no estaba en orden con él. Siempre se le veía tan extraño.» «Pero Jesús le había invitado especialmente a venir con nosotros, ¿por qué no vio venir eso?» Cada uno de los presentes tenía su propia imagen de la situación. Discutían acaloradamente con desorden e intentaban convencer a otros con su propia teoría sin escucharse realmente. Pero no todos los discípulos estaban presentes. Algunos se habían retirado y deseaban interiorizarse para comprender mejor lo que había sucedido en los últimos días. La estructura familiar que habíamos formado juntos durante varios años parecía haberse desmoronado en pocos días. Ahora cada uno miraba más para sí mismo. Los únicos que quedaron fueron aquellos cuyo dolor se expresaba con ira, culminando con el hecho de que una persona tenía la culpa: Judas iscariote. «¡Él lo mató!» Joheba, que siempre se había llevado bien con Judas, trató de defenderlo diciendo: «¡No creo que quisiera eso!» «¡Seguramente estaba convencido de que Jesús asumiría su papel de Salvador y Liberador, ya que después de Su arresto se encontraba en el centro de poder de Jerusalén!», añadió Salomé. «¿Vosotros también lo defendéis?» «¡Judas es un traidor que mató Jesús con su traición, y con ello destruyó todo lo que Jesús había construido!» De nuevo estalló una acalorada batalla de palabras que rápidamente se dividió en dos bandos: para unos, Judas fue el traidor que trajo la desgracia y por ello debía ser castigado, y para otros pocos, predominantemente las mujeres presentes, estaban firmemente convencidos de que Judas no quiso dañar a Jesús. La sala estaba llena de resentimiento, odio y desconfianza hacia quienes tenían otra opinión. Cada bando reprochaba el no haber comprendido de qué se trataba realmente. Yo estaba convencida de que Judas no habría deseado esto. Él amaba a Jesús y creía más que nadie en Él como Rey de Reyes. Lo veía como un Salvador y un Libertador. Judas estaba totalmente convencido de que Jesús mostraría eso a todos. Me llamaba la atención que con frecuencia él trataba de interpretar las declaraciones de Jesús en la realidad material, que a menudo solo podían ser comprendidas en la realidad espiritual. Una vez dijo Jesús que Él era Corregente de los Cielos y que se sentaría al lado del trono de Su Padre. Basándose en esta declaración, Judas pensaba construir una especie de trono para que Jesús predicara y los discípulos lo llevaran a través de las aldeas como signo de Su poder y dignidad. Así me pareció lógico que Judas también tuviera un concepto diferente que Jesús con respecto al Salvador y Libertador de Su pueblo, pues eso no era en el exterior sino más bien en el interior. Jesús me había enseñado que solo se podía amar a las personas si se intentaba comprenderlas. A partir de ese momento me propuse comprender a cada persona, con sus puntos de vista, rarezas y particularidades. Precisamente en ese punto fallé ese sábado por la mañana. Yo no comprendía por qué después de Su muerte, todos parecían estar contra todos. Precisamente ahora debíamos mantenernos unidos, defender y vivir lo que Él nos había enseñado. Pero parecía como si todo lo que habíamos experimentado juntos no hubiera sucedido. En lugar de apoyarnos mutuamente, parecía derrumbarse todo. También otros consideraron que esta discusión no nos aportaba nada, y decidimos terminar nuestra asamblea, que en vez de unirnos, nos estaba separando cada vez más. En ese momento irrumpió Simón, seguido de Filipo. Casi sin aliento, dijo: «¡Encontramos a Judas!» «¿Dónde está ese miserable traidor?», preguntó Tomás. «Fuera de la ciudad, en el camino hacia Damasco. ¡Se ahorcó de un árbol al lado del camino esta mañana!»

Me ponía enferma solo de recordarlo. Ese era el fondo de la causa de mi inseguridad y mi duda. La noticia de que Judas se había suicidado por desesperación, así como la desunión de los discípulos que se había confirmado durante la cena de esta noche. ¿Cómo podríamos conseguirlo y cómo se podría cumplir algún día Su profecía?