Calma de luto

Al comienzo, 29.04.2020

Al atardecer nos sentamos todos en la gran mesa del comedor para cenar. Bendecimos la comida, agradeciendo a Dios por todo lo que nos daba, tal como Jesús nos había enseñado. En una atmósfera intima cada uno pronunciaba breves palabras de oración, pero sentíamos que nos faltaba Jesús. Internamente unidos con Él, comenzamos a comer. El tribuno y sus soldados se habían ido después de haber interrogado a Pedro, Andrés y Lázaro. Sin hacer ningún comentario sobre su experiencia ante la cruz, el tribuno se despidió diciendo que volvería. Pedro fue el primero en hablar: «¡Nadie sabe por qué el tribuno quiere volver!, él ha visto que aquí no hay ningún cuerpo de difunto y que ninguno de nosotros sabe dónde se encuentra.» «¡Estos romanos siempre causan problemas! ¿No es suficiente el haberlo crucificado? ¡Es una frescura que aparezcan aquí nuevamente para molestar! ¡No es suficiente la carga que tenemos que soportar con todo lo que nos hicieron!», añadió afirmando Lázaro. Su hermana María suspiró: «¿cuándo va a terminar todo esto?» «¡La próxima vez que vengan, no les daremos nada de beber y ni de comer!» «¡Yo no pienso darles nada!», gruñó Marta, «¡Los romanos estropean nuestra calma de luto!» María, la madre de Jesús preguntó: «¿Pero no son los romanos también nuestros huéspedes?» «¡Yo no les he invitado!», dijo Lázaro con firmeza. «¡Tal vez tenía el tribuno una motivación completamente diferente para estar aquí de lo que se podría pensar!», dije para que todos pudieran reflexionar. «¿Quieres decir que quiere ir al olivar otra vez contigo?», dijo Pedro con una sonrisa irónica, pues el susto de nuestro último encuentro con los romanos había calado profundamente hasta sus huesos. «¡No, por supuesto que no!», me defendí con firmeza. Una y otra vez Pedro me golpeaba con el mismo tema, no tomándome en serio, y haciéndome quedar mal ante los demás para que no me creyeran. Cuando Jesús todavía estaba vivo también habíamos tenido una y otra vez discusiones sobre porqué había mujeres entre los discípulos. Para Pedro y algunos otros, las mujeres no fueron hechas para anunciar el Reino de Dios, y por lo tanto, solo estábamos robando el tiempo de nuestro Maestro cuando le hacíamos preguntas o nos explicaba algo. Aunque Jesús les corregía una y otra vez, explicando que también nosotras tendríamos nuestra participación en el momento apropiado y que seríamos parte de sus discípulos, esto parecía no gustar a algunos discípulos. La posición de la mujer en la sociedad judía estaba subordinada a la de los hombres. El hombre era el que hacia las leyes y tenía el dominio. ¿Por qué debería ser esto diferente entre el grupo de los discípulos? «Solo ha sido mi opinión», dije yo desafiante, «¿No podría ser que el tribuno quería saber otra cosa totalmente distinta?» Pedro me miró agresivamente: «¿Y qué podría querer de nosotros un tribuno romano?» Andrés había estado en silencio todo el tiempo. Ahora me miró con una mirada penetrante y preguntó: «¿Qué le dijiste al tribuno en el olivar?»

Por segunda vez después de la muerte de Jesús había una atmósfera de pesadez en la sala, una desconfianza, que con frecuencia Jesús había sabido romper con breves palabras de unidad. Solo que ahora Él ya no estaba allí. Pero María, Su madre, asumió esta tarea de restablecer la unidad diciendo: «Hoy nos han visitado muchas personas. Todos querían expresarnos sus condolencias. Estaban profundamente conmocionados y no podían comprender lo que había sucedido en Jerusalén. Vinieron mensajeros de diferentes partes de Israel, incluso José de Arimatea anunció su visita.» Lázaro la interrumpió diciendo, «quizás tendría sentido celebrar una especie de conmemoración, para ofrecer la oportunidad de decir adiós, invitando a todos los que conocieron a Jesús y hacer así una especie de ceremonia de despedida.» «¿No deberíamos dejar descansar a los muertos?» «Sí, pero se trata de mucho más …» «¡Blasfemia, sería una blasfemia celebrar una ceremonia después de que Él ha sido crucificado!» «¿Una ceremonia en Su honor? ¡Seguramente Él no hubiera querido eso!» Todos hablaban desordenadamente y de nuevo fue María, quien, como Su madre, tenía más derechos que nadie para objetar: «Tal vez deberíamos sentarnos juntos en un grupo más reducido para reflexionar juntos sobre lo que queremos hacer.» «Eso definitivamente tiene su sentido», opinó Lázaro y sus dos hermanas estuvieron de acuerdo asintiendo con la cabeza. «Trataré de localizar a los que todavía se encuentran en Jerusalén», ofreció el sirviente Enest. Y María, la hermana de Lázaro, preguntó: «¿Cuándo debería tener lugar esta reunión?» Ella era una buena planificadora y su hermana Marta tomó inmediatamente sus pensamientos y dijo: «Sí, sí, tendremos que ofrecer comida para todos.» «¿Cuántas personas seremos más o menos?», reflexionó en voz alta y al final dijo: «Necesitamos algo de tiempo para prepararlo todo. Si todos ayudan lo podríamos hacer mañana al atardecer.» «Entonces está decidido, mañana al atardecer. Yo con Pedro trataremos de localizar a aquellos a los que se pueda llegar en los alrededores en una distancia de medio día.» concluyó Andrés, contento de que se hubiera tomado una decisión conjunta. «¡Bueno, entonces, nos vemos mañana al atardecer!», dije, levantándome de la mesa y contenta de que nadie me hubiera preguntado sobre el tribuno.