El tribuno

Al comienzo, 22.04.2020

El tribuno me condujo de forma brusca hacia una pequeña colina en los olivares, en un grupo de varias rocas grandes. «¡Siéntate!», me ordenó. Me senté sobre una roca más plana. Mi corazón estaba acelerado, yo giraba en mis pensamientos. Trataba de conseguir claridad en mis pensamientos, encontrar alguna solución para calmar la situación y comencé a hablar: «Yo … bueno, yo …» «¡Cállate!», me dijo de forma autoritaria. Se distanció un poco de mí moviéndose intranquilo de un lado al otro entre el grupo de rocas. Luego regresó, se paró frente a mí y dijo: «¿Dónde esta Él?» Sus palabras no sonaban como las de un centurión invencible, sino más bien suplicantes. Yo estaba irritada, insegura y me sentía indefensa. Me encontraba sentada sola en el olivar con un tribuno romano que había amenazado con un „tratamiento especial“, ¿qué podía hacer? La verdad era, que yo había visto a Jesús después de Su muerte. Sí, también había hablado con Él. Pero eso sucedió a nivel espiritual, fue algo auténtico y real, pero al mismo tiempo irreal e inmaterial. ¿Cómo podía explicar esto al tribuno? Si él hubiera sido judío o un rabino, alguien que creyera que eso podía haber sido posible, ¿pero un romano? Yo estaba en apuros. ¿Qué hago si él se enoja? Pensamientos a la velocidad del rayo circulaban por mi cabeza. ¿Sería posible escapar de él? ¿Cómo podría defenderme? ¿Cómo podría explicarle lo que había experimentado el domingo por la mañana? El tribuno se acercó a mí y parecía comprender mi inseguridad. «No te lastimaré.», dijo suavemente. Su „tratamiento especial“, ¿había sido solo un engaño para ablandarme? Yo empezaba a comprender. Quizás pensaba tener más éxito, si lo intentaba por las buenas. ¿Pero por qué me llevó hasta el olivar? Mi corazón estaba acelerado.

El tribuno se apartó de mí brevemente. Cuando de nuevo volvió hacia mí, parecía haber tomado una decisión. Se sentó a mi lado sobre una roca. Soltó un suspiro y luego dijo suavemente: «¡Algo ha sucedido en mí, algo sucedió en esta crucifixión, algo que no puedo comprender!» Puso su cabeza en sus manos tapando sus ojos, mientras que sus brazos descansaban sobre sus rodillas. Movía los dedos nerviosamente por el cabello, parecía estar reflexionando sobre lo que iba a decir: «¡No sé qué lo ha sucedido conmigo! Escuché lo que dijo Jesús en la cruz. ¡Escuché Sus palabras y supe que estábamos ejecutando a un inocente! Conozco bien el lenguaje de los culpables, pero Él … ¡Él fue diferente! Es distinto a todo lo que he vivido. Me sentía culpable. Por primera vez me sentí culpable. ¡Me sentí culpable por haberle hecho eso! ¡Me sentó como un puñal en mi corazón! Quería ayudarle, tenía que ayudarle de alguna forma, y me di cuenta de que lo único que podía hacer era acortar su sufrimiento y darle una especie de golpe de gracia para que su sufrimiento no durara más. ¡Así que lo hice! Fue un verme a mí mismo como espectador al dar el golpe. ¡Yo cogí una lanza y la clavé! Cuando la lanza se clavó en Su cuerpo, me tocó una especie de rayo allí donde antes había sentido dolor y culpa. ¡Y luego tuve una visión, una perspectiva de las cosas, tal como son realmente!» Durante su relato el tribuno se había levantado gesticulando con sus brazos y moviéndose de un lado a otro. Ahora vino hacia mí con los ojos muy abiertos, las manos dirigidas hacia el cielo y dijo: «¿Entiendes? ¡Fue una especie de resumen, una visión sobre la verdad de todas las cosas!» Ahora tenía las manos en el costado: «¡Ya no puedo dormir, no puedo comer, no puedo pensar! ¡Todo ha cambiado! ¡Quiero comprender esto!» Se arrodilló frente a mí para poder mirarme directamente a los ojos: «¡Y por eso tengo que saber dónde está Él! ¡Tengo que entender, tengo que saber!»