El interrogatorio

Al comienzo, 18.04.2020

Me encontraba sentada frente al tribuno romano. Había dos soldados afuera en el patio, observando con desconfianza a Andrés y Pedro que discutían acaloradamente con Lázaro. El tribuno había ordenado a todos que salieran y quería hablar conmigo a solas. Estábamos sentados en la gran mesa del comedor, donde con frecuencia habíamos comido con Jesús en un ambiente feliz. Esos momentos parecían haber sucedido hacía mucho tiempo, y solo habían pasado unos diez días desde nuestra última comida juntos en Betania.

«Así que tú eres Miriam», dijo el tribuno de forma arrogante. «Te reconozco, tú estabas en la crucifixión», le respondí. Sin apartar sus ojos de mí, respondió con calma: «Igual que tú.» «¡Le clavaste una lanza en su costado!», dije con reproche y llena de dolorosos recuerdos de la cruel agonía. «Con ello acorté su sufrimiento.» «¿Por qué hiciste eso?» «Aquí soy yo el que hace las preguntas!», dijo enojado, se levantó y fue hacia la ventana, cruzó los brazos sobre el pecho y preguntó: «¿dónde lo llevasteis?», miró por la ventana y observó lo que sucedía en el patio. «¿Qué quieres decir con: a dónde lo llevasteis?» Irritado, se volvió hacia mí y puso sus brazos sobre la mesa: «¡No te hagas la tonta! ¡quiero saber dónde está Jesús!» «¡Lo tenéis vosotros – para ser más exactos – tú lo mataste, en la cruz!» «No pregunté qué le pasó, ¡pregunté dónde está ahora!» «Con su padre», le respondí. «¿Con su padre? ¿quién es su padre?» «Será mejor que preguntes quién fue su padre». Se sentó de nuevo y preguntó con impaciencia: «Basta, confiesa de una vez: ¿Quién era su padre?» «Su padre era un carpintero de Nazaret y se llamaba José.» «¿Qué significa que se llamaba José?» «José murió hace dos años.» «¡No creas que soy tonto!», exclamó el tribuno, visiblemente enojado por el desarrollo de su interrogatorio. Sus ojos verdes chispeantes me observaban. «¡Quiero saber dónde está el cuerpo!» «Eso no lo sé.» «¡Pero acabas de decir que estaba con su padre!», añadió de forma severa. Hubo un momento de silencio. Me di cuenta de cómo sus preguntas comenzaban a molestarme. «Sí, Él también lo está», dije suavemente, con voz quebrada. Mis ojos se llenaron de lágrimas. En mí surgió el recuerdo de todo lo que había experimentado junto con Jesús. El espacio entre el tribuno y yo se llenó de una extraña desesperación. El tribuno estaba visiblemente confundido, pero dudoso y curioso al mismo tiempo. Él intentaba mostrarse enérgico en la conversación, pero sentía que algo le inquietaba. Se levantó y salió de la habitación.

Lo vi salir y ordenar a sus soldados que separaran a Andrés, Pedro y Lázaro. A continuación cada uno de ellos estaba sentado en un rincón diferente del patio. Luego desapareció de mi vista. Pasó un rato antes de que volviera. Volvió a sentarse a la mesa, inclinó la parte superior de su cuerpo hacia mí y dijo con voz tranquila: «Yo soy Domenicus Longinus, mi misión es determinar el paradero del cuerpo.» Se echó hacia atrás y dijo: «Los dos dicen que tú fuiste la primera en ir al sepulcro.» Era una declaración y al mismo tiempo una pregunta. «Estuve allí para embalsamarlo», le respondí. Por alguna razón inexplicable, parecía haber irritado al tribuno con esta declaración. Se levantó de pronto, se paró frente a mí y acercó su rostro al mío, tanto que pude sentir su aliento: «¿Dónde esta Él?» «¡No lo sé!», dije contraponiendo, «¡No lo sé!» Él evadió y preguntó: «¿Qué quieres decir con que no lo sabes? ¿no fuiste tu la primera en llegar?» «Sí, pero Él había desaparecido!» «¡Él no puede haber desaparecido!» «¡El sepulcro estaba vacío!» «¡Eso no es posible!, yo mismo lo transporté y vi cómo rodaba la roca frente al sepulcro.» «Estaba vacío, Él había desaparecido», repetí desafiante. «Pero entiende: ¡no es posible que Él haya desaparecido!» «¡Con Jesús todo es posible!» «¿Dónde podría estar?» «Él dijo que resucitaría al tercer día después de Su muerte.» «¿Resucitar? ¿qué se supone que significa eso?» «Eso no lo entendí al principio, pero cuando le vi a Él el domingo por la mañana, entendí lo que eso quería decir.» «¿En la mañana del domingo?, entonces le viste, ¿dónde está Él?» «¡Yo le vi y no lo vi!» El tribuno perdió la paciencia, me agarró bruscamente y luego me sacó afuera. «Tratamiento especial», dijo a sus camaradas que vigilaban a Andrés, Pedro y Lázaro en el patio, mientras él me llevaba de forma brusca hacia el bosque de los olivos. Los soldados se reían.