En Betania

Al comienzo, 16.04.2020

Desperté empapada en sudor. Me había volteado de un lado a otro en mi cama, la paja picaba incómodamente mis brazos y piernas. En mi sueño iba caminando por una calle. Bajo mis pies se volvía de color rojo sangre. Traté de correr más rápido, pero cada vez que mi pie tocaba el suelo, el suelo se volvía rojo y desaparecía bajo mis pies. Era como una carrera que no podía ganar.

Me retumbaba la cabeza y mis extremidades eran pesadas como el plomo. La pesadez en mi pecho del día anterior todavía estaba allí, al igual que el nudo en mi garganta. Mis ojos estaban hinchados y enrojecidos por las muchas lágrimas que lloré en los brazos de María después de llegar ayer. Había dormido en el establo, pues quería estar sola, me sentía acogida y segura cerca de los animales. Me levanté y salí afuera. Era temprano en el día, todavía estaba oscuro, pero ya se veía una línea clara en el horizonte. Una pequeña cabra vino corriendo hacia mí y se paró justo a mi lado, así pude sentir su cuerpo caliente en mi pierna. La cabrita miraba a lo lejos conmigo y parecía como si quisiera consolarme. Me concentré en las líneas cada vez más claras en el horizonte. «¿Cómo va a continuar?», surgía como pregunta en mi corazón.

María también había visto al Jesús muerto y ahora al Cristo resucitado. También Él había hablado con ella, explicando que todo estaba bien tal como había sucedido. El Plan había funcionado bien. «María, ¿cómo puede funcionar el Plan cuando nosotros los discípulos discutimos unos con otros?», dije irritada, «¡No me creyeron y no querían escuchar nada sobre un Cristo resucitado!» «Dales algo de tiempo», dijo ella con calma. «Ellos lo entenderán cuando llegue el momento.» María creía firmemente que en el plan todo había sido correcto. «¿Pero de qué sirve si ahora todo se desmorona? ¿No hubiera sido mejor si Él no hubiera muerto, para darnos más tiempo? Tal vez … tal vez el plan es bueno, ¡pero no estábamos preparados para ello!», dije tratando de descargar mi descontento. «Miriam, deja que los discípulos hagan sus propias experiencias. Les resulta difícil creer algo que no han visto ni experimentado por sí mismos. Esa fue la razón por la que Jesús hizo tantos milagros, únicamente para hacer posible que creyeran en Él.» «¿Qué opinas?, ¿cuánto tiempo tardará hasta que vuelvan a creer y volvamos a ser la gran familia que fuimos?» «Solo Dios lo sabe. Deja que eso sea Su preocupación. Pues eso está en Sus manos.», dijo ella, mirándome durante un largo tiempo con sus ojos amorosos y amables, colocando sus manos sobre las mías para calmarme. Al igual que Jesús, ella tenía una creencia firme y obviamente una confianza inquebrantable en la conducción de Dios. Eso nos daba una y otra vez ánimo y valentía. Había visto morir a su hijo en la cruz cuatro días antes y había llorado muchas lágrimas amargas. También ahora se la veía aturdida y cansada, pero había una parte de ella que parecía indestructible. Después de haberse unido a nosotros como hermana y discípula, aceptando ante nuestros ojos, al Señor como su Señor, dejando de lado su papel de madre, apoyó a Jesús allí donde pudo. Parecía como si María tuviera una comprensión especial de Sus palabras, mucho más profunda de la que teníamos todos nosotros, a pesar de que habíamos recibido muchísimas enseñanzas, y la mayor parte del tiempo ella no había estado con nosotros en el grupo. Era como si ella supiera y entendiera intuitivamente lo que Él nos estaba enseñando, pues cuando conversaba con ella, casi siempre sabía cómo mostrarme un significado todavía más profundo. Yo estaba feliz de poder ir hoy con ella hacia Cafarnaúm, junto con otras mujeres y hombres.

María conseguía sobreponer con algo positivo al acontecimiento, difícil de comprender, de los últimos días en Jerusalén. En el duelo y la tristeza se mezclaban matices de esperanza y confianza. De igual forma me sentía yo cuando Él se me apareció, cerca de la muralla de la ciudad. «¿Por qué buscas al vivo entre los muertos?», me pregunto Él. Fue ayer y sin embargo, parecía que hubiera sucedido hacía mucho tiempo. Entre este encuentro y el momento actual, existía un mundo, mi mundo, que se había derrumbado. Los discípulos solo me habían reconocido y tomado en serio, mientras nuestro Maestro estaba con nosotros. Todo el celo y la envidia que habían mantenido en sus corazones durante mucho tiempo, ahora parecía descargarse en su dolor y desconsuelo debido a los acontecimientos en Jerusalén. Me sentía rechazada de aquello, que para mí había sido como mi hogar. Vivir en comunidad con los discípulos, viajar y contar a la gente sobre nuestro Padre, informar que Dios nos ama a todos y que nosotros deberíamos hacer lo mismo, todo eso me había dado plenitud en los últimos años.

El gallo cantó anunciando la nueva mañana. La pequeña cabra, que había estado a mi lado se apartó y corrió saltando hacia su rebaño. A lo lejos se podía escuchar un jinete incitando a su caballo para correr más rápido. Hoy habría mucha agitación en las calles. Las festividades de la Pascua habían terminado y los muchos comerciantes y visitantes abandonaban Jerusalén dirigiéndose hacia los alrededores.

Después de lavarme brevemente en la fuente detrás de la casa, fui a la cocina. Marta había horneado para darnos para el viaje su pan recién hecho. «Miriam, ¿te levantaste muy temprano?», me preguntó asombrada cuando me vio. «Ya no podía dormir más. Yo … es mejor ir temprano hacia Cafarnaúm. Los romanos nos buscarán, vendrán y querrán saber dónde está el cuerpo …» «Shalom Miriam», saludó Lázaro, que ya había revisado los establos y ahora entraba en la cocina. Su hambre le había llevado a la cocina. Me miró con calma durante mucho tiempo y luego dijo: «¿Cómo estás?, ven, nos sentaremos brevemente.» Nos sentamos en la pequeña mesa en la esquina, que normalmente se usaba para preparar las verduras. Él me miraba con comprensión. Yo, comencé a explicarle, «no sé» … «me siento vacía, como si me hubieran quitado la sustancia.» «Todo está como adormecido en mí», suspiré, «a pesar de haber tenido ese encuentro con Él.» Cuando pienso en la luz radiante y la cercanía que sentí, entonces surge una sensación cálida en mí. Y a continuación pienso: «¿Quizás Pedro y Andrés tienen razón, y en realidad me lo había imaginado todo? Un fantasía imaginaria. Pero entonces, no habría sucedido lo mismo con María …» «Nadie sabe esto Miriam, nadie.», dijo Lázaro. «Me hubiera gustado que Él se hubiera aparecido antes. Así María y Marta también le habrían visto.» «¡Me hubiera encantado verlo!», dijo Marta, echando un trozo de masa de pan sobre la mesa. Ella añadió tristemente: «¡No es justo que Él se haya aparecido a unos y no a otros!» En la tristeza había un trasfondo de queja. Marta había sido amiga de Jesús de niña. Le gustaba estar cerca de Él y cada vez que éramos invitados, ella le hacía todo tipo de favores. Pero a Lázaro no le gustaba el comportamiento de sus hermanas. Siempre había tratado de llevar a Jesús a los campos y pasar el mayor tiempo posible con Él.

Yo conocía muy bien la lucha en el grupo para conseguir el interés y la atención de Jesús. No importaba a dónde íbamos ni dónde estábamos, siempre había personas que eran especialmente exigentes con Jesús, pues querían recibir respuestas a sus preguntas, y le asediaban, a pesar de que Él había dado enseñanzas y sanado todo el día. Cuanto más conocido era Jesús, peor se volvía esto. Esperaban que Jesús hiciera profecías y ayudara a extraños a encontrar su felicidad personal. Con frecuencia había discusiones sobre quién podría darle hospedaje.

La conversación con Lázaro se interrumpió de pronto, pues Enest, el pequeño pero fuerte sirviente, irrumpió en la cocina excitado: «¡Hay soldados ante la puerta, soldados romanos!» «¿Soldados? ¿qué quieren de nosotros?», preguntó Lázaro. «Te quieren a ti Lázaro.», luego me miró y dijo: «¡Y sobre todo te están buscando a ti, Miriam!»