¡Yo te puedo ver!

Al comienzo, 12.04.2020

En aquel entonces mi nombre era Miriam. En la madrugada del domingo me dirigía hacia el sepulcro. Conmigo iban María y Marta. Las dos tenían experiencia en el embalsamar difuntos, para mí sería la primera vez. Caminábamos por el camino pedregoso hacia el sepulcro. La ciudad aún estaba tranquila, había muy poca gente. Cuando llegamos al sepulcro vimos a los dos soldados vigilantes. Se habían quedado dormidos sentados frente a una gran piedra. Les despertamos. Malhumorados y adormecidos, se dispusieron a mover la gran piedra que había sido colocada ante el sepulcro.

Me sentía triste y en profundo duelo, todavía con el dolor de lo que había experimentado. Al mismo tiempo, aunque en un grado mucho menor, influenciada por el gran acontecimiento.Jesús nos había iniciado en todo y nos dijo, que eso iba a suceder. Él iba a morir en la cruz. Estábamos informados del hecho: Él se ofrecía como sacrificio para todos los seres humanos. El dolor de la pérdida se apoderaba de mí en toda su pesadez, a su vez se mezclaba con una sensación profunda y tranquila. Una certeza de que todo estaba bien y había sido correcto, tal como había sucedido. Jesús nos había explicado y enseñado muchas cosas. Yo me sentía „llena“ de Su amor hacia todo y con todos. A su vez me sentía segura y, a pesar de la pérdida, no me sentía abandonada. María y Marta me dejaron pasar primero. Les pedí poder estar sola un momento con Él para despedirme. Entré con cuidado en la cueva del sepulcro. Estaba oscuro y lo primero que noté fue una vibración positiva, elevada, casi sagrada. Similar a cuando se entra en el interior de un templo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, vi que sobre la piedra en la que se suponía yacería el muerto, solo había una sábana. Sorprendida y sin poder creerlo, mire a mi alrededor en la cueva del sepulcro. Estaba vacía. ¡Jesús se había marchado! ¡Su cuerpo ya no estaba! ¡Él había desaparecido! Después de un breve momento de intensa consternación, me invadió la alegría, pues reconocí: Así era exactamente, tal como yo lo conocía de la vida al lado de Jesús. Una y otra vez sucedían cosas inesperadas: Él hacia que los paralíticos caminaran, curaba a ciegos y personas enfermas, calmaba la tormenta, cenábamos con las personas más poderosas y ricas, al día siguiente dormíamos en un establo de vacas. Los días con Él estaban siempre llenos de las cosas más sorprendentes que podían suceder. En ese momento en Su tumba vacía me sentía tan profundamente conmovida al pensar eso, que al hacer este reconocimiento me surgieron lágrimas de los ojos. ¡Naturalmente, Él no nos dejaría «¡así simplemente!» ¡Nada en Su vida fue solo simplemente! Por eso me quedé sin aliento. Yo estaba aturdida en el sepulcro vacío. Lo sentí como una hora, pero probablemente solo fueron unos segundos. Y luego, de repente, pensé: ¡Quizás Él se había resucitado a sí mismo, tal como había hecho con Lázaro! ¡Con ello podría mostrar a Dios a todos, y que Él era realmente Su Hijo! ¡genial, ingenioso! Sería casi perfecto, después de todos los milagros que hizo, pues ante los ojos de todos Él había mostrado como murió en la cruz. Y yo pensaba haber comprendido el Plan. ¡Probablemente Él se había marchado a otro sitio durante la noche mientras los soldados dormían! Impresionante, simplemente genial … Mi flujo de pensamientos fue interrumpido: «Miriam, ¿qué estás haciendo?», escuché las voces preocupadas desde afuera, «¿podemos entrar?, ¿está bien si entramos ahora?» Lenta y calmadamente, salí del sepulcro y les dije a las dos hermanas: «Podéis entrar.» María y Marta conocían a Jesús desde hacía muchos años. A menudo habíamos estado en su pequeña hacienda en las afueras de Jerusalén. Con determinación, pero a su vez cuidadosamente, entró Marta. Detrás de ella, un poco más tímida, entró su hermana María. «¿Pero dónde, dónde está Él?» «Él … Él está … está … ¡no está ahí!» «Míriam, qué tienes …» De pronto su frase fue interrumpida por los dos soldados, que se habían inquietado al oír las voces en tono elevado que salían del sepulcro. Entraron allí para verificar que todo estaba bien. «¿Qué está pasando aquí?», «¿qué está pasando aquí?» Los cuatro salieron del sepulcro y todos, pero especialmente Marta, me miraban irritados y alterados: «¿Dónde está Él?, ¿dónde está Él?» Un soldado tenía la sábana encontrada en el sepulcro y con mirada de reproche me preguntó: «¿Qué hiciste?», «¿dónde está Él?» «¿Cómo se supone que debo yo saber eso?» «¡Tú entraste la primera en el sepulcro!» «Yo no hice nada, ¡lo encontré todo tal como tú lo encontraste!», respondí, y luego agregué un poco desafiante: «¡Él se ha ido!» El soldado tenía la sábana en la mano y dijo irritado: «¡Tenemos que informar sobre esto, tenemos que informar de inmediato!» «Quédate aquí, yo informaré al tribuno.» «¡Tú vigila!», ordenó a su colega y desapareció.

Comprendí lo que teníamos que hacer: si el soldado informaba al tribuno sobre la desaparición del cuerpo de Jesús, ese enviaría inmediatamente una tropa de búsqueda para encontrarlo. Buscarían y nos interrogarían a Sus seguidores, haciendo todo lo posible para aclarar lo sucedido. Entonces teníamos que actuar rápidamente. «¡María, Marta, nos marchamos!», dije yo con determinación y firmeza. «Pero, pero no podemos …» «Aquí ya no podemos hacer nada más.», dije, e inicié mi camino de regreso. Las dos me siguieron algo confundidas e inseguras. Todavía teníamos algo de tiempo, era muy temprano por la mañana, y tardaría un poco hasta se pusiera en movimiento la tropa de búsqueda. Era importante informar a todos los que todavía estaban en Jerusalén. Debíamos encontrar una sala donde nos pudiéramos reunir todos. Decidí separar a Marta y María para que todos pudieran ser informados más rápidamente y así poder reunirse más pronto. «Vendré tan pronto como haya informado a todos. Nos encontraremos lo antes posible allí donde comimos con nuestro Maestro la última vez. Me apresuraré.» Así me despedí y me puse en camino en dirección a la zona oriental de Jerusalén para informar a algunos de nuestros amigos. Éramos un grupo pequeño, unas tres decenas de personas. Todavía eran más los que regularmente acompañaban a Jesús, pero algunos de ellos se habían quedado en Betania. Eran de edad avanzada y no querían entrar en el tumulto de gente que encontrarían en Jerusalén durante las festividades de Pascua.

Ahora era importante no perder tiempo. Con la cabeza descendida, caminé rápidamente por la línea exterior de la muralla de la ciudad. Era el camino más rápido y fácil en dirección hacia la zona oriental. El sol de la mañana se había vuelto un poco más fuerte e irradiaba en mi cara. Todavía no les había contado a las otras dos sobre mi reconocimiento, al pensar conocer el Plan. Los soldados no debían escucharlo. Al principio me había alegrado mucho por la genialidad de lo que había reconocido, pero ahora me vino una gran preocupación: ¡Si Jesús estuviera vivo, a partir de ahora sería un perseguido! Le buscarían por todas partes. Nosotros … yo no miraba al suelo y tropecé con una raíz que sobresalía del camino. «¡Cálmate!», escuché en mí misma. Me senté y me apoyé en un árbol, haciendo por un momento una pausa para interiorizarme. Miré hacia el amplio horizonte e intenté comprender lo que acababa de suceder, cuando de pronto percibí la figura de un ser a mi lado. No podía verle y Él tampoco proyectaba ninguna sombra. Pero le sentía claramente. Yo le vi, pero no con mis ojos, sino que era una especie de visión interior. Era un poco más grande que una figura humana, era ligero y luminoso, más brillante que el sol de la mañana y emanaba tranquilidad profunda y paz. «Miriam», escuché dentro de mí, «Miriam, ¿por qué estás buscando al vivo entre los muertos?» Yo conocía esa voz. ¡Era Su voz, solo Él hablaba así! «¿Señor? «Tú …?» Yo salté y quise abrazarlo, caer en Sus brazos y saber: ¡Todo está bien! «¡No me toques!», escuché la voz dentro de mí, «¡Yo no soy un ser humano!» «Si, lo puedo ver. ¿Qué ha pasado Contigo?» «Yo he resucitado.» «¿Resucitado? Resucitado: Tú nos dijiste que resucitarías al tercer día.» «Yo no sabía lo que eso significaría.» Me quedé asombrada ante Él y sentí la mayor felicidad que era posible sentir: «¡Tú estás aquí! ¡Tú estás aquí! ¡yo puedo verte!» «Me podrán ver todos aquellos que permitan eso, si mantienen la unidad y la comunicación Conmigo.» «¿Los otros no?» «Solo se me puede ver con el corazón que se ha elevado hacia a Mí y al Padre.» «¡Te puedo escuchar!» «Tú Me percibes en ti misma.» «Resucitado. ¿Eso significa que Tú estás aquí incluso cuando no estás aquí? ¿Solo visible y audible para aquellos que creen en Ti y en el Padre?» «¡Si, así es!», entendí yo: «¡Genial!, y tan justo … entonces … entonces todos aquellos que dudaron de Ti y se quejaron, se burlaron de Ti y te atacaron, aquellos que siempre nos provocaron y nos molestaron, ¿entonces no pueden verte … aquellos por los que Tú moriste?» Mi entusiasmo fue de pronto interrumpido: «¡Miriam! ¡Miriam! Escúchame, es importante: ¡Informa sobre esto a todos los que habían estado con nosotros, a los discípulos, discípulas y a todos nuestros amigos! ¿Me has escuchado?» Lo entendí: Así ellos podrían asimilar esto en calma antes de que comenzaran la agitación y la gran acción de búsqueda. «¡Señor, oh Señor, me encantaría abrazarte para compartir mi alegría Contigo! ¡Tú estás aquí! Apenas puedo creerlo, mi corazón casi salta fuera de mi pecho …» «Toma tus dos manos, Miriam, ponlas sobre tu pecho, presionando ligeramente.» Hice lo que me dijo y quedé sorprendida: «¡Parece como si nos estuviéramos abrazando!» «¡Si, lo estamos haciendo, en Espíritu! Miriam, llegará un nuevo Tiempo. Todavía vamos a experimentar mucho juntos. Nuestra verdadera relación empieza ahora. ¡En ti y en todos los que deseen esto! ¡Comparte esto con toda persona que tú encuentres!»

Con un peso en el corazón, tuve que dejar de nuevo al que creía muerto. Me despedí de Jesús, tal como Él me había mostrado. «Yo me he desprendido de la envoltura humana de Jesús. ¡Ahora soy Cristo, el Ungido, el Resucitado, el Vencedor sobre vida y muerte, Rey de reyes! Llámame de ahora en adelante Cristo, pues el Hijo humano ha resucitado.»

Me sentía como flotando y ya no podía recordar, cómo había recorrido el camino hacia la zona oriental de la ciudad, ni lo que hice para reunir a todos. Me encontré con algunos de ellos en oración profunda, algunos todavía dormían y a otros les molesté durante el velatorio de duelo. Estaba emocionada pensando poder contarles todo. Nos sentamos en la sala donde nos habíamos reunido la última noche antes de que arrestaran a Jesús. El Señor había compartido Su pan y Su vino con nosotros. Él nos dijo, que entregaba Su sangre para todos. Él partió Su pan en muchos pedazos, nos lo repartió diciendo, que eso era Su cuerpo y que era entregado para todos. En ese momento no entendimos nada. Solo ahora, en vista de Su muerte en la cruz, se volvió más comprensible a que se refería. Probablemente entenderíamos el significado de todo el acontecimiento mucho más tarde. Siempre fue así con Jesús. No entendíamos lo que Él hacía, ni porqué lo hacía o decidía. La experiencia nos mostraba que, en retrospectiva, todo tenía siempre un significado más grande y más profundo de lo que podíamos haber entendido en ese momento en el que sucedía.

En la sala en la que nos habíamos reunido había una atmósfera pesada y triste. Para la mayoría de nosotros era el lugar donde vimos por última vez a nuestro Señor antes de Su muerte. Los hombres, claramente en mayor número, tenían caras serias y preocupadas. Muchas mujeres se habían quedado en Betania o regresaron allí el sábado. El tumulto de las festividades de la Pascua no coincidía con la tristeza y el dolor de la crucifixión de Nuestro Señor y Maestro. También María, Su madre, se había retirado acompañada de otras mujeres en la tranquila Betania.

«Nos llamaste temprano por la mañana para reunirnos, Miriam, ¿sobre qué quieres informarnos?», dijo Pedro al empezar la conversación. Debido al triste estado de ánimo de los presentes, me resultó difícil no mostrar la alegría y la felicidad que había en mí. Con toda la naturalidad posible, dije: «¿Cómo podría decirlo? Jesús … así no … Él dijo: Cristo. ¡Él vive!»  «¿Quién es Cristo?, ¿y qué dijo Él?», preguntó Pedro enojado, curioso, pero al mismo tiempo visiblemente irritado por mi alegría. «Bueno, Jesús me dijo que ahora era Cristo y …» «Jesús murió en la cruz el viernes, ¿cuándo ha hablado contigo?», preguntó Pedro con tono arisco. «De esta forma: Yo me encontré con Él en el camino que va desde el sepulcro pasando por la muralla de la ciudad y …» «¿Jesús o Cristo?», preguntó Andrés. «Sí … ¡ambos!», comencé de nuevo e intenté explicar: «Sí, … el Jesús muerto y el Cristo resucitado.» Un murmullo de desconcierto se escuchó en el grupo. Unos me miraban confundidos a través de sus ojos rojos e irritados de tanto llorar, otros parecían estar alterados o enojados. «Entonces …», Juan trató de ayudarme: «Tú hablaste con dos personas: Jesús, aunque eso no es posible y con Cristo …» «¡No, no, fue una persona!» «¡Estás diciendo tonterías! ¡todos estamos afligidos en duelo por nuestro Señor y tú nos reúnes aquí para contarnos cosas locas sin sentido!» «No, yo … Jesús ha resucitado. Él dice que ahora es Cristo el Ungido.» «Fuisteis a Su sepulcro para ungirlo. Marta nos dijo que Su cuerpo ya no estaba allí. ¡Cuéntanos todo desde el principio!», dijo Lucas tratando de calmar la situación. Él tenía un carácter tranquilo, sereno y como médico conocía la unción de los difuntos. Entonces conté lo que había experimentado: El sepulcro vacío, la reacción de los soldados y luego mi encuentro con Jesús-Cristo. «¿Entonces solo se te apareció en tu imaginación?» «No, no fue una fantasía, ¡sino que fue real!» «¡Pero dices que Él te dijo que no le tocaras, entonces no era real!» «¡Yo le vi y hablé con Él!» Jacobo, que hasta ese momento se había retraído, preguntó con calma: «¿Era Él de carne y hueso? ¿fue el Jesús, tal como lo conocimos?» «¡No claro que no! No era de carne y hueso … Él …» «¡Entonces no era real!», grito Andrés, que obviamente ya no tenía paciencia para escucharme. «¡Sí, Él ha resucitado!», «¡En tus fantasías!», añadió Andrés. «¡Es inapropiado ponerse en el centro de atención esta mañana, para mostrar que viste algo que todos nosotros no vimos! ¡Estamos de luto por nuestro Maestro y ahora quieres darte importancia aquí, con una misión secreta que se supone, Jesús te ha dado exclusivamente a ti!», me comentó Juan. «Tú siempre has querido destacar con ello, pues Él compartió más contigo que con todos nosotros. ¡Y apenas ha muerto, intentas con ello tomar de nuevo una posición especial!» «¡Es increíble! ¡No lo permitiré!», dijo Pedro más que enojado. «Pero Jesús podía enseñarle a Miriam cosas que nosotros no entendíamos. ¡Siempre tuvieron una relación especial entre ellos, Pedro!» dijo Jacobo para ayudarme. «¿La crees? ¿de verdad crees tú, que el Señor solo la habría iniciado a ella en Su Plan? Te recuerdo lo siguiente: Él era el justo, sí, el hombre más justo que he conocido. ¡Él no tuvo preferencia por nadie! ¡Él se nos habría aparecido a todos al mismo tiempo! Aún más: Si lo que dice Miriam es cierto, ¿por qué no se aparece aquí también? ¿ante todos nosotros? ¿no sería esta la forma, como Él se mostraría?» «¡Murió públicamente, entonces Él seguramente volverá públicamente!», escuché una voz desde las filas de atrás sin poder ver quién hablaba. Yo estaba enojada y al mismo tiempo dolida. Casi a punto de llorar, grite: «¿No me creéis?, ¿por qué tendría que mentiros? ¡Sí, Él murió públicamente y ninguno de vosotros estuvo allí, fuisteis cobardes! ¿por qué no tendría que aparecer primero a los que estuvieron allí?» «¡Juan, tú estuviste allí! ¿se te ha aparecido a ti también el Jesús resucitado?», preguntó Lucas, tratando de calmar el acalorado debate. «No. Él dijo que resucitaría, pero no se me ha aparecido. Yo estoy seguro de que Él también se me habría mostrado, pues como todos sabéis, siempre he sido su discípulo favorito, ya que, a diferencia de vosotros, domino el leer y el escribir. Soy un hombre culto e instruido y así pude entender mejor lo que Jesús …» Hubo un murmullo de protestas en el pequeño grupo que se había reunido. «¡Ahora no empieces a sobrevalorarte!», «tú no estabas allí cuando …» Muchos se irritaban y comentaban sus opiniones con el de al lado. Había un gran caos y empezaron a insultarse.

«¡Basta, es suficiente! ¡parad, sino disolveré esta asamblea!», dijo Pedro, «Jesús me dio la responsabilidad a mí, como todos vosotros sabéis. Él me dijo que yo sería la roca sobre la que Él quiere construir. En este sentido …» Llena de lágrimas, alcé la voz otra vez: «¡Yo no quería que sucediera este caos!, ¡Él me pidió que os dijera eso!, yo solo quería contar a todos lo sucedido.» Una frase salió de mí con dolor: «¡Eso es precisamente lo que he hecho!» Lágrimas cálidas corrieron por mis mejillas acaloradas, mientras cerraba la puerta detrás de mí. Yo estaba herida, llena de ira y decepción, tenía un gran nudo en la garganta y en el pecho donde poco antes acababa de sentir Su abrazo. ¿Qué ha pasado con nosotros, con Sus discípulos y discípulas, con Su tropa? Llorando empaqueté mis cosas para ir de viaje hacia Su madre María en Betania, con la esperanza que al menos ella me entendería. Y entonces comprendí lo que había sucedido: ¡Jesús había muerto!

Nunca más volvería a ser, tal como antes había sido.