El cordero del sacrificio

Al comienzo, 11. 04. 2020

Me encontraba de nuevo en la colina, mirando la ciudad de Jerusalén.

Me sentía como si escuchara la multitud en las calles: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» Unos días antes Me habían alabado dándome la bienvenida con ramas de palma. Ahora Me agobiaban por las calles estrechas, cargado con una viga de madera sobre mis hombros. Me encontraba desplomado bajo la pesada carga cuando un simpatizante se Me acercó. «Legiones de ángeles Te ayudarán.», es la frase que pasaba por Mi mente, como recuerdo de las palabras de Mi Padre. El simpatizante Me ayudó a levantarme y seguí adelante, caminando como en un trance. No recuerdo el último tramo. Mi cabeza retumbaba y ya no escuchaba los gritos de la multitud. Yo escuché coros de ángeles en Mí que lo taparon todo. Me clavaron los clavos en las manos y los pies. Me desvanezco y vuelvo en Mí cuando cuelgo ante la multitud. ¿«El Hijo de Dios? ¿Rey de reyes?» oigo que dicen los soldados:«¡Sí, tienes razón, entonces necesitará una corona!». Una niña había tramado una corona de espinas, jugando y sin ninguna intención. El soldado se la quitó de las manos. «¡Una corona, una corona para el rey!», gritó y ordenó a otros soldados que la colocaran sobre la cabeza. De nuevo Me desvanezco. Al volver en Mí veo a un soldado que coloca un cartel sobre Mí y dice burlándose: «¡El Hijo de Dios! ¡Ahora podéis ver de qué Dios!» Varios soldados y algunos espectadores curiosos empezaron a burlarse de Mí y gritando a coro: «¡El Hijo de Dios! ¡El hijo de Dios! ¿Dónde está tu Dios ¿Dónde está tu Dios?» Algo se derrumba en Mí, y siento realmente cómo si una fuerza Me abandonara. Yo grito en Mi interior: «Sácame de aquí, sácame de aquí, oh Padre! ¡Termina este espectáculo, y llévame hacia Ti!». No pasa nada. El dolor sigue aumentando más y más.

«¿Por qué no te ayuda si eres su hijo? ¿Te deja sufrir deliberadamente?» Todo mi cuerpo arde de dolor. No siento nada más que dolor. Nada parece cambiar este padecimiento. «¿Por qué estás colgando aquí? ¿De verdad crees que eso cambiara algo? ¿Qué debería cambiar?, escucho la voz en mi cabeza. «¡Míralos! ¡Los seres humanos! ¿Qué cambió para ti? ¿Querías dar a conocer y traerles tu Dios? ¿Y quieres demostrar eso muriendo en la cruz? ¿Qué tipo de victoria es eso? ¿Qué cambia eso para los seres humanos?

Miro a la multitud. Algunos han vuelto de nuevo a sus ocupaciones y actividades, pues ya no sucede nada fascinante. Algunos gritan todavía: ¡Hijo de Dios, Hijo de Dios! Yo miré en sus ojos, pero todos estaban demasiado ocupados consigo mismos. Yo escucho en Mis pensamientos: «Nada cambiará a través de Mi muerte. ¡Nada, absolutamente nada! ¡En vez de ello sucederá lo contrario! Se demostrará que Yo no soy quien mostré ser. Si eso hubiera sido así, entonces no habría muerto Yo en la cruz.» Me invade una pesadez. «Para ellos va a ser como un sueño que se olvida rápidamente.» Incluso Pedro, el más leal, te negará tres veces. ¿No se lo dijiste Tú mismo?, escucho decir en Mí. Ninguno de mis discípulos está aquí. Ninguno está aquí. Ellos ya me han abandonado. ¿Qué tan pronto olvidarán?

El que cuelga a la derecha de mí, grita y gime de dolor. Yo también me hundo en Mi dolor. «¡Muero como un criminal peligroso y caeré rápidamente en el olvido!». Todo esto bombardea en Mi cabeza y luego: „¿Para qué? ¿Para qué? Me arde la boca, Yo ya no puedo más: «Tengo sed», digo, tan fuerte como puedo al soldado que está en pie bajo Mi cruz, que se dirige a su comandante. «¿Sediento? ¿Quiere agua?», pregunta el comandante. «¡Recibirá lo que desea!», grita otro, que se para junto a él y se ríe. Al cabo de unos minutos ponen un paño ante Mi boca, «¡Aquí, toma! ¡Agua para el rey de los judíos!» El soldado presiona violentamente el paño empapado en mi boca. Todo se pone tenso en Mí cuando pruebo el vinagre. La sensación de sequedad en Mi boca es todavía peor.

¿Legiones de ángeles Te ayudarán? ¡Eso es absurdo y ridículo! Me derrumbo en Mí mismo, la amargura en Mi boca, el dolor, la humillación, ninguno de los discípulos está allí. ¿Para qué? ¿Para qué? ¡Nada cambiará! ¡Nada! ¡Absolutamente Nada! Tal vez algo salió mal, quizás no estaban lo suficientemente preparados. Yo me muero por nada. Todo ha sido para nada. De nuevo escucho los gritos de aquellos que cuelgan a mi izquierda y derecha. «¡Es ridículo que creyeras que Tu crucifixión cambiaría alguna cosa! ¿Entonces qué cosa?» Miro abajo a la multitud de gente. Algunos han comenzado a jugar, los comerciantes ofrecen sus artículos, la vida continúa. Mi sufrimiento ha sido en vano. ¡Nada cambiará! «¡Ridículo! ¡Una figura ridícula en la cruz que cree en un Dios igualmente ridículo!» Intento contrarrestar Mis pensamientos cada vez más confusos, pero Me siento vacío. No me quedan más fuerzas. La voz tenía razón. Estoy solo. Completamente solo. Abandonado. Me han abandonado. Todos. Ninguno me siguió, ni siquiera hasta la cruz. Nadie se queda. De todas las personas que Me escucharon predicar: ¡Nadie se queda! ¡No queda nada! Únicamente: «Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?», grito con todas mis últimas fuerzas suplicando una respuesta para ver, si al menos, lo que siempre me había dado apoyo, sigue en Mí. «Recuerda, recuerda …», escucho suave y silenciosamente en Mí, «¡Recuerda! Tú eres … … el cordero.» Eso iba despertando en Mí y se volvió gradualmente más luminoso: «¡Soy el cordero que se sacrifica inocentemente!» ¡Yo entiendo, Yo entiendo! Yo recordé otras palabras de Mi Padre: «¡Quédate Tu Conmigo! ¡Eleva Tu Espíritu hacia Mí!» «¡Padre, en Tus manos encomiendo Mi Espíritu!», dije Yo, tan fuerte como pude, dirigiéndome al cielo. Con ello quise dar testimonio del aceptar completamente la Voluntad de Mi Padre, aunque eso significara el fin de Mi existencia terrenal. Una fuente de fuerza parecía atravesar Mi corazón y se derramó en Mis emociones hasta que sentí la sensación de unidad y de amor hacia todos y con todo, tal como lo conocía de Mi Padre. ¡Era la sensación que Yo siempre había enseñado y predicado! Pero en ese momento había desaparecido de golpe, desgastada por la humillación y el ridículo, reducida por el miedo de los últimos días. Una sensación de calor se extendió por Mi pecho. Miré a la multitud debajo de Mí. La imagen no había cambiado, pero algo había cambiado en Mí: «¡Padre, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!» dije Yo elevándome con Mi voz hacia el cielo. «¿Qué dijo Él?» «¿Lo has entendido?», un rumor de la multitud comenzó bajo mis pies. «¡Dijo algo!» «Entonces, ¿qué dijo él?» Una mujer se separó de la multitud con otros dos y pasó a la primera fila. «Él ha dicho: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!». Fue Miriam. María, mi madre estaba justo detrás de ella, detrás de ellos Salomé y Juan. ¡Juan! él tenía que continuar, él tenía que hablar sobre el Amor de nuestro Padre, él sería un testigo, él podría escribirlo todo. Lágrimas de alegría corrieron por Mis mejillas. ¡Yo comprendí! ¡Yo comprendí! «¡Madre, mira a tu hijo! ¡Hijo, mira a tu madre!», les dije Yo, uniéndolos en su próxima tarea. Ambos podrían ayudarse y apoyarse mutuamente. Ella seguiría apoyando y ayudando a Juan, como había hecho Conmigo. Él podría cuidar de María. Yo miré a Miriam – María Magdalena. Sus ojos estaban llenos de dolor al verme. Ella me saludó bajando la cabeza levemente, como siempre había hecho. Nos comprendíamos muy bien sin palabras. Miriam sobrellevaría lo que iba a venir, ella podría soportarlo. Yo le había enseñado todo. Un hombre se separó de las filas, sosteniendo un paño en sus manos. Era fuerte y ágil, y de forma decidida subió a la cruz y me puso un chal para cubrirme los genitales. (Jesús estaba desnudo) «¡Jesús, Jesús, yo creo en ti, Jesús!», estas palabras vinieron no de esa, sino de la persona que colgaba en la cruz a mi izquierda. Su mirada estaba llena de esperanza. «¡En verdad Te digo: hoy estarás Conmigo en el paraíso!»

El comandante que había observado las últimas escenas, se acercó a Mí permaneciendo sentado en su caballo y preguntó: «¿Quién eres?» Yo le miré a los ojos. Las palabras ya no eran necesarias para lo que Yo tenía que decir. Él había visto muchas crucifixiones. Él conocía la maldad del ser humano y las sentencias que él ejecutaba. Se dio cuenta de que aquí sucedía algo muy diferente de lo que él estaba acostumbrado. El comandante me miraba fascinado durante un largo tiempo. Entonces decidió hacer algo inusual. Pidió a un soldado que le diera una lanza. Resueltamente la clavó en mis costillas. Un acto que acortaría significativamente Mi sufrimiento y Mi morir. Me miraba profundamente a los ojos como diciéndome: «Yo hago lo que tengo que hacer. ¡Te libero de Tu sufrimiento lo mejor que puedo!» «Legiones de ángeles estarán a Tu lado y te ayudarán.», escuché dentro de Mí. Miré a los ojos del comandante: «Te liberaré de tu sufrimiento y de todos los demás del suyo.», le dije Yo en Mí interior. Un conocimiento se transmitió en cuestión de segundos a través de la lanza en su mano que estaba clavada en Mi costado. Él se convirtió entonces en un iniciado. Yo supe que con esta decisión, con este golpe de lanza, acababa de empezar su misión. Él acompañaría a Miriam en su camino. Yo miré a Miriam y luego a él. Ambos lo comprendieron. Miré a hacia la multitud de personas, hacia la amplitud del horizonte. Todo estaba tranquilo en Mí. «¡Si permaneces en el Amor, todo estará bien!» Yo ya no formaba parte de este mundo, en el que Mi cuerpo colgaba en la cruz. Yo ya no formaba parte del mundo de la duda y del miedo. Yo estaba elevado, lleno de fuerza, lleno de vida. En Mí estaba la certeza: esto va a continuar, aunque el hombre Jesús haya muerto en la cruz. Acepté totalmente esto en Mí y dije: «¡Está consumado!», terminando así Mi viaje terrenal como ser humano en el segundo Tiempo.

Todavía miraba Yo hacia la ciudad de Jerusalén en esa mañana del sábado. Jesús había muerto. Él ofreció Su vida para que Cristo pudiera resucitar y entrar completamente en la Voluntad de Su Padre.

Yo deposité en todos Mi fuerza de Cristo como parte de Mi herencia. ¡Aquel que la acepta, a ese le ayudará a superar sus dudas y miedos, abandonar el mundo de la caída y de las ilusiones, para avanzar y entrar en su herencia, en la realidad del Ser, del que todos provenimos y al que todos volveremos! ¡Esta Redención ha permanecido desconocida hasta el día de hoy! ¡Muchos seres humanos se lo ponen demasiado difícil, opinando ser eternamente culpables y hacerlo todo mal! Yo les digo a ellos: ¡Parad de hacer esto, basta, salid de ello y aceptad Mi liberación, salvación y Redención! Arrepentíos de lo que reconocéis. Yo enfatizo: ¡Arrepentíos de aquello que reconocéis en vosotros mismos! Ponedlo en el gran cuenco de la Redención que ha sido preparado para vosotros en este tiempo de Pascua. ¡Entregadlo al fuego de la Redención y no lo volváis a coger de nuevo! ¡Dejad de culpabilizaros, parad con ello y convertios en redimidos!

Muchas personas lo toman muy a la ligera y piensan: «Yo soy bueno» y opinan que ya no me necesitan ni a Mí ni a Mi Redención pues ellos mismos se consideran dios o algo similar. Yo les digo: ¡Soltad el veneno de la serpiente de esta época! ¡Aprended a distinguir! ¡No digas que eres más o mejor como tus hermanas y hermanos! ¡No te dejes llevar por tu arrogancia, al no quererte unir a las filas de tus hermanos! ¡Mira con corazón sincero tu analogía o espejo, arrepiéntete y purifica, acéptame a Mí y serás redimido! ¡Entonces ya no necesitas sentirte pequeño y a su vez pensar que eres el que tiene la tarea más grande y más difícil! Entonces estarás completamente en la fuerza de nuestro Padre Creador.

Mi regalo para vosotros es: No tenéis que cargar con todos vuestros efectos, no tenéis que pagar todas las deudas, tal como sucedía con vuestros antepasados del primer Tiempo: ojo por ojo, diente por diente. ¡Yo, Cristo, he roto ese ciclo para que ya no os carguéis más pecando! ¡Yo soy el liberador, el salvador y el Redentor! Los de corazón sincero que se arrepientan, sea lo que sea, no importa cuán grande sea su culpa, esos serán perdonados. ¡Este es Mi regalo que Yo os he legado! ¡Aceptadlo, oh, aceptadlo! Pues está escrito: Nadie viene al Padre sino por Mí, a través de Mi Redención.